Opinión

El 2014 y sus crisis

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ME. El 2014 y sus crisis.

¿Qué es lo que hizo diferente a la crisis que vivimos en México este año de otras que hemos atravesado? ¿En qué sentido es peor y en cuál es más leve que otras?

Escucho por aquí y por allá juicios que señalan que la que atravesamos es la peor que ha vivido el país. No lo creo. Pero sin duda sí es diferente.

En materia económica y financiera, la caída de los precios del crudo y la desaceleración económica están lejos de ser las más graves.

Baste recordar el desplome del PIB de 5.76 por ciento en 1995 o de 4.70 por ciento en 2009, para tener un punto de comparación. En 2014 tuvimos desaceleración y ya se está revirtiendo.

En el caso del crudo, entre 1996 y 1998, el precio del crudo de exportación descendió en 53.7 por ciento en promedio y llegó a 10.17 dólares por barril, en el contexto de una economía mucho más dependiente del petróleo.

En materia política, le he referido previamente la gravedad de lo que vivimos en 1994. Pero también hay que recordar la situación por la que atravesamos en 1988 o 2006. En el primer caso, los asesinatos políticos sacudieron al país y en los otros dos casos, la crisis electoral amenazó seriamente la legitimidad de los gobiernos que resultaron electos.

En materia de seguridad, también hemos pasado –lamentablemente– episodios más graves, en los que la violencia derivada de la delincuencia organizada era peor o incluso lo eran los índices de secuestros y robos en la vía pública.

¿Por qué entonces existe la percepción de la gravedad de los acontecimientos por los que estamos atravesando?

Básicamente por dos razones: por una parte, por la expectativa que existía tras las reformas y las reacciones a ellas; y por la otra, por los resultados de los procesos sociales previos que han dado lugar a la existencia de una sociedad mucho más activa y exigente.

A ello, debemos sumar también las deficiencias en el manejo de la sucesión de crisis que estallaron.

Quizás con la excepción de 1994, año que debió marcar el ingreso del país “al primer mundo”, nunca había existido una expectativa tan alta del desempeño de la economía y la sociedad, como la que existía hasta agosto o septiembre de este año.

Y nunca habían existido tantos canales para que la sociedad o fuerzas políticas o empresariales, de buena o mala fe; con intereses o desinteresadamente (ya es irrelevante) exija, demande, vigile, observe o incluso mueva fuerzas.

Nos enfrentamos a un diseño político que no está acorde a los cambios sociales y a la economía.

Resolver esta crisis no es sólo un asunto de operación política o de destreza en el manejo de las finanzas. Se trata esencialmente de la reconstrucción de un arreglo político que no va a ser fácil ni rápido y que tiene que ir mucho más allá de la alternancia o la democracia electoral y debe tener la capacidad para coexistir con una sociedad que no va a retroceder, en el sentido de regresar a la pasividad o al conformismo.

El problema no es Iguala, ni la caída de los precios del petróleo ni la paridad. El problema y desafío es de una clase política de todos los signos y unas élites que deben aprender a vivir con una sociedad diferente.

Twitter:@E_Q_