Opinión

El experimento

    
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Trotsky

La semana pasada recordamos los 500 años del inicio de la Reforma, un proceso muy violento de transformación ideológica (religiosa), que tuvo éxito gracias a la nueva tecnología comunicacional (imprenta), y dio lugar a un mundo totalmente diferente. En esta semana, lo que hay que recordar son los cien años de la Revolución Rusa, que se cumplen mañana.

La Revolución se debe esencialmente a la inmensa voluntad de Vladimir Lenin y a la capacidad organizativa de León Trotsky. Rusia era gobernada por un zar inepto, que no sólo era indeciso, sino que ni siquiera entendía lo que ocurría en su imperio. A inicios del siglo XX, Rusia seguía viviendo como lo había hecho Europa antes de Lutero, porque los esfuerzos de Pedro el Grande por modernizarla habían sido sólo cosméticos: San Petersburgo, construido sobre un sistema económico “medieval”. El ingreso de Rusia a la Gran Guerra llevó al sistema por encima de sus límites, y la situación se hizo inmanejable. En un esfuerzo por impedir la guerra civil, aristócratas y militares convencieron a Nicolás de crear una República en febrero de 1917, pero la indecisión e ignorancia mencionadas impidieron que ese intento fuera exitoso.

El 7 de noviembre de 1917 (25 de octubre en el calendario que entonces se usaba en Rusia, y por eso “revolución de octubre”), el grupo minoritario del partido comunista, llamado irónicamente “bolchevique” (es decir, de las mayorías), da un golpe de Estado y toma el Congreso. El ejército ruso, que estaba a punto de rebelarse, se suma al golpe, y muy rápidamente Lenin y Trotsky toman el control del país. En los siguientes cinco años habrá guerra civil, intentos occidentales de derrotar a los bolcheviques, invasión de Asia Central, y finalmente la creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, en 1922.

El triunfo de Lenin y su puñado de seguidores es casi milagroso: no eran populares, no tenían presencia política y ni siquiera estaban en Rusia. Lenin, por ejemplo, fue enviado por los alemanes, en un intento de deshacerse de Rusia y concentrarse en el frente occidental. Pero si la toma del poder fue obra de muchas casualidades, el control posterior del país más grande del mundo se debió a una estructura política autoritaria y disciplinada, y a la ausencia total de escrúpulos. Así suele ocurrir.

En el mismo año de 1922, Lenin sufre una embolia y la lucha por sucederlo se hace brutal. Como es sabido, José Stalin le gana la partida a Trotsky, quien acaba asesinado en México casi veinte años después. En la mitología revolucionaria, especialmente después de 1953 (cuando Kruschev destapó parte de los crímenes de Stalin), Lenin y Trotsky aparecen como santos, cuya obra desafortunadamente fue convertida en una tragedia por el ucraniano. No es así: los tres, y muchos más que por momentos tuvieron poder, fueron muy similares: calculadores, desalmados, autoritarios. Siempre habrá quien les encuentre algún lado bueno, sin embargo.

El experimento comunista es una de las grandes tragedias de la humanidad. No sólo costó, de forma directa, algo así como cien millones de muertos, y mantuvo a miles de millones bajo sistemas autoritarios, sino que legitimó políticamente muy malas ideas “sociales”, que siguen muy vivas en las universidades, y rondando la posibilidad de volverse a aplicar.

Los defensores del experimento afirman que los habitantes de la URSS fueron liberados por la Revolución, porque antes de ella vivían mucho peor. Eso es cierto. Como decíamos, su atraso frente a Occidente era muy grande. Pero el camino que siguieron no fue barato. Jamás sabremos si la opción de la República pudo ser mejor, aunque todo indica que sí.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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