Opinión

Dos poemas a la madre

Gil caminaba sobre la duela de cedro blanco en busca de una salida que lo alejara de la cursilería, de la afectación con que los medios de comunicación celebran a las madres en su día, el día que inventó en el año de 1922, por cierto, el señor Rafael Alduncin, director del viejo periódico Excélsior. Gamés encontró entonces una salida de emergencia en dos poetas mayores de las letras mexicanas: Octavio Paz y Jaime Sabines. En el primer fragmento, de Paz, hay un retrato de su madre, Josefina Lozano, en “Pasado en claro”, el poema también describe el ambiente de la familia y la casa del abuelo Ireneo; el segundo fragmento, de Sabines, es un poema en prosa de XXIV piezas en recuerdo de “Doña Luz”, su madre.

Gamés transcribe:

De Pasado en claro
(fragmento)
Octavio Paz

También me dieron pan, me dieron tiempo,
claros en los recodos de los días,
remanso para estar solo conmigo.
Niño entre adultos taciturnos
y sus terribles niñerías,
niño por los pasillos de altas puertas,
habitaciones con retratos,
crepusculares cofradías de los ausentes,
niño sobreviviente
de los espejos sin memoria
y su pueblo de viento:
el tiempo y sus encarnaciones
resuelto en simulacros de reflejos.
En mi casa los muertos eran más que los vivos.
Mi madre, niña de mil años,
Madre del mundo, huérfana de mí,
abnegada, feroz, obtusa, providente,
jilguera, perra, hormiga, jabalina,
carta de amor con faltas de lenguaje,
mi madre: pan que yo cortaba
con su propio cuchillo cada día.
•••
Doña Luz
De Maltiempo,
(fragmento)
Jaime Sabines

I

Acabo de desenterrar a mi madre, muerta hace tiempo. Y lo que desenterré fue una caja de rosas: frescas, fragantes, como si hubiesen estado en un invernadero. ¡Qué raro es todo esto!

II

Es muy raro también que yo tuviese una madre. A veces pienso que la soñé demasiado, la soñé tanto que la hice. Casi todas las madres son criaturas de nuestros sueños.

III

En la fotografía conserva para siempre el mismo rostro. Las fotografías son injustas, terriblemente limitadas, esclavas de un instante perpetuamente quieto. Una fotografía es como una estatua: copia del engaño, consuelo del tiempo.

Cada vez que veo la fotografía me digo: no es ella. Ella es mucho más.

Así, todas la cosas me la recuerdan para decirme que ella es muchas cosas más.

IV

Creo que estuvo en la tierra algunos años. Creo que yo también estuve en la tierra. ¿Cuál es esa frontera?, ¿qué es lo que ahora nos separa?, ¿nos separa realmente?

A veces creo escucharla: tú eres el fantasma, tú la sombra. Sueña que vives, hijo, porque es hermoso el sueño de la vida.

V

En un principio, con el rencor de su agonía, no podía dormir. Tercas, dolorosas imágenes repetían su muerte noche a noche. Eran mis ojos sucios, lastimados de verla; el tiempo del sobresalto y de la angustia. ¡Qué infinitas caídas agarrado a la almohada, la oscuridad girando, la boca seca, el espanto!

Pero una vez amanecido, la luz indecisa en las ventanas, pasó su mano sobre mi rostro, cerró mis ojos. ¡Qué confortable ciego estoy de ella! ¿Qué bien me alcanza su ternura! Qué grande ha de ser su amor que me da su olvido!

VIII

Si tú me lo permites doña Luz, te llevo a mi espalda, te paseo en hombros para volver a ver el mundo.

Quiero seguir dándote el beso en la frente, en la mañana y en la noche y al mediodía. No quiero verte agonizar, sino reír o enojarte o estar leyendo seriamente. Quiero que te apasiones de nuevo por la justicia, que hables mal de los gringos, que defiendas a Cuba y a Vietnam. Que me digas lo que pasa en Chiapas y en el rincón más apartado del mundo. Que te intereses en la vida y seas generosa y enérgica, espléndida y frutal.

Quiero pasear contigo, pasearte en la rueda de la fortuna de la semana y comer las uvas que ti corazón agitaba a cada paso.

Tú eres un racimo, madre, un ramo, una fronda, un bosque, un campo sembrado, un río. Toda igual a tu nombre, doña Luz, Lucero, Lucha, manos llenas de arroz, viejecita sin años, envejecida sólo para parecerte a los vinos.