Opinión

El cine y la alta montaña

 
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Everest.

Es curioso que una actividad riesgosa y fascinante como el montañismo haya rendido pocas películas memorables. Quizá por la dificultad que implica rodar en locaciones donde el oxígeno escasea y el clima puede cambiar en un parpadeo, el cine rara vez sube a la montaña. Para un equipo de filmación, la punta del Himalaya es un escenario tan inaccesible como el espacio exterior, con la salvedad de que –como revela la cantidad de cintas sobre astronautas– es más fácil emular la atmósfera de Marte que la del K2. Sólo ahora, cuando las imágenes por computadora han alcanzado tal calibre de autenticidad, los directores y los estudios empiezan a calzarse los crampones.

Los mejores exponentes de este subgénero siempre han sido documentales (como Meru, estrenada este año) o mezclas de entrevistas y recreaciones, como The Summit, y la estupenda Touching the Void.

Everest
, del director islandés Baltasar Kormákur, por primera vez explota la capacidad del cine digital para reproducir las condiciones de las grandes cimas. No en balde ha sido comparada por la crítica con Gravity: ambas intentan mostrar, de forma genuina, los pormenores de una catástrofe en un ambiente remoto e inclemente. En el caso de la película de Kormákur, esa catástrofe es una de las historias más conocidas del alpinismo, relatada en Into Thin Air, el extraordinario libro de Jon Krakauer. En 1996, la revista Outside envió a Krakauer al pico más alto del mundo como parte de una expedición de Adventure Consultants, con el fin de investigar la comercialización del Everest. Ocho personas, algunas de su equipo, murieron cerca de la cumbre en 24 horas.

Kormákur no sólo se basa en Into Thin Air, sino que condensa las versiones de los involucrados para así librarse de sesgos. El resultado no señala culpables y, en ese sentido, se asemeja a The Perfect Storm, de Wolfgang Petersen, como un relato (más o menos verídico) donde la única némesis es la fuerza de la naturaleza. No obstante, en su afán por la imparcialidad, Kormákur retaca el cuadro con personajes que se pierden en la narrativa como copos de nieve. Hay menciones a otros protagonistas del desastre de 1996 que sólo cobrarán relevancia para quienes conozcan la historia de antemano. Everest no sabe en quién enfocarse, y es una pena que así sea cuando cuenta con Jake Gyllenhaal y Jason Clarke, como los guías Scott Fischer y Rob Hall, a la cabeza del reparto. Si bien el carisma de Gyllenhaal le da peso a la eventual tragedia, Clarke se roba el espectáculo una vez más. Después de Dawn of the Planet of the Apes y Terminator Genisys, el actor australiano queda establecido como referente para héroes en conflicto con su misión. El mejor momento de Everest no corre a cargo de una secuencia de acción, sino del rostro de Hall cuando decide acompañar al último cliente a la cúspide: el deber atenta contra su vida, y sus ojos transmiten esa certeza con una claridad que ni la tormenta nubla.

Kormákur tiene el acierto de no romantizar a la montaña y de no darse manga ancha al narrar los últimos instantes de quienes murieron en ella.

El guión mayormente evita caer en sentimentalismos y la fotografía de Salvatore Totino le hace justicia a la cima del mundo, un monstruo seductor y amenazante, asombroso y letal. Al principio es fácil entender por qué alguien pagaría una fortuna por escalarla. Al final, concluimos, sólo un loco lo intentaría. Es un mérito que Everest vea a la montaña, su verdadero protagonista, con esa objetividad.

Everest
Director: Baltasar Kormákur
País: Estados Unidos
Productores: Tim Bevan, Eric Fellner, Brian Oliver, Tyler Thompson, Nicky Kentish, Barnes y Baltasar Kormákur
Duración: 121 mins.
Cines: Cinépolis Perisur IMAX 3D,
16:20 19:00, 21:40 horas

Twitter: @dkrauze156

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