Opinión

El fraude más descomunal: Pemex

 
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Pemex. (Bloomberg)

En algún momento Petróleos Mexicanos pasó de ser una empresa que se ostentaba como pilar de la soberanía y la economía nacional al triste espectáculo que es hoy: un ente lastrado por su ineficiencia productiva, escándalos de corruptelas y derroche, endeudamiento masivo y un pasivo astronómico en materia de pensiones. Una vez más (por si hiciera falta) queda demostrado que el Estado es un administrador tan inepto como corrupto, sólo que en esta ocasión con la mayor empresa del país. Si Lázaro Cárdenas hubiera sabido lo que desataba hace exactamente 78 años cuando nacionalizó el petróleo, igual se lo hubiera pensado tres veces.

En cierta forma, es el fraude más descomunal en la historia de México: la promesa de la abundancia lopezportillista trastocada en una deuda (financiera y laboral) que deberá ser pagada por todos los mexicanos a lo largo de generaciones. Lo que se suponía era un cimiento financiero para el Estado resultó a la postre una carga descomunal para los contribuyentes. Por todos los trabajadores honestos y entregados nunca faltaron líderes que medraron con el patrimonio de la empresa, y lo mismo puede decirse con respecto a funcionarios y directivos en todos los niveles.

El fraude fue transgeneracional: durante décadas millones de mexicanos pagaron menos impuestos debido a la 'renta petrolera'. En las próximas décadas se enfrentará el otro lado de la moneda: un nivel impositivo más elevado para cubrir el derroche del pasado. Más grave fue la promesa de desarrollo: se suponía que el petróleo iba a proporcionar esa palanca que permitiría ese salto a ser una respetada 'potencia media'. Resultó, de nuevo, exactamente lo contrario: como una persona muy trabajadora que de repente se gana la lotería, la borrachera fue formidable y el final triste. No hay duda alguna de que la economía mexicana sería hoy mucho más rica, productiva y pujante si bajo el subsuelo nacional no se hubiera encontrado una sola gota de petróleo. Ramón López Velarde adjudicó con acierto, hace casi un siglo, su existencia en el territorio nacional al diablo.

El desempeño del gobierno de Peña Nieto con respecto a la paraestatal ha sido definitivamente mezclado. No es poco que la transformacional reforma energética haya, por fin, mostrado a Pemex en toda su ineficacia y podredumbre. Pero su administración en años recientes no hizo mucho por mejorar lo uno o reducir lo otro. Más bien, la apuesta fue tratar de reafirmar a Pemex en su papel de gigante industrial y vaca lechera del erario. Lo que acabó por frenar la desastrosa estrategia no fue la reforma, sino el colapso en los precios internacionales del crudo.

Con casi 78 años de edad (su fundación tuvo lugar meses después de la expropiación) es la hora de jubilar a Pemex: privatizar lo que se pueda, desmantelar otras partes y tratar de reducir el formidable costo que los mexicanos deberán pagar. A nadie le gusta el papel de síndico de quiebra, sobre todo después de un fraude brutal, pero es lo que hoy corresponde a José Antonio González Anaya.

Twitter: @econokafka

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