Opinión

El epitafio de los mexicanos

 
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Epifafio.

A propósito del estreno de Everest el año pasado, en esta columna hablé del cine de montaña, subgénero escaso en parte porque los directores suelen temer a la altura, un ambiente hostil y mercurial, difícil de replicar fielmente en un set. Epitafio, dirigida por Yulene Olaizola y Rubén Imaz, entra a ese reducido grupo, con la peculiaridad de que sus protagonistas –un trío de conquistadores españoles, miembros de la expedición de Hernán Cortés– están a siglos de descubrir los crampones o el piolet.

Dispuesto a ocupar la gran Tenochtitlán, Cortés (cuya figura se menciona, más nunca aparece) envía a Diego de Ordaz (Xabier Coronado) y a sus ayudantes, Gonzalo de Monóvar (Martín Román) y Pedrito (Carlos Triviño), a escalar el Popocatépetl y conseguir azufre para la fabricación de pólvora. Mal preparados para el arduo trayecto hacia la cima, los conquistadores rápidamente se ven en apuros, abandonados por sus aliados tlaxcaltecas y equivocándose de ruta.

Olaizola e Imaz se atrevieron a filmar en el cuerpo mismo del Popocatépetl, activo desde hace más de dos décadas. El resultado es un viaje sobrecogedor a un rincón inhóspito y poco conocido de México. Como experiencia sensorial, Epitafio hipnotiza y avasalla desde la primera toma, cuando los conquistadores se abren paso por la maleza hasta arribar a un claro donde descubren el volcán, expulsando humo como si la sola presencia de estos extranjeros lo irritara. Desde tiempos prehispánicos, a través de leyendas y mitos, el Popocatépetl (o Don Goyo) ha sido considerado un ser viviente. Hasta la fecha, los pueblos que lo rodean creen estar sujetos a sus veleidades y caprichos, y acostumbran entablar un diálogo con él a través de tiemperos, personajes que le piden lluvia para mejorar sus cosechas o lo tranquilizan si advierten su molestia. Epitafio está consciente del alma que poseen las grandes montañas en el imaginario mexicano, y no sólo porque los tlaxcaltecas hablan del Popo como si estuviera vivo. El fotógrafo Emiliano Fernández lo registra como una bestia temperamental, cubierta de neblina; fría, implacable y gris. Incluso sus tomas más hermosas –y Epitafio está repleta de ellas– a menudo ocultan amenazas: un banco de bruma que acecha a los conquistadores, copos de ceniza que flotan como gigantescas polillas y el sol difuso, inservible entre las nubes.

"Epitafio"
Año: 2015
Director: Yulene Olaizola, Rubén Imaz
País: México
Productor: Malacosa Cine
Duración: 82 minutos

El diseño sonoro exacerba esta sensación de inquietud: un prodigio de austeridad acústica, marcado por voces fantasmales que exhalan, suspiran, susurran y cantan como el coro de una misa negra.

Ambicioso y obstinado, Diego de Ordaz sólo sabe hablar del rey y de Dios porque su vida entera es lealtad y fervor. Como el resto de las decisiones estéticas de Epitafio, el casting de Coronado es un acierto visual: el tipo parece dibujado por Velázquez. No obstante, su interpretación resulta extrañamente rasa, como si estuviese dictando una lección de historia (Román y Triviño contrastan con ese estilo, ceñidos a un tono menos afectado y más, digamos, realista). Coronado mira como actor de cine y habla como actor de infomercial. Hacia el desenlace, quizás es él quien no logra estremecer con un monólogo delirante, borracho de azufre y gloria.

Hay un abismo entre Coronado y Klaus Kinski, enloquecido en una balsa, rodeado de monos. Aguirre, la ira de Dios, la obra maestra de Werner Herzog, fue un modelo evidente, pero impreciso, en tanto que narra un fracaso estrepitoso. Repasar la Conquista de México basta para saber que Diego de Ordaz sí logró proveer de azufre al ejército que arrasaría con Tenochtitlán (de ahí el epitafio del título); su historia es la de una victoria atroz, pero victoria al fin y al cabo. No es un matiz menor. Es cierto que la cuenca entre el Iztaccíhuatl y el Popocatépetl se llama Paso de Cortés y no Paso de Ordaz. ¿Y qué, si la pólvora conseguida funcionó? ¿De verdad tiene alguna importancia si no recordamos el nombre del piloto del Enola Gay?

Se insinúan diferencias potencialmente dramáticas entre Gonzalo, quien desea quedarse en México y lamenta la matanza de indígenas, y el desprecio que caracteriza a Diego, incapaz de seguir el único consejo de los locales. Sin embargo, Olaizola e Imaz menosprecian el valor del conflicto como detonante narrativo y apenas si exploran esta desavenencia. Qué fácil fue conseguir las armas para vencer a los aztecas. Vaya anticlímax que un hombre tan poco interesante como Ordaz haya sido clave en la caída de Tenochtitlán. Como retrato de la locura y el frenesí de la ambición, Epitafio no es Aguirre. Como alegoría sobre los hombres que, acaso sin saberlo, cambian el rumbo de la historia, es una desilusión.

Twitter: @dkrauze156

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