Opinión

El cierre del año
de la desilusión

El Pacto por México tuvo entre sus méritos el disimular graves carencias de los partidos que firmaron ese acuerdo. La alianza hizo que durante año y medio pasaran a un segundo plano la inoperancia de los sexenios panistas, el ramplón clientelismo de los perredistas y los abusos con que se construyó la candidatura ganadora de Enrique Peña Nieto. PRI-gobierno, PAN y PRD lograron avanzar en reformas de gran calado, pero al dejar la tarea incompleta, al no consolidar el Estado de derecho, al colapsar el mecanismo negociador que les dio oxígeno, la realidad alcanzó a las organizaciones partidistas.

Cuando tenían un rumbo común, las fuerzas políticas procesaban diferendos coyunturales sopesando la ganancia de rentabilizar en lo particular un problema del hoy, frente a eventuales réditos para todos en el mañana. En otras palabras, había un freno para los impulsos unilaterales. Todos habían ganado al sentarse en la mesa, todos perderían si el Pacto concluía en fracaso. Las pequeñas crisis se resolvieron con promesas de enmienda, porque a todos convenía no claudicar. Rota la negociación al no lograr procesar conjuntamente la reforma energética, los partidos ya sólo pensaron en sí mismos. La activación de agendas particulares trajo de nuevo la parálisis, pero no sólo eso.

Las agendas particulares no sólo recrearon la suma cero, sino que al contraponerse hacen más claras las miserias de cada fuerza política. De tal forma que los partidos generan hastío en la población no sólo por el retorno del pasmo, sino por lo flagrante de sus defectos. Empequeñecieron. ¿O deberíamos decir volvieron a su escala real?

El presidente Peña Nieto creyó que acabado el Pacto, su gobierno quedaba sin rienda que le limitara. Estaba listo para promocionar el gran salto. No supo ver que, en efecto, para algunos de los lastimados por sus reformas –como el magisterio disidente– al romperse el acuerdo tripartita se abarató el enfrentamiento con un gobierno que ya no tenía aliados en la izquierda ni en la derecha.

A la administración, además, se le acabó el gas del mexican moment en la hora menos oportuna, cuando quedó claro que no sabe controlar una gran crisis de violencia. El PRI de siempre colapsó en un ambiente donde las redes sociales devoran en minutos sus intentos de controlar el discurso. La agenda no la imponen ellos. Menos aún después de las casas de Las Lomas y de Malinalco. El resultado es que hoy son vistos como indolentes e inoperantes (Tlatlaya, Iguala y sus secuelas) y, encima, se cuestiona su probidad (por consentir a, y dejarse consentir por, HIGA).

Por su parte el PAN, fuera del Pacto, no supo cómo caminar por sí mismo. El partido que ayudó a sostener al régimen en momentos críticos (1988, IPAB) no ha hecho ni acto de contrición y mucho menos penitencia. Sin depurar la corrupción interna estará condenado al quiere pero no puede. Sus iniciativas podrán ser desechadas (como la del sistema anticorrupción) a un bajo costo, pues no puede reclamar sin exponerse a un revire oficial que lo hunda más.

Finalmente, el PRD se desfonda a cachos. Con su máxima figura convertida en un jefe de Gobierno que sin chistar se allana a la voluntad de Los Pinos (oootra vez quedó para después la reforma del DF), evidencian cálculos de cuenta chiles: saben que explotando el clientelismo alcanza para años de prebendas. A ese paso más pronto que tarde acabarán como el PPS.

Así cierra el año de la desilusión. Lo peor es que la taza del Pacto no se puede pegar.

Feliz 2015. Nos leemos el 5 de enero.

Twitter: @SalCamarena