Opinión

Dos Méxicos: el posible
y el vencido

 
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Escuela

Me equivoqué. En tres años de escribir aquí, ninguna columna más difundida que la previa. Toqué una fibra sensible. Incluso se sintieron aludidos quienes, pudiendo serlo, son los menos elitistas que conozco.

Saben que pueden hacer más y eso me anima.

Frecuentemente hablamos de dos Méxicos. Es un país polarizado. Hay un México de quienes lo tienen todo y otro numeroso de quienes nada tienen; un México moderno e industrializado, inmerso en Norteamérica, otro feudal y atrasado, profundamente centroamericano. Hay un México que espera a que gobierno y gobernantes marquen la pauta, otro que hará y emprenderá independientemente de éstos.

También hay un México que está convencido de que no hay solución, de que padecemos problemas inexpugnables, parte de nuestra esencia, “culturales”; y otro, a quien convoco, que sabe que se puede más, que el cambio no es fácil, pero sí posible, que lo provocan ellos; convencido de que los derechos se reclaman, de que activismo constructivo genera cambio.

Nadie escoge dónde nace. Tener el lujo del acceso a comida, educación, vivienda y salud; tener el apoyo de una familia, no son condiciones cotidianas o habituales; menos aún en México. Son un privilegio, y el privilegio compromete.

Quienes tenemos la suerte de haber arrancado desde un punto de partida aventajado, tenemos la obligación de emparejarle el terreno a quienes partieron de atrás. No lo hacemos por generosos, sino por elemental justicia.

Ser elitista parte de una mentira repugnante, de que hay categorías de seres humanos. Lo único que hay es entornos, a veces abrumadores, que permiten que unos desarrollen su potencial y otros no. La genialidad se distribuye en forma aleatoria en una población. La tragedia del subdesarrollo provoca que miles de niños y jóvenes con talentos y capacidades extraordinarias, se desperdicien en sistemas educativos incapaces de desarrollarlos, de dotarlos con oportunidades.

Son esos jóvenes los que desarrollarían tecnología, los que serían capaces de disrupción, de creación genial. En un país como México, acaban vendiendo chicles o, peor aún, en bandas criminales. Cuando combinamos la falta de oportunidad con elitismo que excluye, a veces ser parte de organizaciones criminales que empoderan es una forma de recuperar dignidad.

Tolstoi decía que “todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a él mismo”. Los cambios empiezan de abajo para arriba. Los corruptos no cederán voluntariamente sus privilegios. Se los tenemos que quitar. La educación pública en México no mejorará porque el sindicato “se ponga las pilas”, sus incentivos van exactamente en contra de cualquier cambio. La rendición de cuentas no ocurrirá por generación espontánea. La impunidad no se acabará cuando lo decida quien vive en forma impune.

Tenemos un solo país. Es este. Viviremos en un solo momento. Hoy.

No tenemos el derecho a criticar cuando hacemos nada por resolver las cosas, por mejorar, por exigir. Sólo existen dos alternativas, nadar o hundirse. Se es parte de la solución o del problema.

México es un país posible. Se diga lo que se diga, México ha tenido enorme progreso. Hay una clase media creciente y pujante. Hay enorme capacidad y talento. Hay mucha gente con ganas de hacer las cosas.

Pero México no puede seguir siendo el país que da dos pasos hacia delante y uno hacia atrás. Urge un desarrollo más rápido y más incluyente, mientras nuestra población sigue siendo joven. No lo será siempre. No puede seguir siendo el país que espera a que el gobierno haga, a que resuelva, a que nos dé soluciones en la boca. Mañana, México no puede ser el país del mañana.

Las redes cleptocráticas son rentables organizaciones público-privadas.

La corrupción y la impunidad alimentan al crimen y la violencia. Quitar el dedo del renglón de casas blancas, de Malinalco y de otros conflictos de interés, invitará a otros a hacer lo mismo.

Nadie nos va a regalar nada. Mucha gente en México hace trampas, no paga impuestos, busca atajos, siempre tiene la impunidad del gobernante como pretexto. Es cierta. Exijamos, entonces. Pero, exijamos con la convicción de que nosotros hacemos simultáneamente lo que nos toca.

La antropóloga Margaret Mead dijo: “Nunca dudes de que un pequeño grupo de ciudadanos considerados y determinados puedan cambiar al mundo; de hecho, eso es lo único que jamás lo ha logrado.” Llegó la hora de creer que se puede; la hora de desafiar a quien crea en obstáculos insuperables; la hora de levantarse a iniciar el cambio. Nadie lo va a hacer por nosotros.

El activismo de Twitter es divertido, pero estéril e inútil. Usar las redes sociales para insultar y criticar sólo frustra y enrarece el ambiente. Es hora de proponer, de hacer lo que sea, pero hacer.

No tenemos el derecho de decirle a nuestros hijos que nos dimos por vencidos porque el cambio era imposible.

Twitter: @jorgesuarezv

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