Opinión

Eastwood y DuVernay: protegiendo

I. LA DUREZA ENNOBLECIDA. En Francotirador (American Sniper, EU, 2014), ambiguo filme 34 del insigne estilista californiano y aún actor rudo de 85 años Clint Eastwood (de nuevo endurecido y belicoso inmediatamente después de una ficción en apariencia tan blanda como Jersey Boys, persiguiendo la música 14), con guión de Jason Hill basado en el libro autobiográfico que Chris Kyle redactó al lado de Scott McEwer y James Defelice, el experto marine exterminador de élite SEAL sin piedad Chris (Bradley Cooper barbudo anticarismático) es asaltado evocadoramente, en un momento crucial de puntería y decisión francotiradoras, por su trayectoria vital y por las circunstancias particulares que en cadena de flash-backs lo convirtieron en un hombre-leyenda viviente porque “Nuestras vidas se desenvuelven ante nuestros ojos como reflejos enigmáticos en el espejo”: su fascinación por las armas desde que solía cazar alces con su padre en Texas, su sorprendente tino (digno de un redivivo Sargento York de Hawks 41), su aceptación de nuestros actos como un misterio (preconizado por la iglesia dominical), su vocación protectora cual enardecido perro ovejero de humanos equidistante de las ovejas y los lobos en contienda (según la depredadora clasificación propuesta por la atroz sabiduría paterna), sus rudos orígenes como vaquero de rodeo (a lo homenajeable Bronco Billy de Eastwood 80), su justiciera educación machista golpeadora de hembras semiabandonadas que in absentia pretenden consolarse con otros, su rabia ante los actos terroristas televisados y a raíz del atentado de 11/Sep, su salvaje entrenamiento militar en la vociferante mortificación corporal y el humillante aplastamiento de cualquier dignidad residual, su ligue con una agresiva hembraza autorrelegada de bar Taya (la eximperiosa cuñada Sienna Miller de Foxcatcher ya en plan emblemático), su boda tradicional, su familia mantenida a distancia segura y sus telefonemas conyugales recibidos incluso en medio de las hostilidades más acuciantes, pero todavía le faltaban algunos viajes para completar los cuatro detalladísimos al seno del fragor bélico en las ciudades en escombros de Ramandi y Anwar o Bagdad, el retorno psicológicamente imposible a la vida civil para dar terapia alentadora a excombatientes en muñones y su inmostrable muerte casi martirológica, en las paradójicas manos de un veterano de guerra reacio a la dureza ennoblecida de ese matador-record de 255 insurgentes iraquíes.

La dureza ennoblecida entona una oda bárbara a la violencia, si bien se apuesta por la desgarrada violencia emocional sobre la simple violencia física, en serie y en serio, tanto a consecuencia de la garra de su factura detonante con los dientes apretados, como bajo la coartada de la protección que ejercía nuestro belicoso héroe-leyenda sobre sus jóvenes compañeros en peligrosa acción bélica, transitando con la mayor libertad del subrepticio encomio abierto, tipo la apología justificatoria de la olvidada invasión a Granada en El guerrero solitario (Eastwood 86), al soberano desprendimiento sin exaltación armamentista, tipo el relativista díptico desmitificador integrado por La conquista del honor y Cartas desde Iwo Jima (Eastwood 06) como anverso y reverso de los mismos hechos, siempre respaldados por plásticos panoramas de ciudades entusiastamente derruidas para ser recorridas devastadoramente palmo a palmo en busca de jefes enemigos desalmados cual terroristas embozados.

La dureza ennoblecida aplica el mismo método de síntesis biográfica por medio de momentos álgidos que había hecho la grandeza de filmes de Eastwood tan disímbolos como el acerbo demoledor J. Edgar (11) y el melódico meloso Jersey Boys, que suele diseminar su esencia tanto como su fuerza elocuente en los detalles, tales como el periódico canto lívido del almuecín discreta aunque significativamente disuelto (desde la primera secuencia y luego como leit motiv) en la delicada banda sonora de acompañamiento convocador, o el sacrificial/autosacrificial venadeo en reiteradamente espectacular subjetiva óptica del excelso francotirador en titubeante e interrumpido trance culpable de disparar desde una azotea iraquí contra una señora de túnica y un chavito portadores de bombas a punto de ser ofensivamente lanzadas, o el sabueso enfrentamiento francotirador vs. francotirador cual juego intelectual del gato y el ratón, o el semicírculo de socavadoras decepciones que van una vez tras otra del desmovilizado/desarmado/degradado Chris al aparato de TV que se creía contemplativamente encendido, o la concluyente elipsis en negro que omite redundar en la fatal partida en automóvil de nuestro archiletal francotirador jubilado con su visitante homicida.

Y la dureza ennoblecida no era otra cosa que la historia de un ente superdotado casi supremo que había recibido el don divino de la puntería como única vocación humana, realizó cuatro viajes cual salidas de un Quijote solitario que era su propio Sancho y, por estoica fortaleza del Espíritu, devino en protector moderno de la Humanidad Estadounidense, a la defensiva y al contraataque, demostrando que hoy en día el Ángel Exterminador no podría ser más que un cruel seudónimo del Ángel de la Guarda.

II. EL BORDE PERIPATÉTICO. En Selma, el poder de un sueño (Selma, EU, 2014), superprotegido tercer largometraje ficcional ambiciosísimo de la mercadóloga y esmerada exdocumentalista afrocaliforniana de 38 años Ava DuVernay (documental largo sobre el movimiento hip hop angelino: Esto en la vida 09; filmes previos: Yo seguiré 10 y En medio de la nada 12), el reverendo activista afroamericano Martin Luther King (David Oyelowo compacto) recibe con inflamado discurso el Premio Nobel de la Paz en Oslo hacia 1965 y, en compañía de su guapa madre de sus hijos inmostrables Coretta (Carmen Ejoge), decide continuar con renovados bríos y resonante ascendencia nacional su campaña en pro de los derechos civiles de los negros estadounidenses, pues en el exesclavista sur del país las autoridades blancas, encabezadas por el tradicionalmente racista gobernador George Wallace (Tim Roth deterioradísimo), se niegan a hacer efectivo el derecho al voto, sostienen incólume la segregación ancestral y solapan los enardecidos crímenes de raza, por lo que el superelocuente King resuelve desafiar las oportunistas manipulaciones sedosas del presidente Lyndon B. Johnson (Tom Wilkinson dejándola ir suavecita) que desearía desviar la atención hacia el combate contra la pobreza de la nación entera y, recién salido de la cárcel por desacato y en medio de nuevos asesinatos raciales, pero respaldado por sus homólogos y las ligas de jóvenes de Alabama, nuestro patricio de Atlanta organiza una magna y temeraria marcha política de 80 kilómetros desde la ciudad de Selma hasta Montgomery, que será brutalmente reprimida por la fuerza pública en el mismísimo puente del inicio y ante las cámaras de TV, causando la indignación de asociaciones religiosas blancas y activistas liberales de todo el país, que pronto volverán a intentar la hazaña, ahora incluyendo marchistas multirraciales cuya presencia doblega a los represores armados, aunque sólo sea para quedarse de nuevo en el arranque debido a una discutible estrategia cautelosa del carismático incomprensible King, para pronto arremeter de otra manera jurídica que más segura, eficaz y duradera, al ver consumado su propósito, más allá del borde peripatético, con el dictado de una urgente e inamovible Ley ad hoc.

El borde peripatético exhibe las huellas de las dificultades y obstáculos que ha debido sortear, notándosele ello a leguas y en cada episodio, segmento o incidente de ese flujo de grandes acontecimientos seccionados en pequeños momentos inolvidables, en esa sustitución de los discursos auténticos por otros semejantes por problemas de derechos, en esa delicada pero chantajista recopilación inevitablemente emblemáticos de muertos mártires raciales en la escalera de las niñas felices o en el restaurante sólo para negros o a media calle que servirán como banderas parciales sobre la marcha, en esa tentación por el culebrón telenovelero repleto de microsemblanzas rápidas interceptadas más que interpretadas por cameos actorales que van desde una valerosa modesta Annie Lee Cooper (la coproductora Oprah Winfrey fugaz protagónica lacrimógena aunque discreta a pesar suyo) a quien se le es insidiosamente negado el voto en una ventanilla de inscripción electoral hasta el fiel retrato del afromilitante octogenario con cara de puchero perpetuo o la doliente efigie entusiasta del delgado reverendo blanco llegado de Boston para ser oportunamente sacrificado, y esos vodevilescos restos de un sainete entre Marty y Cory como afroversiones ejemplares de Lorenzo y Pepita sintiendo celos por culpa del seductor activista radical Malcolm X (Nigel Thatch) y reconciliándose por liricoide carta sublime leída in extenso por el prócer humanizado sin falla.

El borde peripatético se sitúa entonces en un severo pero impreciso terreno, casi en arenas movedizas, entre la épica desde adentro, la crónica histórica, el reportaje reconstruido, el retrato entrañable, la biopic de mi personaje inolvidables y sus aliados y obstáculos, la edificación divagante en torno a seres por fin alcanzables aunque jamás del todo abarcables, el monumento que se niega a serlo si bien pese a todo a veces pétreo y a en ocasiones marmóreo, el memorial de la raza, la explicación edificante, la monografía escolar, la evocación inspiradora (muy por encima del desarticulado César Chávez de Diego Luna 13), la henchida divulgación patriótica a medias, el vademécum clínico-político y la empobrecedora hagiografía laica.

Y el borde peripatético valdrá ante todo por sus sendas minimalistas ideas formales como la escritura sobre pantalla de la índole de los hechos presenciados cual si se tratase de un desnaturalizante registro-expediente policiaco-criminal, las grúas descendentes de la secuencia crucial del puente, la sobria efigie imponentemente impenetrable y enigmática por autoencapsulada de un Luther King-Oyelowo (mucho más convincente que el inefable infumable Lincoln/Day-Lewis) del todo digno por ambiguo en otro vergonzoso encontronazo hoy políticamente correcto de la Historia.