Opinión

El espectáculo que
lo invade todo

 
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El 30 de noviembre de 1994 se suicidaba el importante filósofo francés Guy Debord (París 1931). Pocos textos predijeron y describieron tan bien el laberinto de imágenes (o de señuelos) en el cual vivimos, como La sociedad del espectáculo, que publicó en 1967. Este libro, que desde su aparición se volvió un fenómeno literario y de culto, es un tratado exhaustivo que rebate la inocencia de las imágenes, y que acusa a los intereses económicos que se encuentran detrás de todo lo que hacemos, de todo lo que nos gusta, de todo lo que pensamos, en esta nueva dictadura del capitalismo tardío llamada neoliberalismo.

“El espectáculo es el momento cuando la mercancía llega a ocupar totalmente la vida social. No sólo su relación a la mercancía es visible, sino que es lo único que podemos ver: el mundo que vemos es su propio mundo. La productividad económica moderna extiende su dictadura de forma extensa e intensa”, por poner un ejemplo. La sociedad del espectáculo es un libro que tenemos que leer lentamente, que describe de forma precisa y hasta poética la alienación que producen las imágenes, la mercantilización de todos los aspectos de nuestras vidas, y la gran dificultad –la imposibilidad– de escapar de esta situación.

Guy Debord fue escritor, filósofo, cineasta y activista, aunque se le considera también un estratega que conceptualizó la noción del “espectáculo” como una de las formas más competitivas de opresión de Estado. Fue miembro fundador del Letrismo y de la Internacional Situacionista. Este último fue un grupo revolucionario, oficialmente formado en julio de 1957, y fue el resultado del acercamiento de distintos grupos como la Internacional Letrista, el Movimiento Internacional para una Bauhaus Imaginista, el Comité Psicogeográfico de Londres y un grupo de pintores italianos. Su documento fundador, Relación sobre la construcción de las situaciones, fue escrito por Debord en 1957, en él expone la necesidad de cambiar el mundo y sus formas artísticas a través de todos los medios necesarios para perturbar la vida cotidiana. Uno de los objetivos principales de los situacionistas era la liberación histórica a través de una reapropiación de la realidad; era un movimiento libertario, artístico y hedonista.

Una de las prácticas básicas de los situacionistas era la dérive (deriva,) un ejercicio que propone realizar una caminata sin objetivo específico durante un día, generalmente en una ciudad, como una forma de experimentar de otra manera la vida urbana, pero sobre todo, de liberarse de la rutina. Este grupo radical creía que el arte y la política tenían que ir de la mano, retomaba teóricamente a un joven Marx, pero creía en una irracionalidad y una libertad que provenía del surrealismo y del dadaísmo, combinación que no encaja para nada con una línea convencional de izquierdas. Los situacionistas están conceptualmente detrás del movimiento estudiantil de mayo de 1968, que se propagó con pólvora a otros continentes, y que, no por nada, adoptó “la imaginación al poder” como lema de su lucha política.

Qué lejos estamos de esos tiempos utópicos. Después de un sexenio marcado por los excesos, por la impunidad, por el mayor número de muertos que hemos visto los mexicanos, pronto empezará el circo mediático en torno a las elecciones, un espectáculo donde se enfrentarán candidatos independientes, mujeres, partidos oficiales, indígenas, izquierdas, derechas, etcétera, como un simulacro de representación. Esta invasión de nuestro espacio privado solo recalcará que no es tan nuestro, ni tan privado, y detrás de este bullicio, escucho el eco de las palabras de Debord: “El espectáculo es la ideología por excelencia, porque expone y manifiesta la esencia de todo sistema ideológico: el empobrecimiento, el sometimiento y la negación de la vida real”.

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