Opinión

El Estado Islámico, 'Frankenstein' de
Bush y Blair

   
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Bagdad, Irak

Esta semana el Estado Islámico de Irak y Siria (EI) ha cobrado más de 300 víctimas: 41 en el aeropuerto principal de Turquía, 22 en un café de Bangladesh y 250 en el distrito de Karrada en Bagdad, donde millares de personas se preparaban para celebrar el fin del Ramadán (el mes sagrado musulmán en el que se practica el ayuno). En 24 horas perpetró tres ataques más en diversos puntos de Arabia Saudita, dos de ellos fallidos y un tercero que cobró la vida de cuatro personas cerca de la tumba del profeta Mahoma en Medina. Su poder quedó demostrado y se consolida como la mayor amenaza terrorista para Estados Unidos y sus aliados. Es un enemigo más temible que Al Qaeda, con territorios e ingresos propios y la mira fija en Estados Unidos.

Justamente esta semana, el miércoles 6 de julio, se dio a conocer en el convulsionado Londres una investigación que llevó siete años de preparación —el reporte Chilcot, o la investigación de Irak— presidida por Sir John Chilcot, quien forma parte de la corte de asesores de la reina. La investigación detalla una serie de evidencias sin precedentes sobre los engaños a la opinión pública mundial y múltiples errores estratégicos en que cayeron los protagonistas de la invasión a Irak en la primavera de 2003, George W. Bush (2001-2009) y su aliado Tony Blair, primer ministro del Reino Unido (1997-2007).

El reporte es muy extenso (2.6 millones de palabras y dividido en 12 volúmenes masivos) con conclusiones devastadoras. Detalla los meses que precedieron la invasión, analiza la falta de preparación de las tropas británicas, el desarrollo del conflicto, así como el éxodo del Reino Unido de Irak. Cubre desde 2001 a 2009.

Lo más relevante es que Estados Unidos y sus aliados no tenían un plan bien concebido para reconstruir el Estado de Irak una vez depuesto el tirano Saddam Hussein. El reporte detalla cómo la falta de planeación aseguraba un rotundo fracaso para el Reino Unido. Más aún, el caos que surgió al caer el régimen se convertiría en tierra fértil para que musulmanes radicales y los exgenerales de Hussein concretaran una popular idea entre los extremistas: crear un califato al estilo Edad Media, el ahora Estado Islámico de Irak y Siria.

Entre los más importantes señalamientos está la decisión de Blair de convertirse a capa y espada en el gran aliado de Bush en la guerra contra el terrorismo internacional de Al Qaeda y, en su momento, en la invasión a Irak. Para Blair era una demostración de solidaridad esencial y de luchar “hombro a hombro” con Bush. Esto es, el primer ministro británico renunció a su derecho de ser el comandante en jefe de sus tropas al comprometerlas y subordinarlas, en el teatro bélico de Irak, a la tramposa maquinación de Washington.

Concluye que al momento de la invasión era falso que se hubiesen agotado todas las alternativas y sólo quedase la opción bélica; subrayando que “la opción militar no era un último recurso”. Más aún, evidencia que los informes de inteligencia eran limitados y que estaban presentados de “tal manera que fortalecían la preferencia del gobierno de invadir. La inteligencia no probaba la existencia de armas de destrucción masiva”.

Finalmente, “se ignoraron alertas sobre los riesgos y consecuencias de una invasión a Irak, incluyendo la posibilidad de violencia sectaria, guerra civil y el incremento de los grupos yihadistas estilo Al Qaeda”.

Según el profesor Daniel Byman de la Universidad de Georgetown, los grupos terroristas emergen en zonas de conflicto y de vacío político para explotar el caos local. Hay sobrada evidencia de que tras el derrocamiento de Saddam Hussein, Irak se desgarró, surgiendo todo tipo de guerras sectarias y abonando la tierra para el surgimiento del Estado Islámico.

Un denigrado Blair ya salió a dar una disculpa aduciendo que se equivocó, no que mintió. Esto coloca en una posición difícil a George W. Bush, quien como expresidente prácticamente no ha salido a declarar más que cuando intentó apoyar la intentona presidencial de su hermano Jeb.

Bush seguramente optará por el silencio. No tiene nada que refutar a un reporte que, simple y sencillamente, arroja evidencia incontrarrestable sobre su irresponsabilidad, especialmente la de Blair, ante la invasión a Irak. El informe fortalece la condena histórica, de Bush y Blair, como dos grandes actores en la emergencia del Estado Islámico.

No es la primera vez que Estados Unidos, a través de intervenciones militares, crea sus propios 'Frankensteins'. Lo había hecho ya en Irak al apoyar al propio Saddam Hussein cuando en la década de los 80 se confrontó con Irán.

Lo paradójico de este nuevo engendro –el Estado Islámico— es que su fuerza, violencia y alcance terrorista no tienen precedente en la historia de nuestro planeta.

Twitter: @RafaelFdeC

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