Opinión

Dos razones para
evitar el Dreamliner
de Aeroméxico


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Aeroméxico.

Evitaré hasta donde pueda volar de nuevo en uno de los Dreamliner de Aeroméxico. No es por la aerolínea. Es por dos razones que confluyen en lo mismo: no deja dormir.

Abordé el mes pasado uno de los cinco Boeing 787-8 que tiene la empresa. Volé a Londres desde el Distrito Federal, en clase turista.

Uno sabe que un vuelo largo en esa categoría en cualquier avión exige resistencia. Asume que ha caído al final de la cadena alimenticia en el gobierno de la aeronave y le ha sido negada la virtud de la queja. Siéntese, cállese y estese. Está bien.

Así estuve durante la primera película, hasta que mi coxis me recordó que debía reclinar el asiento.

Presioné el botón y empujé hacia atrás con la espalda como me entrenaron otros vuelos. Cedió el respaldo ligeramente, hasta el punto en el que creí que había topado con las rodillas de mi vecino. Empujé de nuevo, so pena de recibir un zape. Nada. Hasta ahí. Cállese y estese, recordé. Estese en posición vertical de Chac-mool. Está bien.

Cerré los ojos y dormí por un rato hasta que una enorme linterna me hizo ver el cálido color rojizo del interior de mis párpados: el Sol del Atlántico estaba en mi cara.

El Dreamliner carece de persianas y la tecnología de sus grandes ventanas sólo atenúa la luz procedente del exterior, dándole un bello matiz futurista, pero demoledor para quienes no podemos usar un antifaz en la cara sin sentir claustrofobia.

Aeroméxico, la empresa que pilotea el hábil Andrés Conesa, estrenó estos modernos 787-8 el año pasado. ¿Por qué? Porque cargan más: hasta 242 pasajeros a una distancia de 14 mil 500 kilómetros.

Todo lo hacen ahorrando combustible, porque 50 por ciento del ala y del fuselaje están hechos de “composite”, un montón de fibras de alta resistencia. Imagine un tejido de mimbre, como el de las sillas viejas. Ahora imagínelo a nivel microscópico.

¿Por qué es importante el Dreamliner? Porque es la apuesta de Conesa y sus muchachos, para hacer más rentable esta aerolínea, cuyo presidente es Eduardo Tricio Haro, quien también le vende a usted la leche Lala.

Sucede que la empresa, lea usted, anda de ala caída. Hace casi tres años el negocio dejó casi 3 mil 500 millones de pesos después de gastos. Es decir, de utilidad de operación, pues. Pero en 2013 ese dato cayó a menos de 2 mil 300 millones.

¿La utilidad neta? Vamos, lo que queda al final de pagar impuestos y todo lo demás, bajó 39 por ciento el año pasado a poco más de mil millones de pesos.

Este año, la cosa pinta mal: la utilidad de operación cayó 83 por ciento en el primer trimestre y no estamos para hablar de utilidad neta.

Pero la esperanza brilla como Sol en la cabina y por eso analistas esperan que Tricio y Conesa apunten al horizonte con el cambio de viejos Boeing 767 hasta que completen 20 Dreamliner, en uno de los cuales se subirá usted si vuela a Europa.

La acción de la empresa también brilla: subió 32 por ciento en un año. El mercado y su buena vibra.

EVIDENTE: Éxito comercial

Como en Europa. Un nuevo mercado en la colonia Roma del Distrito Federal, en el local abandonado de un salón de baile en la calle de Querétaro. Comida internacional y pequeños puestos de comida mexicana de autor, complementan su oferta gastronómica desde hace mes y medio. La apuesta apunta a la revaloración inmobiliaria en una zona de edificios viejos y descuidados.