Opinión

'Dr. Strange', un superhéroe inteligente

 
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Dr. Strange. (El Correo)

El extraño doctor del título, interpretado por Benedict Cumberbatch, es un neurocirujano brillante cuya carrera se acaba después de que un accidente le destroza los nervios de las manos. Obsesionado con hallar una cura, Strange va a Nepal en busca de un monasterio en el que tal vez puedan sanarlo. En Katmandú encuentra mucho más de lo que buscaba: una sociedad de hechiceros capaces de trasladarse entre dimensiones, detener el tiempo y desprenderse de su cuerpo para realizar viajes astrales.

La premisa de Dr. Strange suena absurda hasta para los estándares del estudio Marvel. El mérito del director Scott Derrickson y su equipo no es que súbitamente nos parezca creíble que un grupo de hechiceros habite un templo nepalés, sino que admita esa inverosimilitud y, sin regalarle demasiados guiños a la audiencia, también se tome en serio la transformación de Strange, de doctor genial y arrogante –no muy distinto al Sherlock Holmes que Cumberbatch interpreta para la BBC– a guardián de la humanidad. Desde la primera Iron Man no había visto un cambio tan bien trazado de persona común y corriente a superhéroe. Dr. Strange quizás sea ridícula por fuera, pero no por dentro.

Derrickson está dispuesto a probar la elasticidad del género de superhéroes, dándonos, una tras otra, secuencias peculiares. El doctor batalla contra Kaecilius (Mads Mikkelsen), el villano obligatorio, en un pasillo donde la gravedad opera como le da la gana; en un Nueva York que se desdobla, tuerce y multiplica como en un inmenso juego de espejos y, finalmente, en un callejón de Hong Kong en el que el tiempo va en reversa y sólo ellos se mueven a una velocidad natural. Ninguna otra película que yo recuerde ha jugado con las leyes espaciales y temporales con este gusto. En sus mejores momentos, el resultado es un caleidoscopio sicodélico, con elementos de los dibujos de MC Escher y las más atinadas secuencias de Inception. Y todo sin la solemnidad que caracteriza a Christopher Nolan. ¿Qué más se puede pedir?

Además de regalarnos una serie de espectáculos ópticos, Dr. Strange logra algo de veras difícil: concatenar el tipo de acción que emplea y los superpoderes de los hechiceros con el corazón de la película. En el meollo de la trama está el tiempo como concepto, amenaza, bendición, sustancia mágica y, ante todo, realidad inescapable. Consideremos la primera vez que vemos al doctor, en una sala de operaciones, a punto de llevar a cabo una complicada cirugía. De repente, un sonido le molesta: el ruido de un reloj en la muñeca de otro médico. Cortante, Strange le pide a su colega que cubra el aparato para poder trabajar sin distracciones. A lo largo de la película, este breve momento cobrará relevancia. Pronto descubriremos que el doctor atesora su colección de relojes de lujo.

Cuando va al monasterio, la única posesión que guarda de su anterior vida es el reloj que le queda, ahora roto e inservible. Mucho de las enseñanzas de la hechicera suprema (Tilda Swinton) aborda la necesidad de aceptar el paso del tiempo. Kaecilius, un villano más chusco que malvado, se niega a aprender esa lección. No diré más, salvo que el desenlace incorpora este tema, central en la película, de todas las formas posibles, volteando de cabeza el típico final de Marvel en el que el superhéroe en turno aniquila una amenaza global con el uso de la fuerza.

Este cuidado temático y simbólico no es sólo raro en el género de superhéroes: es milagroso hallarlo en gran parte del cine comercial. Como su personaje, Dr. Strange no sólo es entretenida y absurda. También es inteligente.

Twitter: @dkrauze156

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