Opinión

Duarte y el PRI

 
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veracruz

La trágica cultura mexicana del 'chivo expiatorio' parece que se reproducirá ritualmente en el caso del ya exgobernador de Veracruz Javier Duarte. Y enfatizo, no porque las acusaciones en su contra carezcan de sustento, no porque la red de empresas fantasma (más de 60) que cobraron contratos millonarios en su gobierno sean –como él afirma ahora– un hecho desconocido para el gobernador. Duarte podría convertirse en el chivo expiatorio de un PRI indolente, omiso, encubridor, cómplice y corrupto.

Lo hemos señalado en más de una ocasión, los señalamientos en contra de la administración de Duarte en Veracruz datan por lo menos de 2013. En tres años, el PRI no dijo absolutamente nada. En el enraizado 'tapaos los unos a los otros' el PRI consideró que Duarte se estaba excediendo o, si acaso, actuando con poca discreción, pero nada más. No hubo una sola voz dentro del partido que realizara cuestionamiento o señalamiento alguno.

Los devastadores resultados electorales de 2016, sus nueve derrotas estatales, provocaron un tardío ejercicio de contrición y examen interno.

La salida de Manlio Fabio, su ruptura con el presidente Peña Nieto, y la llegada 'renovadora' de Enrique Ochoa son retales de una crónica anunciada que sólo presagia más derrotas y desprestigio en el futuro.

¿Por qué los partidos políticos mexicanos son incapaces de la autocrítica? ¿Por qué el ejercicio básico e imprescindible en la labor de formulación de políticas públicas, de la revisión interna, del balance, de la autoevaluación, están permanentemente ausentes?

Ninguno de nuestros partidos, esos desprestigiados y llenos de desconfianza e incredulidad ciudadana, han tenido la capacidad y la entereza para recapacitar, deslindarse del pésimo ejercicio de gobierno, de la pobre representación popular.

Ahí tiene usted al PAN de Ricardo Anaya y su inservible 'comisión de transparencia' que fue y es hasta la fecha incapaz de pronunciarse sobre el caso Padrés; pero tampoco lo hizo con Luis Alberto Villarreal y los 'moches', o con otros funcionarios de dudoso desempeño.

Y qué decir del ilustre PRD, donde no existen los corruptos ni los integrantes de partido señalados por abusos y excesos. Espere usted a que termine de estallar el escándalo de los contratos de Gabino Cué en Oaxaca para que los amarillos digan que no sabían. Pero ahí, como en el PRI, la lista es larga. Desde delegados, asambleístas, exjefes de Gobierno, secretarios, gobernadores.

Es un síntoma de nuestro sistema político. La corrupción es inherente al funcionamiento de los partidos, ninguno se escapa, ninguno está limpio.

Ahora el PRI realizará el cálculo político del 'hasta dónde es suficiente'. Con la expulsión de Duarte y su probable consignación por la PGR ¿Es suficiente? ¿O tendrán que sumar al otro Duarte, a Medina, a Borge y más?

Resulta improbable que el nivel de desencanto y decepción ciudadano, frustración incluso, desaparezca en dos años. De aquí a 2018 el PRI cargará con la ominosa carga de una renovada e insaciable corrupción, muy notable a nivel estatal, pero donde el gobierno federal tampoco está exento. Parece que la ausencia del poder máximo por 12 años produjo no sólo resentimientos sino ambiciosos deseos de recuperar lo perdido, en contratos, concesiones, constructoras y desarrollos.

El señor Ochoa tendría que poner sobre la mesa los casos de Moreira
–ambos hermanos–, de Montiel, de Medina y tantos otros que el partido ha cobijado y protegido.

Pero eso no sucederá porque significaría un suicidio político frente a los próximos comicios. Una auténtica sangría interna podría dejar los pasillos del partido desiertos y las coordinaciones regionales vacantes.

Por eso Duarte será un chivo expiatorio, para saciar la sed de sangre que demanda la tribuna en el circo ciudadano, pero no porque que exista un auténtico espíritu de transparencia y rechazo al desfalco y al peculado común y extendido.

Los partidos, nuestros partidos, están condenados a mantener un modus operandi, mientras los ciudadanos sigamos votando por sus candidatos y olvidando cíclicamente que en el ejercicio del poder todos acaban actuando de forma muy semejante.

Twitter: @LKourchenko

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