Opinión

El Diablo

   
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Édgar Veytia, fiscal de Nayarit, detenido en Estados Unidos.

Al mismo tiempo que Édgar Veytia se declaraba inocente en una Corte de Nueva York, una veintena de ejidatarios y comuneros se reunían en un pequeño pueblo rural al norte de Tepic, Nayarit. Tras algunas tímidas intervenciones sobre la necesidad de revisar los problemas del agua, de acceso a financiamiento o la colocación de sus productos a los mercados, un hombre de mediana edad irrumpió con una sentencia lacónica, pero estremecedora, que fue espontáneamente recibida con miradas de asentimiento generalizado: “hoy estamos aquí, podemos hablar, porque ya no tenemos miedo… los gringos se llevaron al Diablo”.

Con El Diablo –así conocían al fiscal general– se fue el miedo. Ahora todos hablan, cuentan experiencias personales o ajenas, relatan anécdotas que parecen extraídas de cuentos surrealistas. Los testimonios son adictivos por espeluznantes. Siempre había uno más que superara al anterior. El fiscal fijaba precio y decidía el comprador de las cosechas de sorgo, frijol o tabaco; cobraba extrajudicialmente en su oficina deudas mercantiles o civiles; bajo amenazas obligaba a entregar casas y terrenos con escritura en mano; paseaba en vehículos de lujo que supuestamente incautaba por irregulares; presumía el número de muertos en su haber –más de 400 le escuchó decir un abogado que fue a litigar la devolución de una propiedad.

Su paso por la Fiscalía era la historia del éxito. Tomó las riendas de la Procuraduría como encargado del despacho, después de la sorpresiva y poco explicada renuncia del anterior titular. Inició su gestión con altos índices de criminalidad, sobre todo en homicidios, robo, secuestro y extorsión. Pocos meses después, la realidad había cambiado notablemente. Se reformó entonces la Constitución local para convertir la Procuraduría en Fiscalía General y se le propuso como el nuevo mandamás. El dictamen del Congreso que lo ratificaba no escatimó una coma en alabar sus méritos: había logrado lo que parecía imposible. Se le nombró entonces por siete años, concentró en los hechos el mando de la Policía Estatal, encapuchó a los agentes de policía y de investigación bajo el pretexto de proteger su vida, asumió el control de las Policías Municipales a través de los convenios de Mando Único (con excepción de la capital, gobernada por la oposición). El fiscal general controlaba el gasto en seguridad, la depuración policial y la creación de plazas para ministerios públicos. Recibió un doctorado honoris causa, premios nacionales y hasta una notaría. Recomendaba candidatos y se encargaba de la movilización electoral. Era, pues, ministerio público, representante social, jefe de todas las policías, encargado de las compras, notario, operador. Para el hombre del momento había aún más: permanecer como fiscal por otros nueve años, con plena autonomía técnica y presupuestal y, sobre todo, con todo ese caudal de poder acumulado.

Ahora sabemos que Édgar Veytia construyó un modelo sofisticado de 'paz narca'. Al parecer, pactó con un cártel, participó directamente en la gestión del trasiego de drogas hacia Estados Unidos, desplazó a las bandas rivales con la Policía. Sin confrontación entre bandas, en efecto, la violencia tendería a disminuir y, también, su derivación hacia delitos extractivos de rentas. En el Nayarit de Veytia, el mercado de lo ilícito funcionaba bajo un monopolio criminal directamente auspiciado por la autoridad. La aparente eficacia desactivó los síntomas del miedo. Se instaló en la sociedad la tolerancia a los métodos a cambio de un resultado supuestamente virtuoso. Quienes cuestionaban sus métodos, como el alcalde o la regidora de Tepic, que se negaron a firmar el Mando Único, eran señalados como cómplices de los criminales o literalmente 'levantados' en las puertas de su casa. El crimen se apoderó de todo y de todos. El silencio se adueñó de la plaza. El Diablo se había metido a la recámara.

El caso Veytia debe servir para que el país piense las nuevas recetas (autonomía del Ministerio Público, garantías de inmovilidad, concentración policial, entre otras) desde la banalidad del mal, bajo la premisa de que el diablo y no los ángeles puedan asumir el control de las instituciones, en la sospecha de que la condición humana no pueda resistir la tentación del poder absoluto. Y, sobre todo, México debe recordar que el regreso de la 'paz narca' no es otra cosa que entregar nuestra libertad a los delincuentes.

* El autor es senador de la República.

Twitter: @rgilzuarth

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