Opinión

Dos visiones de México

A veces es útil tomar distancia y ver la realidad económica y política de México como se mira desde otras latitudes.

Desde Europa, la dinámica de la economía mexicana —que no los niveles absolutos de ingreso— se observa con envidia.

Aún con todos los recortes a los pronósticos, el crecimiento previsto para este año por el FMI de 2.4 por ciento y de 3.5 por ciento para el próximo año, contrastan fuertemente con el 0.8 por ciento y 1.4 por ciento que se anticipan para la zona del euro.

De hecho, uno de los temas centrales discutidos en los círculos económicos europeos es el riesgo de una nueva recesión, que sería la tercera desde 2008, así como la configuración de una situación de estancamiento de largo plazo, como la que vivió Japón desde la década de los 90.

Otro hecho contrastante es que ningún país europeo está emprendiendo realmente reformas estructurales en su economía. Tienen en promedio niveles de productividad por persona ocupada mucho más elevados que los de México, pero también padecen una enorme rigidez estructural.

En Europa se puede encontrar un extraordinario empuje de pequeñas y medianas empresas, que forman el tejido económico básico de muchos países y el gigantesco peso de una burocracia que debe ser soportada por los contribuyentes con tasas tributarias que están entre las más altas del mundo.

Otra diferencia es que mientras en Europa las voces más sensatas claman por el uso de la política fiscal, especialmente promoviendo el desarrollo de infraestructura, como instrumento para romper el ciclo de estancamiento, en México ya empiezan a ser visibles los resultados de una política fiscal anticíclica, en donde gradualmente ya pesa menos el impacto negativo de las mayores tasas impositivas establecidas a principios de año y empieza a notarse el mayor gasto gubernamental, especialmente en inversión.

Sin embargo, de la misma manera que el desempeño de la economía mexicana se ve positivamente desde Europa, ha vuelto a emerger la preocupación por la inseguridad en algunas zonas del país y la debilidad institucional que ese hecho refleja.

Casos como el de Iguala o de Tlatlaya, con sus desaparecidos y muertos, han adquirido ya un relieve internacional como signos de una nueva erupción de violencia relacionada con el crimen organizado y/o con su combate.

Un artículo del pasado 18 de octubre en el diario español El País lo dice de la siguiente manera: “En la telaraña de Iguala se entrecruzan todos los males que México pretendía conjurar: la violencia, la impunidad, la corrupción, la infiltración del narco en la política”.

Hay que ver a los países en su integridad. Va a ser insuficiente para el nuestro tener una mejor perspectiva económica si no se logra también un avance real, manifiesto, claro, en el Estado de derecho y el fortalecimiento institucional.

Las reformas económicas que tienen el potencial de cambiar el rostro a México y acercar los niveles de ingreso al mundo avanzado en el mediano plazo, van a quedarse truncas si no viene también un cambio en la política y en la sociedad.

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