Opinión

El desorden nacional

Que manda decir la realidad nacional que qué padres las reformas estructurales y el Pacto por México, pero que ya es tiempo de ver cosas más terrenales, como la inseguridad y la inoperancia negligente de algunos gobernadores y otros funcionarios.

De la misma forma que ahora se dice que el orden mundial está más revuelto que de costumbre, algo parecido podría decirse de nuestros factores domésticos. Concluido el ciclo de las reformas –las aplaudidas y las criticadas, las redondas y las mochas–, en pocas semanas la agenda mediática ha vuelto a ser capturada por escándalos y noticias graves que se pueden agrupar en dos ejes: por un lado está la violencia, que no pide permiso; y por el otro hay diversos eventos, a nivel estatal y federal, que demuestran agotamiento del modelo de gobernabilidad que surgió de la crisis de los noventa.

Los intentos del gobierno de la República por cambiar la narrativa del país han fallado. La falta de éxito no se debe a que carezcan de propuesta discursiva o de empuje (tras el informe, hubo días en que sólo se hablaba del anuncio, por ejemplo, del nuevo aeropuerto). Sin embargo, el ruido de las promesas de las mega obras ha sido desplazado por balazos y pifias.

Ahí está Guerrero, con su incontenible pudrición, que este fin de semana mató a jóvenes. Ahí Jalisco, el estado negacionista donde “nunca pasa nada” hasta que un secuestro doble a plena luz del día despertó a mis paisanos para recordarles que sí, que aunque no quieran reconocerlo, están sobre un volcán a punto de hacer erupción (Guillermo Valdés dixit).

La cascada de problemas sigue con Tamaulipas, donde a pesar del operativo federal, colegios y universidades cierran derrotados por las extorsiones; y con el Estado de México, cuyo gobernador está como aquel chango que ni ve, ni oye, ni habla de la inseguridad que enfrentan los mexiquenses. En similar tenor, en Michoacán vuelve el tiradero de cadáveres mientras un pillo se convierte en leyenda a golpes de youtube; y las cosas no mejoran en Morelos y Tabasco, donde la alternancia no ha traído seguridad.

Por si fuera poco, hay otros escándalos que impiden la posibilidad de que el gobierno haga que los mexicanos entonen el coro de la “nueva era”. Éstos surgen de la prepotencia de funcionarios como el gobernador de Puebla, Rafael Moreno Valle, o el de Sonora, Guillermo Padrés, o el de Quintana Roo, el inefable Roberto Borge.

El perverso manejo gubernamental sobre la investigación de la muerte del niño poblano Alberto Tehuatlie, a manos de policías estatales; la gandallez del gobernador Padrés, cuya familia construyó (¿y destruyó?) una presa con el agua que debería llegar a otros pobladores, y los reiterados escándalos sobre el acoso a la prensa y a opositores quintanarroenses por parte de Borge, representan el verdadero nivel de la política mexicana, el nivel que impedirá al presidente Enrique Peña Nieto sonar consistente a la hora de formular un discurso modernizador.

Tlatlaya e Iguala, las marchas del Instituto Politécnico Nacional (que son más que una insatisfacción ante cambios en el plan de estudios), Oaxaca ingobernada, una CNDH insustancial… Signos todos de una realidad a la que le van a quedar chicas las reformas estructurales, diseñadas para un país en orden.

Las crisis de los noventa produjeron un modelo de contrapesos (CNDH, por ejemplo) y una apuesta por el federalismo. Parte de ese modelo está agotado. Con el guión de sus reformas en la mano, ahora el presidente debe convocar y provocar cambios para ajustar todo lo que se ha desordenado.

Twitter: @SalCamarena