Opinión

¿El fin o el principio?

 
1
 

 

Donald Trump

Luego de 'parlar', vender y bailar con los jeques, el empresario metido a presidente se adentró en los vericuetos de la política de poder en el Medio Oriente, del que no supo nunca bien a bien si entró o salió; y después de envalentonar a los halcones del Estado de Israel, se presentó ante la OTAN y el Grupo de los Siete. No es seguro que, como el trovador cubano Carlos Puebla cantaba, “haya mandado a parar” a nadie pero, lo que sí logró es ahondar el desconcierto entre sus más fieles y hasta solícitos aliados y con ellos al resto del mundo.

Si tuviésemos que guiarnos por discurso y retórica, bien podríamos decir que Trump le dio la puntilla a un orden que en realidad nunca fue pero que muchos, como su antecesor en la Casa Blanca o los poderes en Bruselas o Berlín, ven como una necesidad vital para 'asegurar' algún futuro al mundo. Con las amenazas vueltas realidad cotidiana del cambio climático, la inseguridad global es peligro inminente y las supuestas dudas de Trump respecto a su posición sobre el Tratado de París lo convierten en emergencia inmediata. Puede no haber guerra, pero lo que desde luego priva es incertidumbre y miedo. Nublado cielo para darle cobijo a una recuperación económica titubeante.

Lo que queda de este harapiento orden, ayer visto como gran ilusión o diseño triunfalista desde la primera Guerra del Golfo, cuando Estados Unidos al frente de una gran coalición decretó sin mayor preámbulo el inicio de un “nuevo orden internacional” que, en postrero homenaje a Marx se disuelve en el aire, es una comunidad de naciones superada e incapaz de actuar. Lo que hay es una organización de las Naciones Unidas que sufre los embates de una austeridad mal entendida y peor aplicada, junto con unas instituciones financieras que no ven la hora de, por lo menos, sentarse a imaginar una nueva ortodoxia. El agresivo neoproteccionismo de Trump, lejos de hablar de una salida sostenida de la Gran Recesión, anuncia la posibilidad de que la Gran Regresión apurada por la revolución neoliberal se profundice y sostenga.

De aquí que, entre otras cosas, haya la necesidad de afinar el lenguaje y depurar los conceptos tan sólo con el fin de aligerar la confusión posfactual y abrir el paso a unas formas de comunicación que, eventualmente, sean portadoras de alguna visión creíble y sustentable de futuro. Por lo pronto, habrá que esperar a lo que el presidente-empresario diga a sus atribulados aliados en cuanto a las urgentes misiones sobre el cambio climático; mientras debemos estar preparados para el chaparrón de ocurrencias y amenazas que posiblemente aderecen las tristes negociaciones sobre el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

Nada bueno nos deparan las renovadas bravatas del bravucón que puso contra la pared a la Europa Unida. Por lo pronto hay que meditar y poner en situación histórica las adoloridas palabras de la canciller Merkel: “Los europeos tenemos que tomar el destino en nuestras manos… Los tiempos en los que podíamos depender de otros… han terminado”. (El País, 29/05/17, p. 3). Y agregó: “Quien lleva las orejeras nacionales puestas, y no tiene ojos para ver el mundo que le rodea, estoy convencida de que termina alejado en un limbo”. Pesimismo rematado por el titular germano del Exterior, Sigmar Gabriel: “Hay una nación líder que antepone sus intereses nacionales al orden internacional. Las políticas cortas de miras del gobierno estadounidense son contrarias a los intereses de la Unión Europea. Occidente es ahora más pequeño o al menos más débil” (El país, 30/05/12, p.3).
 
También te puede interesar:
El TLCAN, que ahora sí
De dialécticas mortuorias
La Francia de todos los tiempos