Opinión

Economía, política y futbol

César Velázquez Guadarrama*

Las protestas sociales asociadas a la Copa Mundial de Futbol en Brasil nos llevan a preguntarnos si vale la pena organizar este tipo de acontecimientos. Un evento de gran magnitud, se dice, presenta efectos multiplicadores en la economía de una ciudad o un país gracias a la inversión pública realizada (principalmente en el sector de la infraestructura); a la inversión privada en hoteles, restaurantes y en otros negocios relativos al turismo y; al gasto en consumo de los visitantes.

Lo anterior permite incrementar la infraestructura para mejorar la urbanidad, subir el empleo y los ingresos fiscales, y una mayor proyección internacional de la ciudad o el país, lo que posiblemente ayude a aumentar el flujo de turismo y negocios en un futuro.

Sin embargo, la literatura académica no ha encontrado efectos positivos sobre la macroeconomía y el empleo. Estudios sobre variables más específicas como el turismo o el consumo muestran resultados ambiguos.

Existen diversas explicaciones, no excluyentes, a estos resultados. Una primera es lo que se conoce como el “efecto carnaval”, el cual se refiere a que el turismo tradicional deja de visitar al país o ciudad debido a las aglomeraciones y a precios más elevados que los habituales. Este efecto es mayor en destinos turísticos importantes -como Francia en el verano- que en aquellos que no lo son tanto.

Una segunda explicación tiene que ver con el “costo de oportunidad” de la inversión pública. En ésta es necesario revisar dos aspectos. El primero es que muy posiblemente una proporción importante del gasto en obra pública también se hubiera realizado a pesar de no haberse llevado a cabo el evento. Entonces, el gasto que se le debe imputar al Mundial es menor al anunciado públicamente. El segundo punto está relacionado con el impacto de la infraestructura en el mediano y largo plazos. El problema es que las obras públicas a realizar se planean en función de los eventos y menos en las necesidades más apremiantes de la ciudad o país.

Por ejemplo, es posible que el gasto en infraestructura se vaya a un puente para el acceso a un estadio de futbol que va a ser muy poco usado después. En este caso, el gasto en infraestructura lejos de beneficiar a la economía, la perjudica. Más valdría la pena gastar en agua potable, en drenaje o en una obra vial con un mayor impacto en el vivir diario de la ciudad.

Entonces, ¿por qué diversos países y ciudades quieren llevar a cabo estos eventos o por qué en nuestro país diversos gobernadores quieren un equipo de futbol de Primera División? La razón tiene que ver más con cuestiones políticas. Los romanos decían pan y circo; la dictadura de Argentina aprovechó el Mundial de 1978; el régimen priista las Olimpiadas y el Mundial de Futbol de 1968 y 1970, respectivamente, para suavizar las relaciones con la sociedad.

Por otro lado, y olvidándonos un poco de sistemas políticos autoritarios, el organizar un evento de esta importancia manda una señal de buenos gobernantes. Por ejemplo, no hay duda que el haber ganado la sede del Mundial y de los Juegos Olímpicos dio a Brasil -y en específico a los presidentes en turno y a sus partidos- una muy buena imagen pública.

No hay duda que organizar un Mundial de Futbol genera un sentimiento de felicidad, más si eres un aficionado como yo, pero las protestas en Brasil muestran que las sociedades están cambiando y que los gobiernos no pueden darse el lujo de desperdiciar los recursos escasos en obras con un nulo impacto económico y social.

* El autor es académico de la maestría en Políticas Públicas de la Universidad Iberoamericana.

Correo: cesar.velazquez@ibero.mx