Opinión

EL GLOBO: Cumbre
sin sentido

Durante muchos años cubriendo eventos y reuniones internacionales, comprendí que buena parte de las cumbres multilaterales carecían de resultados concretos. Decenas de jefes de Estado o de gobierno que desfilaban por mullidas alfombras, sostenían cenas opíparas y lanzaban sendos discursos sobre temas genéricos, eran incapaces de construir acuerdos o proponer agendas más pragmáticas y propositivas. Es el lamentable caso de las Cumbres Iberoamericanas, espacio ideal, amigable y cercano donde todos los líderes hispanoamericanos podían compartir metas y propósitos de forma directa, con respeto y en un tono de igualdad.

Han cumplido ya poco más de veinte años y su importancia o impacto se han reducido a meras declaraciones y escenarios para la discordia.

La última cumbre iberoamericana sostenida en Panamá, en 2013, registró la ausencia de más de diez mandatarios, un gesto inequívoco de desinterés y apatía, además de la del propio rey de España, invitado obligado a estas reuniones, quien convalecía de una de sus varias intervenciones quirúrgicas del año pasado.

Las cumbres se convirtieron pues en escaparates, en pasarelas de lujo, donde con esposas o sin ellas, los presidentes y jefes de Estado compartían un par de días de aparentes discusiones de integración y fortalecimiento.

Hace unos días, se celebró en Cuba la reunión de la CELAC, la llamada Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, un mecanismo ideado y diseñado por Hugo Chávez para jugar un papel más predominante entre Cuba y Venezuela. La meta fue poder influir en la agenda y relación con otros países, en abierta competencia o contraposición a las cumbres Iberoamericanas, donde el propio Chávez se llevó hace unos años un “coscorrón” y llamada de atención de su majestad, el rey Juan Carlos.

La CELAC se reunió en La Habana y para sorpresa de muchos, asistieron casi la totalidad de jefes de gobierno.

Dilma, Peña, Cristina, Maduro, Piñera, Santos, todos bajo el generoso cobijo de Raúl Castro y la inefable sombra de Fidel. Todos jugando al encuentro “jubiloso” en el contexto del desarrollo, la paz, el entendimiento, la armonía. Una completa ilusión, considerando que Chile y Perú acababan de recibir el fallo de reordenamiento territorial entre ambos países; Argentina en la debacle económica, una vez más en doce años, Colombia en su inacabada negociación con las FARC –que incluso tuvieron sesiones con el presidente de Uruguay en la propia La Habana– y Venezuela sin Chávez, pero con su permanente invocación.

La región latinoamericana ha carecido de agenda común, aunque los discursos de sus presidentes hablen de los pueblos hermanos y las culturas comunes. No ha habido intentos serios, sólidos, consistentes de integración de un mercado común hasta hace muy poco tiempo con el proyecto de la Alianza del Pacífico que componen México, Colombia, Perú y Chile. Un proyecto que, por cierto, no acaba de consolidarse y que aún presenta algunas dudas para la propia presidenta Bachelet.

El histórico Mercosur ha sido incapaz de construir una auténtica zona de libre comercio entre Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay, como tampoco México lo ha conseguido con Centroamérica.

La CELAC sin Chávez probó ser un mecanismo igualmente decorativo, porque a pesar de que existe un documento con 70 puntos de “acuerdo” o conclusiones, ninguno es vinculatorio, pragmático o determinante para un plan de acción específico. Son, una vez más, declaraciones abiertas, genéricas, de unidad y hermandad.

El tema ideológico es inevitable, lo fue desde que Venezuela propuso el diseño de esta comisión, puntos que pudieran compartir Evo, Correa, Cristina y los Castro con un espíritu abiertamente antiestadounidense, pero resulta equilibrado con Peña, Santos y Piñera. Dilma se ha sumado al primer grupo después del escándalo de espionaje de la NSA a Brasil, que provocó la cancelación de su viaje a Washington.

Así las cosas, la CELAC, como la iberoamericana, demostró un enorme despliegue para discursos y compromisos vanos y la antesala penosa para la foto con Fidel, para aquellos que la consiguieron.