Opinión

El difícil camino de la construcción democrática

1
 

 

Depositando el voto. (Cuartoscuro/Archivo)

De acuerdo al calendario para las elecciones del 7 de junio, nos encontramos al final de la etapa en que los partidos designan a sus candidatos. Se ve como un ejercicio poco edificante en todos –o casi todos– los partidos. En general, aspirantes a cargos de elección popular que si no son conocidos, malo (porque suelen no tener las credenciales necesarias para serlo, por eso no se les conoce y en consecuencia no logran inspirar confianza); y si se les conoce, igualmente malo (pues una enorme mayoría de ellos, de todas las formaciones políticas, o resultan anodinos o están marcados por el desprestigio).

El procedimiento aplicado para llevar a cabo la postulación es todo un tema. Hoy está legitimada la designación directa. Con sólo comunicarlo a la autoridad electoral es suficiente para llevar a cabo su legal aplicación. Pero en la generalidad de los casos, salvo excepcionales, no se reserva este procedimiento para seleccionar a los mejores por su preparación, experiencia, capacidad probada, honestidad y prendas similares, sino para nombrar a incondicionales de las camarillas que controlan y se han apoderado de los partidos.

En el caso del partido gobernante el esquema es justo el arriba señalado. Pero con una significativa variante: la camarilla no es un grupo, sino una sola voluntad, obviamente la presidencial, como en los viejos tiempos del priismo, que ha revivido y está más fuerte que nunca.

Hace treinta años presidí el comité panista de Coahuila. Y poco antes el municipal de Torreón. Cada vez que se acercaba un proceso electoral daba inicio otro de tortura. Empezaba por la dificultad enorme de conseguir candidatos que fueran dignos de representar a Acción Nacional en la contienda. Luego dinero para la campaña, en la que siempre se partía de cero y se terminaba con adeudos. Y la campaña misma, siempre cuesta arriba, en particular para obtener la aceptación del suficiente número de voluntarios que vigilaran las casillas el día de las elecciones.

En aquellos memorables años no era fácil conseguir ciudadanos de aceptable presencia en la comunidad que aceptaran ser candidatos de Acción Nacional. Aun siendo miembros activos del partido, casi nadie quería. Porque era un enorme sacrificio de tiempo, dinero y vida de familia ir a una campaña electoral. Amén de exponerse a todo género de represalias y venganzas del oficialismo. Así como ahora causa la impresión de que todos se pelean por ser, entonces todos se peleaban por no ser candidatos panistas. Sin embargo, las campañas electorales se daban y fueron la principal fuente de reclutamiento de cuadros valiosos de Acción Nacional.

Hoy nada es igual. Los ciudadanos ven mal a la política, porque ésta ha caído en un enorme bache de desprestigio y el desencanto democrático se ha generalizado. A diferencia del pasado, numerosos ciudadanos consideran que el panismo ha incumplido. No es así, en todo caso habrán sido los legisladores y funcionarios que sin tener la concepción histórica de la doctrina panista, han fallado. El verdadero triunfo de Acción Nacional no debió haberse visto con su llegada, dos veces, a la presidencia de la República. En modo alguno. Y no se trata de encontrar un falso argumento para justificar errores y desaciertos. No, no es así, la victoria verdadera está en otro ámbito y en no pocas ocasiones se refirió al tema su fundador, Manuel Gómez Morín.

Entre otras, en la siguiente ocasión: En una extensa carta dirigida a Luis H. Álvarez después de las elecciones para gobernador de Chihuahua en las que éste fue candidato, fechada el 23 de agosto de 1956, Gómez Morín en unas cuantas líneas le plantea el fondo del tema. Le dice así: “La victoria definitiva (del PAN) no es la de llevar a un hombre al poder, sino la de darle a México el bien incomparable de un pueblo capaz de entender su deber y de cumplirlo, capaz de ejercitar su derecho y crear, él mismo la fuerza necesaria de hacerlo valer” (subrayado en el original).

Así se lee en la pág. 37 del libro de reciente publicación La política, júbilo y la esperanza. Correspondencia entre Manuel Gómez Morin y Luis H. Álvarez (1956-1970). El argumento es contundente e irrebatible. Nada ni nadie puede sustituir a los ciudadanos en la construcción del edificio democrático. Por donde se quiera ver, en efecto así es.

También te puede interesar:
Lo que dijo el fundador del PAN
La discusión sobre “los cruces”
Sobre la autobiografía de Castañeda