Opinión

El fin de la deuda y del gasto fácil

 
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ME. Cómo cayó Duarte (I).

Es la hora de apostar a nuestras fortalezas internas, al Estado de derecho, a la revisión de nuestras políticas públicas y a las relaciones fiscales de los tres órdenes de gobierno.

Tenemos debilidades y fortalezas, mecanismos de coordinación intergubernamental que han funcionado intermitentemente, pero son valiosos.

Ante momentos difíciles en materia presupuestal, tenemos que fortalecer las relaciones fiscales intergubernamentales, más allá de la discusión eterna entre qué es mejor, si el centralismo o el federalismo, sino arreglando cada orden sus problemas y enmendando sus errores.

En el caso de los estados y municipios la tarea no es nada fácil, debido a la existencia de inercias nocivas, de malas prácticas en la materia. Es claro que el tiempo del endeudamiento y el gasto fáciles ya terminó, tiempo teñido de opacidad y mala rendición de cuentas.

Los malos ejemplos de estados como Veracruz, Quintana Roo, Chihuahua, Sonora, más los que vienen, son golpes bajos para el fortalecimiento del federalismo fiscal y de las buenas prácticas en la materia.

Algunas entidades federativas se sobreendeudaron en los últimos años, sus gobernadores apostaron al endeudamiento fácil y en consecuencia al gasto fácil; sin embargo hoy el costo para las finanzas estatales es muy alto. De acuerdo a las cuentas públicas 2015, pagaron de intereses fuertes cantidades para sus ingresos estados como Veracruz, tres mil 225 millones de pesos; Nuevo León, tres mil 110; Coahuila, dos mil 184; Chihuahua, mil 417; Nayarit, 277, que quizás es de los más altos en función de sus ingresos.

Los congresos locales se acostumbraron a autorizar techos de endeudamiento, pero sin saber para qué, con quién, cómo y a qué costo. Así no ha sido necesario tener buenos funcionarios fiscales, ni en los los bancos evaluar correctamente el riesgo, porque con la garantía de las participaciones el pago está asegurado a través del fideicomiso irrevocable de pago.

Obtener dinero fácil para que lo pague la siguiente administración o las siguientes generaciones hace que sea igual de fácil gastarlo. Sentirse como gobernante que se es un rey Midas. Con razón el Imco, que dirige Juan Pardinas, publicó hace algunos años la caja negra del gasto público.

Cierto, los estados mexicanos son los más dependientes de las transferencias federales dentro de la OCDE, lo que muestra la debilidad de las Haciendas públicas locales, dada la precariedad de sus ingresos propios.

A nivel municipal, la mayoría no tiene el problema del servicio de la deuda, unos cuantos, 25 de ellos –el 1.0 por ciento– deben la mitad de la deuda de este orden de gobierno; claro, más de la mitad está en condiciones de pobreza y los que no, tampoco recaudan bien el predial: 0.2 por ciento, contra más de 3.0 por ciento de Canadá y Estados Unidos y la tercera parte de Chile.

Se puede incrementar la recaudación estatal y municipal sin crear nuevos impuestos, sólo cobrando bien y sin desviaciones, lo que tienen.

La recaudación estatal y municipal no llega al 5.0 por ciento de los ingresos nacionales. Por supuesto que es real el bajo potencial recaudatorio de los impuestos que pueden cobrar, derivado de la suspensión de los más importantes por su adhesión al sistema de coordinación fiscal, pero no aprovechan bien las facultades que se les regresan, como el impuesto a la tenencia, salvo honrosas excepciones.

Por otro lado, las finanzas nacionales no están en condiciones de hacer transferencias discrecionales, ni rescatar el pago de participaciones no entregadas a los municipios –ya las transfirió a los estados– o quebrantos por el pago del servicio de las deudas públicas.

El fin del gasto fácil no implica forzosamente austeridad, sino gastar mejor y con mayor transparencia, así como una mejor rendición de cuentas. Si no lo hacen muchos se pueden quedar en el camino, rezagados y quien paga son los ciudadanos.

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