Opinión

El gobierno del vacío

  
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Marcha por la familia. (cuartoscuro)

Las calles se atiborran. Los ciudadanos llenan el vacío dejado por el gobierno federal. La ausencia gubernamental se nota en diferentes campos.

Espacios simbólicos tan dispares como la muerte de Juan Gabriel o el fanático desplante de miles marchando en contra de la legalidad familiar vigente evidencian que la Administración ha renunciado incluso a nombrar las cosas, y con ello a incidir en la realidad.

El gobierno del pasmo ya no reconoce ni las oportunidades. El fallecimiento de Juan Gabriel sacudió al país. Inmejorable ocasión para realizar un homenaje de época, para conducir el duelo por una vía donde se discutieran, ensalzaran, festejaran las aportaciones de este compositor y cantante a nuestra cultura popular.

Gobernar también es proponer elementos para una identidad. Ante la muerte del hijo adoptivo de Ciudad Juárez, el gobierno se limitó a lanzar unos tuitazos de condolencias y a hacerla de conserje: abrió Bellas Artes y dejó que la gente, por un lado, y los medios, por otro, marcaran la pauta del duelo de millones.

Pudieron haber inventado un momento de identificación. Pudieron definir el recuerdo colectivo de ese legado. Juan Gabriel, y sus dolientes, no merecieron una ceremonia donde el presidente se apersonara y dijera, en nombre de la nación, gracias. Si no se atrevía a ir a Bellas Artes, EPN debió organizar algo alternativo.

Un presidente es elegido también para hablar en nombre de todos. Fallece un ídolo y el gobierno federal dispone de vallas, templetes, bocinas, la alfombra, pero deja en Rafael Tovar y de Teresa todo el peso del discurso del adiós. Obvio, fue demasiado para él, como hubiera sido demasiado para cualquiera que no contara con el respaldo de un gobierno decidido a conducir los hechos.

Azuzados por la jerarquía católica, la más zafia y radical en décadas, y por otras iglesias, decenas de miles de personas marcharon el sábado en contra de la libertad de todos para definir qué tipo de familia queremos, y en contra de la ley que ha definido que eso es válido.

La libertad de expresar un descontento no es tal si surge no del ámbito civil sino del religioso, menos aún si lo que pretende es limitar legítimos derechos de otros.

Ante la afrenta, lo menos que se esperaría es que el gobierno module la intentona clerical, que con mensajes públicos dé cuenta que será garante de que no se trastoquen los principios generales marcados por la ley.

Redacto esto y no puedo dejar de pensar en una imagen, triste por su mensaje, que se publicó en los días de la visita del papa Francisco. No, no me refiero a ninguna de las que vimos en el aeropuerto, donde al recibir al líder religioso funcionarios y sus familias, con coros y sketches salidos de la mejor tradición (es un decir) de Siempre en Domingo, empalagaron al jesuita argentino. No, la imagen era la de Humberto Roque Villanueva afuera de la Nunciatura haciendo, junto con otras personas, cola para entrar a ese recinto del Vaticano en suelo azteca. Patético. El encargado gubernamental de los asuntos religiosos fue enviado por un gobierno extranjero a hacer fila.

Lo anterior se parece al fin de semana. Mientras curas y acólitos tomaban las calles, el gobierno brilló por su ausencia.

Ni antes, durante o después del sábado un discurso claro, un gesto decidido, nada que nos diga que en Bucareli saben lo que les toca hacer.

Ni en la fiesta ante el ídolo que nos hizo bailar, ni en la hora crítica del desafío clerical hay algo que no sea el vacío gubernamental.

Twitter: @SalCamarena

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