Opinión

El dólar ha dejado de ser tema en México

Si alguien tuviera duda de que México ya cambió, sólo le bastaría voltear a ver al dólar.

Ayer, el tipo de cambio frente a la divisa norteamericana cerró en 13.50 pesos en operaciones al menudeo y en 13.21 pesos en operaciones interbancarias.

Si nos remontamos años atrás, al periodo previo a la crisis de 2008, para un día como hoy, la cotización de la moneda estadounidense era de 10.67 pesos al mayoreo.

Esto significa que, con todo y crisis, la depreciación fue de 23.8 por ciento en seis años, lo que significa una devaluación promedio anual de 3.6 por ciento.

Los precios al consumidor en México en este periodo subieron 29.3 por ciento mientras que los de Estados Unidos lo hicieron en 10.4 por ciento en el mismo lapso.

De modo que el diferencial de inflaciones fue de 17.1 por ciento en seis años, lo que implica una diferencia anual de 2.6 por ciento.

Es decir, en seis años hemos tenido una devaluación real de nuestra moneda frente al dólar de 1 por ciento al año.

Pocas cosas están más cerca de la estabilidad.

En otras palabras, en términos de efectos cambiarios ni nos hemos hecho más pobres ni más ricos. Y tampoco la paridad ha tenido ningún efecto significativo –ni para bien ni para mal- sobre nuestro comercio exterior.

Tal vez para las nuevas generaciones, este análisis resulte incluso aburrido.

Sin embargo para quienes vivimos primero en la era de la paridad fija a 12.50 pesos y luego en las etapas de los brincos de la paridad que desarticulaban el aparato productivo, una etapa como la reciente es casi una anomalía en la historia de México.

Hay muchos factores que han contribuido a esta condición de estabilidad. El orden de las finanzas públicas, de la balanza de pagos, así como del crédito bancario han sido determinantes.

Como mil veces se ha dicho: la estabilidad es insuficiente para propiciar el crecimiento, pero sin estabilidad es mucho más complicado detonarlo.

Imagine la inestabilidad como una niebla en la que tienen que operarse las cosas, apostando a un dólar fuerte o al “superpeso”.

Si la niebla se disipa y vemos con más claridad la realidad, podremos tomar decisiones con mayor información.

Las exportaciones mexicanas despegaron entre 1994 y el 2000 y crecieron a una tasa anual de 17 por ciento en promedio. Pero en ese mismo lapso, la moneda mexicana se depreció en términos reales 58 por ciento, es decir a un ritmo de 7.6 por ciento al año.

Si se quisiera hoy replicar el crecimiento de las exportaciones que tuvimos en la última parte de los 90, ya no se podría recurrir al tipo de cambio como arma para generar competitividad.

La única manera de conseguirlo es a través de un aumento de la productividad.

El hecho de que México haya conseguido anclarse en la estabilidad sólo le dio la oportunidad de observar con nitidez el conjunto de lastres que le estorban.

Para los siguientes años, la apuesta es que sigamos con una estabilidad cambiaria en lo esencial combinada con un conjunto de cambios institucionales que propicien la competitividad a través de la competencia y la acumulación de capital físico y humano.

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