Opinión

¿El film del año?

A veces el espectáculo cinematográfico es más complejo de lo que parece a simple vista. La dinámica del film contemporáneo, venga de donde venga, exige un espectador atento, dispuesto a descubrir entre los intersticios del argumento y lo visual, la esencia del arte más popular de la historia. La óptica multinivel del cine actual puede recurrir a la imaginación más desatada como a la ciencia de vanguardia. Sus lecturas pueden ser infinitas, provocadoras, rompecocos y, por supuesto, profundamente entretenidas. No en todos los films aunque sí en alguno que podría considerarse el film del año: Interestelar (2014, Christopher Nolan).

Interestelar representa una fuga hacia el infinito que se basa, antes que en una simple fantasía post-apocalíptica, en el trabajo del físico Kip Thorne (n. en 1940), -experto en física gravitacional y la Teoría de la Relatividad General-, ahora productor ejecutivo de este film, sin duda la más ingeniosa inmersión pop en el mundo de la ciencia especulativa, acaso tan creativa como el original argumento escrito por Nolan y su hermano Jonathan. Esto da por resultado un film que es una fuga hacia el infinito aplicando la teoría de la relatividad como base para dilatar el tiempo (especialmente el cinematográfico), adentrarse en un hoyo negro, comprender la trascendencia de la vida humana ante su inminente ocaso ecológico y convertir la gravedad misma sobre la que versa todo el film en personaje tangible.

El viaje que emprende Nolan es hacia el infinito. Y de regreso. Utilizando la acaso muy a la antigüita pero espléndida fotografía en formato IMAX y 35 mm del inspirado suizo Hoyte von Hoytema, la efectividad del espectáculo fílmico juega a hacer asequibles, y científicamente entretenidas, las abstractas ideas del clásico indiscutible 2001, una odisea del espacio (1968, Stanley Kubrick). Elevando ahora el viaje interestelar a nivel de aventura cotidiana, pensando que la humanidad sobrevivirá en el universo y más allá.

Interestelar esencialmente representa la teoría de las cuerdas (pero amorosas); convierte lo especulativo de un espacio-tiempo de más de cuatro dimensiones en un espacio-tiempo hipervisual de dos dimensiones. La base científica de Interestelar no es la ciencia dura. Antes al contrario: su teoría de las cuerdas, como estado vibracional (de buenas vibras, pues) es común y corriente; son las cuerdas sentimentales. Porque para comprender la ciencia dura nada mejor que la historia sobre el amoroso padre viudo Cooper (Matthew McConaughey), degradado de piloto a campesino, que debe sobrevivir en medio de nubes de polvo y ante la amenaza de ya no poder cultivar maíz, casi esperando la muerte por asfixia en un planeta Tierra devastado. Así que, la en un futuro casi inmediato proscrita NASA, recupera a Cooper debido a un extraño fenómeno descubierto por su inquieta hija Murph (Mackenzie Foy), a la que tendrá que abandonar para poder encontrar en el Universo otro lugar al cual poder mudar a la raza humana.

Sin opción, Cooper se embarca en un viaje acompañado por la tripulación mínima que encabeza la cerebral aunque emotiva Brand (Anne Hathaway), junto con un par de científicos y el ultra sofisticado robot TARS (Bill Irwin). Pero a diferencia del resto de sus compañeros, y de las otras misiones que encontraron un sistema con tres planetas viables fuera de un misterioso hoyo negro instalado en los límites de Jupiter que les sirve de trampolín, Cooper y Brand tienen motivo para regresar a la Tierra. Cooper por sus hijos y Brand acaso esperando ver resuelta la esperanzadora ecuación a la que su padre (Michael Caine) apuesta para la mudanza al nuevo planeta. Pero Brand se debate entre elegir el planeta correcto o el planeta donde está el hombre del que sigue enamorada, dándole más razón a su corazón que a su raciocinio. Y Cooper entre salvar a la raza humana siguiendo el único plan viable, el B, o cumplir la promesa hecha a Murph (Jessica Chastain) de volverla a ver cuando ella tenga la edad de él a la hora del viaje.

Imposibilitados ambos de cumplir su promesa, tanto Brand y Cooper ven cómo se desvanece la esperanza perdiendo horas valiosas que se convierten en años y décadas completas, sin lograr nada e incluso enfrentando la sicosis homicida y mesiánica del doctor Mann (Matt Damon). Todo para confirmar que su viaje interestelar ha sido como una banda de Möbius: partieron de un lado de la realidad para aparecer en el opuesto y así milagrosamente salvarse, sin saberlo, por supuesto, tras la muerte del doctor Brand con la ecuación cuántica inconclusa. Que Murph resuelve con la información proveída por TARS a través del viejo código Morse transmitido al en principio despreciado reloj paterno, última cuerda que liga a Cooper con Murph.

La teoría de las cuerdas emocionales se convierte en la noción definitiva de que el viaje interestelar es el que está dentro del alma y los sentimientos humanos, tan intensos como cualquier aventura espacial y tan cerebrales como la ciencia más árida, siempre y cuando quede en eso: el suntuoso espectáculo cinematográfico del probable mejor film de 2014.