Opinión

'El Chapo' y Peña Nieto,
en tres tiempos

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Presentación de "El Chapo". (Eladio Ortiz)

No hay que hacerse bolas: Es mejor vivir en un país donde se detiene a El Chapo que en uno donde no se le puede arrestar.

Ahora bien, lo que haga el presidente Enrique Peña Nieto a partir de esta reaprehensión del famoso criminal es algo que debería ser tan importante para el gobierno como lo fue, en su momento, el haber dispuesto de todos los recursos necesarios para el operativo que dio como resultado este éxito de su administración.

Es entendible la euforia en el gabinete tras el segundo arresto del capo sinaloense. El presidente y sus colaboradores –notoriamente el secretario de Gobernación Miguel Ángel Osorio Chong– no sólo creen que con la detención del sábado, tan humillante para el criminal como sorprendente fue su escape, podrán borrar la afrenta del túnel. No es difícil imaginar que, además, en el círculo gubernamental consideran que este golpe les puede devolver la iniciativa que perdieron desde septiembre de 2014. Sin embargo, no es en automático que una cosa lleve a la otra.

Peña Nieto ya supo de la rentabilidad que implica detener a El Chapo. En febrero de 2014 la captura de Joaquín Guzmán Loera en Mazatlán fue vista, en México y en el mundo, como la confirmación de las grandes capacidades de esta administración. El gobierno del Pacto, el que puso un “estate” a la Maestra, el que tenía un guión y la disciplina para ejecutarlo, ese equipo mostraba además que era efectivo para llevar ante la justicia al criminal que escapó y burló a los panistas desde 2001.

En ese primer tiempo de esto que ya parece una saga entre EPN y El Chapo, Peña Nieto se apresuró a utilizar la detención para coronar un discurso triunfalista que resultó no sólo prematuro sino defectuoso.

La nueva fuga de Guzmán no se debió a ingenio o recursos sin par; fue producto de una serie de cabos sueltos dejados por el gobierno, fallos que desde el día del ingreso del sinaloense al penal del Altiplano tejieron la posibilidad del escape. Mucho antes de la evasión del reo, la prensa había reportado que el capo gozaba de un inexplicable trato especial.

El segundo tiempo de esta relación transcurre desde el momento del hoyo de la regadera y –ojalá el presidente lo entienda– no termina con la detención de Los Mochis el viernes pasado.

El descrédito internacional en que cayó Peña Nieto luego de la fuga de El Chapo sólo podrá desaparecer si el mandatario procede, una vez lograda la recaptura, a ajustar lo que en su momento permitió la burla mundial. Así como no escatimó recursos para detener de nuevo al narcotraficante, Peña Nieto ahora debe mostrar la misma determinación para castigar la fuga.

En el tercer tiempo al gobierno le toca definir la moraleja de esto episodio. Más allá de si se extradita o no al capo, Peña Nieto tiene que evitar la tentación de limitarse a ser el presidente que pudo detener dos veces al poderoso narcotraficante.

El verdadero remedio ante la afrenta sufrida es un combate real a la corrupción que permitió la segunda fuga, y una genuina llamada a cuentas para todos aquellos que fallaron anteriormente al presidente.

El enemigo real de Peña Nieto no es el Chapo, es la corrupción. Atacando la segunda en buena medida limita la magnitud de las acciones de los criminales.

Ser el presidente que combatió la corrupción y que castigó a los que fallan en su equipo. Eso, más que la espectacular captura de un criminal, sí posibilita retomar la iniciativa.

Twitter: @SalCamarena

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