Opinión

El bodrio de Mancera

 
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Mancera

Los redactores (es un decir) de la propuesta de Constitución de la CDMX enfrentaban expectativas reducidas. Lograron lo que parecía imposible: caer más bajo. No es sólo un texto fantasioso, farragoso, confuso y mal escrito que desataría una serie de consecuencias graves para los sufridos habitantes del ex-DF. Ya eso sería suficiente para buscar el bote de basura (o, siendo políticamente correctos, de reciclado) más cercano y colocarlo ahí sin mayor ceremonia. Como dijo ayer Macario Schettino en estas páginas, ello impediría una tragedia.

Pero hay otro elemento igualmente grave y que refleja que los mexicanos, o al menos su clase política 'progresista' (término muy engañoso), no han asimilado las duras lecciones del pasado. Durante décadas se enseñó con orgullo a los niños mexicanos que la Constitución de 1917 fue vanguardista, “la primera constitución social del siglo XX”. Basta ver al país casi exactamente un siglo después para constatar que una 'constitución social' no es precisamente la llave mágica que traerá un mayor bienestar para el pueblo.

Se puede entender que los constituyentes que se reunían en 1916 se atrevieran a pensar que sus palabras hechas ley transfigurarían al país.

Los más ilustrados conocían ideas que parecían mostrar el camino para un futuro extraordinario. Por ejemplo, no conocían, porque no podían saber, el desastre que implicaban el colectivismo y estatismo. Ni siquiera existía la Unión Soviética, territorio aún gobernado por el zar.

Los constituyentes de 2016 no pueden escudarse en ese desconocimiento. Al contrario, su vida adulta transcurrió entre el auge de la creencia en el estatismo y su desplome. Vieron caer el Muro de Berlín y desaparecer la URSS. Dejaron atrás nociones como el Tercer Mundo. Vieron, pero no aprendieron, y menos derivaron lecciones de esos colapsos. Si algo demuestra un personaje como Porfirio Muñoz Ledo, secretario ejecutivo del grupo redactor, es la capacidad para sobrevivir dentro del presupuesto público, pero empecinado en las ideas de su madurez echeverrista (hablar de su juventud es llevarlo al sexenio de Adolfo Ruiz Cortines).

La actual propuesta constitucional mantiene, por ello, esas nociones que han demostrado su rotundo fracaso: que el convertir necesidades en derechos podrá, de manera mágica, garantizar su cumplimiento por parte de un Estado omnipotente y munificente. Las dos palabras combinadas, “derecho a” aparecen nada menos que 173 veces. Y es que el texto ofrece de todo, desde el derecho a una sexualidad plena hasta una “renta básica”, esto es, un ingreso garantizado para todo ser que vive en la capital (priorizando a los pobres, aclara) aunque no trabaje. No hay preocupación alguna de dónde saldrán los recursos para financiar esa larguísima lista de derechos; los políticos, ya se sabe, son Reyes Magos.

Ese es el bodrio de Mancera: producto de una ruina intelectual que sus escribas optaron por ignorar olímpicamente, columpiados en la certeza que basta hacer un texto y ponerle en la tapa 'Constitución' para que broten riqueza, prosperidad y justicia.

Twitter: @econokafka

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