Opinión

El editor

 
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Jaime Salinas.

En la mesa de novedades que Gil ha dispuesto en el amplísimo estudio apareció El oficio de editor, una conversación de Juan Cruz con Jaime Salinas, para más señas hijo del poeta Pedro Salinas, publicada en noviembre de 2013 en la editorial Alfaguara. Salinas trabajó hombro con hombro con Carlos Barral en la editorial Seix Barral, cofundó Alianza Editorial en 1966 y encabezó los proyectos editoriales de Alfaguara y Aguilar. Jaime Salinas editó en España una colección de clásicos considerada un referente en la cultura literaria española. Salinas difundió a Günter Grass, Thomas Bernhard y Michael Ende. Murió en 2011 y nació en 1925. Gamés leía y subrayaba estos párrafos de Jaime Salinas en respuesta a preguntas de Juan Cruz:

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Un editor es (o, mejor dicho, era) una especie de go-between, de intermediario, entre el escritor y el lector, el que tiene, por una parte, contacto con la persona que escribe y a su vez traslada o traduce esa escritura a un objeto encuadernado, impreso, con letras, cuyo destino es ser leído por una, dos o un millón de personas.

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El editor no siempre ha tenido tanto poder, ahora lo tiene, pero antes no lo tenía. Como tal, muchas veces era en realidad un mero impresor. Hoy lo tiene porque en la edición el factor económico es dominante y, naturalmente, su responsabilidad es mucho mayor de lo que considero que debe ser su papel, que es cumplir con una función cultural, con una responsabilidad cultural. Hoy en día esta responsabilidad está relegada a un segundo plano. No emito juicios, sencillamente hablo de la realidad. Si he de formular un juicio, considero que esa prioridad de lo comercial sobre lo cultural, sobre todo en la edición literaria, tiene unas consecuencias absolutamente catastróficas, por una razón muy sencilla: en el momento en que la preocupación dominante del editor es que el libro sea un producto más, tiene que hacer un producto que se venda y que se venda mucho. Y naturalmente eso condiciona la escritura.

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Antes el editor se preocupaba de no perder dinero, pero no se pensaba, no pensaba tanto en hacer una fortuna con los libros. Ahora la edición es una empresa como cualquiera. Uno de los grandes problemas que se producen es que hoy un libro se convierte en un best seller y es puramente un producto de marketing. O por el contrario, un libro que tiene un gran valor literario y no se presta a ese marketing y puede pasar totalmente desapercibido.

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(Ser editor) es un oficio para el que no se necesita hacer una carrera, ni estudiar nada en ningún sitio, ni tener especiales conocimientos de nada, aunque ahora, como para todo, se han creado másteres para hacerse editor. En realidad, la simple atracción hacia un libro, el hecho de haber estado cerca de los libros toda la vida, es posible que baste y sobre.

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(En la edición) se necesita conocimiento de lo que es la fabricación de un libro. A su vez, toda la labor de la confección intelectual de ese libro y, además, tener interés en la comercialización y su promoción. Siempre he considerado absolutamente imprescindible que el editor se interese por esos tres aspectos y que los trate con el mismo respeto; es decir, para mí, el departamento de producción es tan respetable como el editorial o el comercial. Ese equilibrio es muy difícil de establecer: el editor en general desprecia al departamento comercial y éste siempre está en pleito con el productor.

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Muchos lectores no comprenden el papel del editor. Piensan que es un simple impresor, y sólo los editores de caras públicas y políticas muy personales se pueden ganar el respeto intelectual.

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Creo que a veces hay que publicar obras que uno sabe que se van a vender muy poco. Esto está vinculado a la actual vida del libro, que es muy corta. Antes, su vida era infinita, pero hoy desaparece a los tres meses y tiene que ser sustituido por otro en las librerías (…) Es muy peligroso pagar a los autores unos anticipos que crean en ellos grandes expectativas e imponen al editor una labor de promoción que desbarata todo el sentido de valores de lo que es bueno y es malo.

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Yo no creo que un libro sea mejor que otro porque haya vendido más. El éxito de ventas, generalmente, poco tiene que ver con la calidad literaria. Superar esta contradicción es difícil. El problema fundamental es cómo podemos, en la edición así como en la cultura en general, respetar a la minoría sin que en ese proceso se cometa una injusticia con la mayoría. Es la consecuencia de vivir en países democráticos.

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(¿Qué es la independencia?) Hablo de la independencia que se desprende de un editor como Jorge Herralde o como Jacobo Siruela, por ejemplo. Es decir, que los riesgos que corren son mucho mayores que si pertenecieran a grandes grupos económicos, que las decisiones son más solitarias, que los recursos son menores. Si el editor independiente puede mantenerse con una estructura pequeña que puede manejar, está salvado; ahora bien, si esa estructura resulta insuficiente, si quiere producir más y esa producción no da resultados económicos o se vende a un tercero, se hunde.

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Sí, los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras se acercan los meseros con las charolas que soportan las botellas de Glendfiddich 15 (¡botellas!), Gamés pondrá a circular la máxima de Juan Ramón Jiménez por el mantel tan blanco: “Libro: afán de estar en todas partes, en soledad”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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