Opinión

Economía en una lección

 
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Henry Hazlitt, autor sobre temas económicos, tuvo la facilidad para explicar con sencillez asuntos complejos. Un ejemplo de esto es su obra Economía en una lección, que, a pesar de haberse publicado en 1946, hoy es más vigente que nunca.

La lección de este libro se refiere a la incapacidad de muchos gobernantes, “expertos” y economistas profesionales de considerar dos cosas: (1) los efectos de largo plazo y (2) los impactos para toda la comunidad de las políticas públicas que proponen. Muchas de las “recetas mágicas” de algunos pseudo-economistas fallan en uno o en ambos aspectos.

Por ejemplo, pensar que el gasto público impulsará por sí mismo la actividad económica es una de las grandes falacias que ignoran la lección de Hazlitt debido a una razón muy sencilla: los recursos para ejercer el gasto provienen de una de dos fuentes: (1) mayores impuestos o (2) un mayor endeudamiento público. La primera de las fuentes necesariamente desplazará al gasto privado, que siempre es mucho más eficiente que el gasto público. Por otro lado, un mayor endeudamiento del gobierno rompe con el Pacto entre las Generaciones, veamos.

Cuando la clase política argumenta a favor de un aumento en los impuestos siempre promete un mayor bienestar para todos, pero eso rara vez ocurre, por dos razones: la primera es porque los proyectos del gobierno difícilmente cumplen con sus expectativas —ya sea por llana incompetencia, falta de control o simple corrupción— y la segunda es porque el aumento en los impuestos lo pagan las familias o las empresas que constituyen una sociedad.

El gobierno no tiene una “varita mágica” para generar riqueza y si decide usar la “máquina de imprimir billetes” lo único que logrará es crear inflación, que es el peor de todos los impuestos.
Las personas siempre tienen proyectos importantes para sus vidas —muchas veces apremiantes— y trabajan duro para construir sus sueños.

Cuando un padre paga mil pesos más en impuestos siempre sacrifica algo para su familia: alimentos, calidad de transporte, una mejor escuela para sus niños o simplemente ir al cine o salir de vacaciones. La clase política no tiene ningún derecho a cuestionar el libre albedrío de las familias y la forma en que decidan gastar el dinero que reciben por su esfuerzo.

Por otro lado, las empresas renuncian a una de dos cosas: inversión o dividendos para sus accionistas. Si sacrifican dividendos, las afectadas serán las familias, con las consecuencias que comentamos anteriormente y si renuncian a sus proyectos de inversión, el resultado será una disminución en la productividad de la economía nacional y una menor creación de empleos— que es lo que hemos visto desde 2014, un estancamiento en la inversión productiva.

Llevado al extremo, esto resulta en empresas mal capitalizadas e incapaces de competir en la economía global —ante esto, el siguiente objetivo de un populista será entonces cerrar la economía con consecuencias terribles para toda la sociedad.

Los políticos típicamente nos hablan del “bien común”, del “bienestar de la nación” o conceptos abstractos similares —que rara vez se logran materializar— y nos ofrecen estas quimeras a cambio de un daño tangible al bienestar de las familias. Por ello, los incrementos en impuestos rara vez se justifican y normalmente perjudican el desempeño de la economía.

Otra falacia que derrumba Hazlitt es la que estipula que los aranceles a las importaciones “protegerán la industria y por lo tanto el empleo”. Esta “idea genial” se ha puesto de moda al norte del Río Bravo, pero en realidad es un disco rayado con más de 300 años de antigüedad que siempre ha fracasado. Los aranceles sólo benefician a unos cuantos industriales, de hecho a algunos de los peores: aquellos que no son capaces de producir bienes de calidad global.

Supongamos que yo soy un “industrial” que produce camisas picosas de mala calidad, la gente preferirá camisas suaves de buena hechura aunque sean importadas. No obstante, yo formaré un club de industriales para presionar al gobierno e imponer un arancel del 35% a la importación de camisas.

Nuestro argumento infalible será la protección del empleo, ¿quién puede oponerse a ello? Con este poderoso “razonamiento” ganaremos la discusión y se establecerá un arancel a la importación de camisas (buenas y malas), de tal forma que algunos consumidores soportarán la incomodidad y una mala apariencia a cambio de ahorrarse unos pesos, mientras que otros pagarán mil 350 pesos por una camisa que antes podían adquirir por mil pesos.

¿Quién gana y quién pierde? Naturalmente se “salvarán” algunos empleos y los industriales podrán generar beneficios mayores —a costa del bienestar general.

Por otro lado, millones de ciudadanos andarán por la vida vistiendo camisas incómodas y feas, mientras que otros sacrificarán el consumo de otros bienes con tal de ahorrarse el bochorno y la molestia.

Los industriales que producen los bienes que ya no se consumen también verán disminuidos sus ingresos y sacrificarán puestos de trabajo, con lo que el argumento de “preservar empleos” se derrumba, al menos parcialmente. Por otro lado, el consumo de camisas necesariamente se reducirá porque ahora las camisas serán malas y/o caras.

El bienestar de millones de personas se verá afectado a cambio de, tal vez, conservar algunos puestos de trabajo escasamente competitivos y generar utilidades extraordinarias para unos cuantos malos industriales —no es precisamente la clase de incentivos que necesitamos para crear una industria de “clase mundial”.

Hay otro argumento que ha cobrado fuerza entre los populistas del norte y es la noción de que incrementar el gasto público en infraestructura beneficiará necesariamente a la sociedad. Una vez más, para solventar este nuevo gasto público tendrán que subir impuestos o endeudarse y ya hablamos sobre las terribles consecuencias de cualquiera de estas dos acciones de finanzas públicas.

Mientras tanto, por el lado del supuesto beneficio veremos que los gobiernos en general tienen un pésimo historial para ajustarse al presupuesto, ejecutar bien las obras y calcular los beneficios de las mismas. Frecuentemente vemos “puentes que no llegan a ningún lado”, carreteras mal construidas que requieren mantenimiento continuo, aeropuertos a donde sólo llega un vuelo al día y hospitales o centros deportivos que unos meses después de ser abiertos, quedan abandonados. Mejor no hablemos de un muro inútil y abominable en la frontera entre Estados Unidos y México.

Al menos en nuestro país, podríamos contabilizar miles y miles de millones de dólares en obras públicas de poco o nulo valor. Todo esto se pagó con recursos que se quitaron a las empresas o a las familias y que pudieron haberse destinado a un fin mucho más productivo.

Entonces, aplicando la lección de Hazlitt, no sólo se derrumban los argumentos a favor del gasto público y los aranceles sino muchos otros como: (1) los supuestos “peligros” del cambio tecnológico; (2) las “ventajas” de la creación de empleos públicos; (3) la obsesión por fomentar a toda costa las exportaciones y evitar las importaciones; (4) los “beneficios” de establecer un salario mínimo (que ya hemos discutido); (5) la falacia del “precio justo”; (6) la obsesión por salvar “industrias” estratégicas; (7) las “bondades” de la economía de guerra y muchas otras falacias comunes.

“Economía en una lección”, es una lectura obligada en tiempos de “verdades alternativas” y “falsas noticias”, en los que la discusión sobre la “cosa pública” se nutre de argumentos cada vez más pobres, expresados en 140 caracteres.

*El autor es fundador de Grupo Salinas.

Twitter: @RicardoBSalinas

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