Opinión

'Dunkirk', lo mejor de Nolan desde 'Memento'

  
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Dunkirk

A partir de Inception, las películas de Christopher Nolan se han vuelto abultadas, farragosas y llenas de alegorías facilonas e inquietudes científicas, como de Stephen Hawking light. No sé si haya habido una cinta de superhéroes más dispersa que The Dark Knight Rises, hilada por coincidencias e interrumpida por más discursos rolleros que una sesión del senado. Interstellar llevó esos defectos al absurdo (a mí, por lo menos, me resultó intolerable). Nolan debe saber que, convertido en uno de los pocos directores capaces de obtener carretadas de dinero para financiar ideas originales, sus películas se han hinchado de ambición pero también de sermones, de largas escenas explicativas y mecánicas enredadísimas. Supongo que Nolan debe estar al tanto de este brete porque Dunkirk, su más reciente, escrita y dirigida por él, es fiel a sus obsesiones –hay desdoblamientos temporales, por ejemplo– y, sin embargo, por fin se deshace de los lastres que cargaba. La acción no se detiene para darnos un sermón, una sola explicación innecesaria… nada. Es, por largos tramos, casi una película muda. Vaya cambio.

Un grupo de soldados británicos atraviesa el pueblo de Dunkerque, en Francia, a orillas del mar. Las casitas a su alrededor, de colores pintorescos, contrastan con la desolación del lugar. Los chicos abren ventanas para fumarse lo que queda de una colilla y voltean mangueras en busca de una gota de agua. Un panfleto que recogen les avisa lo que todos en la butaca sabemos: en la playa, las tropas de Gran Bretaña están rodeadas por las fuerzas alemanas, sin posibilidad de escape a menos de que crucen el mar. Una balacera, estentórea como pocas que he escuchado, obliga a los chicos a huir. Sólo Tommy (Fionn Whitehead) pisará la arena con vida. A partir de ese momento Nolan divide su atención en lo que entenderemos que son tres líneas temporales, llevándose a cabo durante una semana, un día y una hora respectivamente: la evacuación en Francia, coordinada por el comandante Bolton (Kenneth Branagh, a quien yo vería en cualquier cosa); los rescates civiles en el mar, desde la perspectiva del pequeño barco del señor Dawson (Mark Rylance) y, por último, los esfuerzos aéreos por contener los ataques alemanes, donde el piloto estrella, Farrier (Tom Hardy), está a punto de quedarse sin combustible. Así, a su modesta manera, la estructura de matrioshka en Dunkirk se vincula con la de Inception e Interstellar. Los fans de hueso colorado de Nolan no estarán decepcionados.

Los demás saldremos sorprendidos. Si bien no dice nada que otras películas de guerra no hayan dicho ya, mejor y con más fuerza, en su textura y limpieza Dunkirk nos recuerda que hasta hace tiempo el cine de acción hollywoodense estaba poblado por personajes y dramas humanos. Dunkirk es un alegato a favor de cualquiera que defienda las características del celuloide por encima de la grabación digital: la película no parece manipulada en Photoshop sino revelada en un laboratorio, con la fidelidad de imagen que eso implica, dándole un barniz de verosimilitud que se agradece inmensamente. Los efectos digitales también son imperceptibles. Además, salvo por la incesante banda sonora de Hans Zimmer, el diseño de audio es corrosivo y original: aviones que aúllan como los dinosaurios de Spielberg; balas que atentan contra nuestros tímpanos. Sí, el final es trillado, pero esta es una historia de heroísmo a la antigüita y, por eso, hasta la cursilería se le perdona. Dunkirk es lo mejor que ha filmado Nolan desde Memento.

Twitter: @dkrauze156

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