Opinión

El estante de arriba

 
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Rius es uno de los mejores caricaturistas de México. (Cortesía)

El día en que nací, Rius acababa de publicar La vida de cuadritos: Breve guía de la historieta. Era su libro 45, aun él no sabía que le quedaban, por lo menos, cincuenta más en la cabeza. Es por eso que a manera de papel tapiz estuvo siempre en la casa donde crecí, la de mis abuelos. Junto a discos de Javier Solís, Toña La Negra, Amparo Montes, Enrico Caruso y La Macolla de la PUP (Partido Único de los Pendejos) de Hermenegildo L. Torres, ahí estaban desacomodados los libros de Rius; del otro lado lo acompañaban Luis Spota, Leñero, Renato Leduc y best sellers que llegaban con la suscripción del diario.

Siempre estuvo presente y siempre estuvo enmarcado con la risa de los Reyes Barbosa, mi familia se los peleaba, los saboreaba y uno que otro lo postulaba para presidente. Así conocí a Rius, como un integrante más de lo íntimo, como un inquilino que me invitó a pasar a mi propia casa.

Sin embargo, el acceso a Rius no fue del todo sencillo. Durante años sus libros fueron ese inexplicable tesoro lleno de dibujitos que no se podían iluminar. No entendía cómo, siendo caricaturas, no podía agregarles color, recortar un Jesucristo crucificado o un policía malhumorado. “¡Eso no se toca, no son libros para niños!”, me repitieron hasta el cansancio. Por mucho tiempo fueron cambiados de lugar y estuvieron en el último piso de los libros, en el estante de arriba.

A mediados de los noventa tuve acceso a ellos y reconocí el tesoro guardado, me rebasaron las preguntas y al principio imité las risas de mis abuelos cuando pasaba la página con el completo desconocimiento de quién era Fernando Gutiérrez Barrios o las preocupaciones del estado capitalista, apenas reconocía el papel de los obreros y un flaco Tío Sam con la bandera de Estados Unidos. No dejé la lectura, seguí y empecé a atar cabos con lecturas comentadas con mis abuelos y escuchando las noticias. Rius me abría los ojos.

Pero no todo era política, uno se encontraba con dos cavernícolas entre dos montañas que descubrían el razonamiento: “Rodeado en el principio de oscuridad, ignorante respecto a todo: temerosos de todo lo que rodeaba. El ser humano le fue perdiendo el miedo a las cosas en cuanto empezó a razonar”, un cavernícola le dice a otro: “¿Por qué a veces hace frío, y a veces hace calor?”, y el otro le contesta: “Para que tengamos de qué platicar, Timbuctú…”.

Leí de hábitos alimenticios, de cardenales aprovechados, de presos conformes, de líderes sindicales voraces, de presidentes rateros y sin memoria, del culto a la filosofía, de qué somos y cómo nos definimos.

Después descubrí que Rius había sido el fundador, el primer habitante de ese oasis de libertad de expresión donde sólo entran los moneros. Él compró los materiales y construyó esa fortaleza donde se permite incomodar, señalar y hacer enojar a los poderosos; después de él decenas se han refugiado ahí, y lo celebro.

Crecí con Rius, él significa los primeros años, la sala con música, el queso fresco en la mesa, la camioneta Dodge, la convulsión del sexenio salinista, la infernal Iglesia y la delimitación de las clases sociales. Hoy lo tengo en casa, en el último piso de los libros, en lo más alto, donde siempre debe de estar, en el estante de arriba. Gracias, Rius.

Twitter: @jrisco

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