Opinión

Eastwood y Videla-Donoso: entonando

I. LA MÚSICA LASTRADA. En Jersey Boys, persiguiendo la música (Jersey Boys, EU, 2014), resonante filme 33 del aún sólido estilista octogenario Clint Eastwood (de la paranoica Obsesión mortal 71 a la biografía del abyecto megalómano J. Edgar 11), basado en la pieza y la comedia musical homónimas de Marshall Brickman y Rick Elice adaptadas por ellos mismos con la estrecha colaboración del empresario exroquero involucrado Bob Gaudio, el ingenuo dieciseisañero aprendiz de peluquero Frankie Valli, nacido Catelluccio (John Lloyd Young), posee una aflautada voz de ángel que cautiva tanto al gángster del barrio Gyp DeCarlo (Christopher Walken) como a todo el que lo escucha, por lo que su privilegiado dueño la campechanea formando un Variety Trio con su amigo aspirante a hampón Tommy DeVito (Vincent Piazza) y acompañándolo en sus fechorías nocturnas, e inclusive, gracias a ella, el incipiente conjunto roquero logra sobrevivir al encarcelamiento del precoz asaltante adulto Tommy y a la escarmentada liberación del menor de edad Frankie, inicia un despegue difícil pero seguro, se rehace con un distante Nick Massi (Michael Lomenda) como nuevo integrante, se transforma en The Four Lovers gracias a la decisiva incorporación del tecladista ascendido a compositor talentoso Bob Gaudio (Erich Bergen) a quien han conocido por mediación del espabilado chavito ya arribista Joe Pesci (Joey Russo), se hace contratar de modo decepcionante con el productor Bob Crewe (Mike Doyle) que sólo como coro de fondo los quería y, propulsado por pioneras baladas de rock meloso incomparables en su estilo, alcanza bajo el nombre Las Cuatro Estaciones la repercusión ansiada y un sorpresivo éxito nacional, hoy icónico de los 60, aunque obligado a recurrir a la protección del viejo gángster sentimentalón Gyp, cuando el cobrador mafioso Norman (Donnie Kehr) se presente en pleno show de Ed Sullivan para cobrarles una acendrada deuda millonaria contraída por el siempre dispendioso delincuencial Tommy, un inesperado lastre para su sensible música desenfadada, cuyo pago acabará disolviendo al grupo y esclavizando por solidaridad al inerme Frankie, quien acabará precipitándose a la ruina en todos los órdenes profesionales y privados.

La música lastrada tiene menos de comedia musical que de evocadora reconstrucción de época, de igual manera que la denominación grupal de Las Cuatro Estaciones no se refería al célebre ciclo de conciertos para violín de Vivaldi sino al nombre de un boliche del barrio de Belleville en Nueva Jersey donde se desarrolla la acción a partir de 1951, dejándose conducir por un inteligente guión repleto de contundentes episodios casi subliminales que, bien secundados por las antiglamourosas imágenes en melancólicos colores pálidos de Tom Stern (desde hace dos décadas el fotógrafo de cabecera de Eastwood), va a remitir menos a cualquier éxito broadwayano (si bien la creación de los éxitos “Sherry” y “Big Girls Don’t Cry” o el primer solo de Frankie recién enlutado “Can’t Take My Eyes Off You” son espectacularmente magníficas) que, con renovada fuerza decisiva, a aquel innombrable drama oblicuo del jazzista interiormente lumpenizado Charlie Parker en Bird (Eastwood 88) y a aquel patético proceso de crecimiento torcido de los pandilleritos barriales de Río místico (Eastwood 03), pero donde cada incidente parece tener además un referente paradigmático que explotar sublimadoramente, trátese del aprendizaje vital de ese Frankie en desventaja con un demasiado atropellante Tommy parece salido de El principiante (Eastwood 90), el triste segmento de la hija drogadicta Francine (Freya Tingley) con aspiraciones canoras aunque enterrada por una sobredosis semeja estar saldando alguna crimitrágica Deuda de sangre (Eastwood 99), y así sucesivamente, dentro de una totalizadora si bien contenida y discreta saga pluribiográfica bandosa, bandosa en los dos sentidos de banda musical en ascenso-descenso y de banda hamponil-penitente en decadencia, donde todo habrá de resolverse a Golpes del destino (Eastwood 04), cual si del auge y caída de un justiciero con añosa carcacha Gran Torino (Eastwood 08) o de El fin del rey del crimen (Boetticher 60) se tratase.

La música lastrada repulsa estoicamente cualquier rasgo lastimero o lamentoso al delinear sus veloces retratos íntimos de sus Jersey Boys y su Jersey Voice, alrededor de ese cándido Frankie presa fácil de relaciones amorosas con mujeres aplastantes a la larga abandonadoras como su indómita esposa instantánea Mary Delgado (Renée Marino) o la periodista omniconfesadora Lorraine (Erica Piccininni), ya en los extremos de la resistencia moral, ya en los lindes de la parodia vivida, tan caducos como los lagrimones edípicos del hamponesco Rey de New York candidateado a autoparódico compañero senil de los Jinetes del espacio (Eastwood 00) y tan insólitos como la integración de Las Cuatro Estaciones como si fue el westernista colectivo heterogéneo que se iba reuniendo en torno a El fugitivo Josey Weles (Eastwood 76).

Y la música lastrada se estructura con sustento en rápidos monólogos a cámara (mucho más que apartes teatrales), que arrancan en Frankie al presentarse con frases tajantes, pasa por cada uno de los miembros del grupo, en especial del soberbio narrador autocebollesco Bob, y cierra hacia el final del profuso relato en el protagónico Frankie, ya vulnerado pero rehusando rendirse, hasta la reunión de los integrantes originales de Las Cuatros Estaciones a propósito de su tardío ingreso al Hall de la Fama del Rock & Roll en 1990, donde la apoteosis coreográfica va a culminar nostálgica y terminal en “aquellos tiempos felices cuando todo estaba delante de nosotros y sólo se trataba de cuatro chavos cantando bajo una luminaria callejera”.

II. EL GÉNERO INTERMEDIO. En Naomi Campbel (Chile, 2013), conmocional filme de graduación de los cinestudiantes santiaguinos Nicolás Videla y Camila José Donoso, el lamentable treintón transexuado a medias Yermén (Paula Yermén Dinamarca) ya ha sido sometido a largos tratamientos de estrógenos y a dolorosas terapias, por lo que se asume con aplomo como mujer, luce senos (que se le achican cuando eyacula), sostiene una tirante relación amorosa siempre a punto de terminar con su novio Fernando (Camilo Carmona) y chismea de igual a igual con su vecina vieja Lucha (Ingrid Mancilla) en un suburbio de Santiago sembrado con basura, empero, para realizar la ansiada cirugía definitiva, necesita un dinero que jamás lograría amasar con su trabajo como tarotista por teléfono, ni ejerciendo la prostitución ocasional, por lo que se inscribe para participar en un TVshow cuyo premio sería lograr su objetivo, y en cuya antesala entabla amistad con una afrotrangénero a medias como él que se dice extranjera y se hace llamar como su idolatrada Naomi Campbel (María Josefina Ramírez), pero nuestro Yermén es patéticamente rechazado y condenado a más procesos intermedios, perdiendo incluso contacto con su nueva amiga.

El género intermedio se filma a la desesperada como un relato docuficcional a medias sobre la desesperación también a medias, afincándose en la vida cotidiana más mísera, en un perpetuo deambular, recibir enésimos sermones médicos (“Este es el drama de tu vida, hay que hacer nuevas cavidades, vas a nacer de nuevo”), calmarse fumando y fumando hasta semidesnudo en la cama, encomendarse a la milagrosa Santa Sara en el sincrético altar doméstico circundado por infinidad de velas y botellas de vino vacías, pelar papas, jugar a cortarse las venas mediante un cutter con el novio al que acabará cortando (“¿Sabes qué? Ya no me busques”), visitar a la vecina, echar las cartas en el trabajo para lanzar seudoesotéricos rollos edificantes, hacerse repudiar por el barrio (“Con la Yermén nada, capaz de que me manda un castigo”), o copular en el asiento trasero de un automóvil con un cliente que causa repulsa visceral porque también quería ser penetrado, todo ellos relatado en objetivo por una cámara en sobria y contemplativa posición de narrador omnisciente, pero también se incluyen fragmentos nerviosos y amateuristas, filmados a golpes de cámara en la mano a lo Dogma ’95 por el propio Yermén, cual un ojo cosmogónico adicional, una visión subjetivizada y omniparticipante en la que la patética criatura a medias nos brinda su mundo sórdido y atrapante, hecho de plazas infestadas y obsedentes perros “huevones” más que humanos, tan minimalista y estancado como el del psiquiátrico asimismo chileno de El tiempo que se queda (Torres Leyva 07).

El género intermedio tiene como pivote tanto ficcional cuanto humanístico a la vehemente protagonista transferencial Paula Yermén (que no Germaine) Dinamarca, con quien el correalizador-fotógrafo-editor Videla ya había trabajado al fungir como asistente de dirección del corto La visita de Mauricio López Fernández (10), donde ella misma, también activista en derechos humanos transgénero, interpretaba a un tras que regresaba a su casa distante para ocuparse de la compleja tarea de enterrar a su padre y ocuparse de su madre, previo a este intenso largometraje en cuestión, donde el protagonista, a medias improvisando, fundamenta casi poéticamente su inalcanzable deseo legítimo de transexualidad completa (“Darme un regalo, reinventarme, ser más bonita”), tras hallar su alter ego en la loquita Naomi Campbel bajada del Valle del Cauca para perderse en un lúgubre antro rojizo de pieles oscuras y tangas fosforescentes.

Y el género intermedio acaba refugiándose en el balsámico claustro paterno/materno del mutilado tronco gigantesco de un árbol hueco que freudianamente es tótem y tabú a la vez (“Como las felices entrada y salida de las almas”), antes de enfrentar y afrontar de nuevo la realidad miserable, en un largo trayecto a pie por una interminable bocacalle, pero durante el cual el valeroso Yermén ya no estará siendo perseguido o acosado por esa cámara que solía seguirlo de espaldas por todas partes, sino encarándola, abalanzándose sobre ella, desafiándola con la perfecta congruencia de su proyecto personal tenaz e inamovible.