Opinión

El doctor en derecho Mancera y los circos de primera y segunda

Un par de notas personales: entré al periodismo debido a que mi primer jefe creía que yo algo sabía de tauromaquia. Gracias a mi abuelo materno soy taurino; uno cada vez menos activo, pero si son José Tomás o Pablo Hermoso de Mendoza quienes torean, es casi seguro que iré a la plaza. La segunda nota es que considero que los caballos son fascinantes, tanto que alguna vez tuve uno.

Hablemos de los circos y de la aberración del gobierno de la ciudad de México de permitir algunos espectáculos con animales y prohibir otros, como si hubiera circos de primera y de segunda.

El día 19 de noviembre se estrenará en la Carpa Santa Fe el espectáculo ecuestre Odysseo by Cavalia, que promete ser un show formidable. Las localidades para el día de estreno están agotadas.

La pregunta obvia es por qué Cavalia tiene permiso para realizar su temporada mientras que circos como de los Fuentes Gasca o de los Atayde están imposibilitados a dar en nuestra ciudad sus funciones con animales. Antes de que alguien diga que no es lo mismo presentar caballos amaestrados que elefantes haciendo piruetas, y antes de meternos de lleno en el berenjenal, vayamos a los básicos.

El primer básico es que todos aplaudimos que, a diferencia de otros tiempos, hoy el maltrato animal es rechazado cada vez más en muchas sociedades.

El segundo básico es que el circo moderno nació en el siglo XVIII, gracias a un retirado soldado inglés, Philip Astley, que encontró la forma de hacer acrobacias en los lomos de los caballos. En el Anfiteatro Asley nació la pista redonda, que posibilita que los acróbatas logren mayor equilibrio encima del equino.

El tercero es que las leyes tienen que ser, por definición, generales. Que no deben discriminar.

No existe justificación alguna para prohibir el circo con animales en nuestra ciudad y permitir, sin el mínimo rubor, las corridas de toros (donde matan a los astados, obvio), las peleas de gallos y, “tiembla la identidad nacional”, las charreadas.

Los caballos de Cavalia, y los de la monta inglesa, y los de las charreadas, y los de circos de pueblo, no nacen sabiendo que su destino es dejarse montar, dejarse poner un molesto freno en la boca, dejarse espolear con acicates de acero (a veces de estrellas puntiagudas), o dejarse entrenar horas y horas, a partir de premios y castigos, para hacer piruetas en un circo, sea éste uno más o menos humilde o uno deslumbrante.

Con la firma de Miguel Ángel Mancera, doctor en derecho, el 15 de julio pasado se promulgó un decreto que adiciona la ley capitalina para la celebración de espectáculos públicos. Desde esa fecha, el artículo 12 establece que “son obligaciones de los titulares, cualesquiera que sea el lugar en que se celebre algún espectáculo público (…) Abstenerse de presentar un espectáculo circense con animales”. Y en el mismo decreto se define a espectáculo circense como “la representación artística, con la participación de malabaristas, payasos, equilibristas y otro tipo de artistas, que se realiza en un inmueble cubierto o al aire libre”.

Que Cavalia con sus artistas, que hacen malabares y equilibrios, no es un espectáculo circense, dirán algunos. Pues explíquenle eso al espectro de Philip Asley.

Que si se prohíbe Cavalia se abriría la puerta a discutir la prohibición de las charreadas. Pues no me digan eso a mí, que soy taurino y pro equitación, sino al doctor Mancera, que así como aprueba un espectáculo circense con animales, prohíbe otro.

Twitter: @SalCamarena