Opinión

"El club"; Chile tiene mejores cineastas que futbolistas

 
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Chile cine.

A juzgar por el talento de directores como Patricio Guzmán y Pablo Larraín, Chile tiene mejores cineastas que futbolistas (¡y ya es mucho decir!). La obra de Larraín se ha dado a la tarea de observar la historia reciente y extraer los esqueletos de su país con notable imparcialidad y agudeza. El club continúa por esa veta, registrando la vida impune que lleva un grupo de curas chilenos en una comunidad a orillas del mar, tras ser relegados de su oficio por cometer diversos delitos. El Padre Ortega (Alejandro Goic) hurtaba niños para regalarlos a madres infértiles, el Padre Silva (Jaime Vadell) colaboró con la dictadura de Pinochet, el Padre Vidal (Alfredo Castro) es evidentemente un pederasta y, uno más, el Padre Ramírez (Alejandro Sieveking), ha perdido la memoria. A pesar de su truculento pasado, ninguno se asume culpable. Durante los primeros minutos incluso parecen un grupo de hombres seculares, retirados por su propia voluntad.

En El club, la Iglesia está armada para evitar la penitencia de sus grandes delincuentes. Ortega, Silva y Vidal pasean por la playa, beben vino, se confiesan entre sí y ganan dinero por debajo de la mesa apostándole a un galgo (orgullosamente pura sangre) al que crían con ayuda de su cuidadora, la Hermana Mónica (Antonia Zegers). Todo es paz hasta que llegan dos hombres al pueblo, Sandokan (Roberto Farías), trastornado por los abusos que sufrió de niño, y el Padre García (Marcelo Alonso), un cura reformador, dispuesto a castigar a los padres por sus crímenes. De esa forma, Larraín imprime una tensión constante, sometiendo a los cuatro habitantes al escrutinio del pasado, a través de Sandokan, y al juicio pendiente de su futuro, encarnado en la figura de García, un hombre recio, más gladiador que sacerdote.

El guion, escrito por el propio Larraín, su coguionista Guillermo Calderón y el novelista Daniel Villalobos, está cargado de fuerza lírica, monólogos brutales (uno en boca de Sandokan es de veras estremecedor) y detalles despiadados (“si se acaban los pobres se acabarían los santos, y eso sería gravísimo”, dice uno de los curas). Sus mejores momentos se recargan en el diálogo, no sólo por la destreza de sus escritores, sino porque los padrecitos han logrado justificar sus transgresiones a través de las palabras. A lo largo de su estancia, García se sienta con ellos para extraer una confesión. Cada uno de estos momentos es un auténtico duelo de titanes, fincado en interpretaciones de una complejidad francamente bárbara: se requiere de actores de alto calibre para no hacer de estos padres villanos absolutos, y Goic, Vadell, Sieveking y sobre todo Castro –su Padre Vidal colmado de furia y desprecio soterrados– lo logran con creces.

El Club
Año: 2015
Director: Pablo Larraín
País: Chile
Productores: Juan de Dios Larraín
y Pablo Larraín
Duración: 98 minutos
Cines: Cineteca Nacional

El club acaso trastabilla cuando sale del ring que representa la casa para vagar por el pueblo, uno de los rincones más grises del planeta, filmado como si la lente estuviera empañada, y romper la unidad del hogar, enviando al Padre Vidal a la playa, donde conoce a tres jóvenes que no le suman un ápice de profundidad a la trama. La tristeza cacofónica del canto en memoria de Benjamin Britten, de Arvo Pärt, intenta darle cohesión a un clímax deshilachado que, en melodrama y vértigo, parece parte de otra película, menos elegante y contenida que ésta. El acto de justicia insuficiente del final enmienda el rumbo, haciendo de El club una crítica a la Iglesia cuya hondura y ferocidad envidiaría la misma Spotlight.

Twitter: @dkrauze156

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