Opinión

El curioso caso de César Camacho en las elecciones

Conviene hoy recordar algo que pasó en Tijuana un año atrás. En un salón del Gran Hotel, el presidente del PRI César Camacho proclamó casi al anochecer del 7 de julio el triunfo de su candidato a la gubernatura de Baja California. Lo hizo sin empacho ni medias tintas. Sus palabras ante correligionarios y medios de comunicación fueron estas: “Hace 24 años un presidente nacional del PRI con vocación democrática admitió a estas horas que las tendencias no le eran favorables al PRI. Hoy, 24 años después, a otro presidente nacional del PRI le ha tocado la oportunidad de decir que el pueblo, los ciudadanos bajacalifornianos, han optado por el PRI y sus aliados por cuanto a la gubernatura del estado de Baja California se refiere…”

Como todo mundo sabe, hoy quien gobierna en la parte norte de la península es un candidato surgido de una alianza PAN-PRD. El “triunfo” proclamado por el líder nacional del PRI nunca fue real. Y a pesar de esa experiencia, justo un año después, en Nayarit, Camacho Quiroz lo hizo de nuevo, adelantó una victoria total que no ocurrió.

“En Tepic, las tendencias es que vamos entre 3 y 5 puntos; en Bahía de Banderas, entre 5 y 7 puntos; en Compostela, de 3 a 15, y en San Blas de 7 a 9 puntos ventaja”, dijo Camacho el domingo según consignaron portales noticiosos. “Los nayaritas ya nos otorgaron su confianza…”, agregó el mexiquense. De nueva cuenta, en pocas horas la realidad se impuso, y ni más ni menos que la capital de ese estado será gobernada por el candidato de una alianza PAN-perredista, no por el PRI, y eso a pesar de las múltiples triquiñuelas y burdas maniobras del gobierno estatal durante las campañas.

Camacho Quiroz quema su seriedad en infiernitos. Formado en la vieja tradición del priismo, formal y disciplinado, el también exgobernador tiene como méritos el haber sabido colar su voz en diversos debates y discusiones, el haber evitado ser arrollado por la figura de un presidente tan llamativo y egocentrista como Enrique Peña Nieto. Por ello mismo, resulta desconcertante que el líder de los tricolores derrape tan feo en las noches electorales.

Porque esta pulsión del presidente de los priistas puede representar mucho más que una mancha en el actuar del líder tricolor. Se presta a interpretaciones. Podría ser una evidencia de que el viejo PRI, el de siempre, el que no sabe de frenos legales a la hora de buscar el triunfo, no acepta discursos apegados a la realidad; sería una muestra de que ese partido no está para reconocer sosegadamente lo que las urnas le negaron, y que necesitan ir negociando interiormente la aceptación de la derrota poco a poco, y no con la naturalidad que los tiempos exigen.

Si lo de hace un año en Baja California era una cosa rara, que Camacho se haya ido de boca de tan fea manera, con lo de Nayarit se confirma que hay algo que debería preocuparnos. Si el líder nacional del PRI, que cuenta con la confianza de Peña Nieto, no es un ejemplo de que su partido acepta sin empacho sus reveses, es hora de preguntarnos qué tan listos estamos para vigilar que los priistas no recurran en 2015, cuando habrá renovación de Cámara de Diputados y elecciones en 17 estados, a todo lo que sea necesario para no tener la democrática necesidad de reconocer algo tan normal en unos comicios como la imposibilidad del 'carro completo'.