Opinión

Dos maneras de ver el futuro

Hay dos ópticas para ver el futuro. Hay una filosofía que piensa que el futuro en cierta medida está predeterminado. Por ejemplo, quienes suponen que hay un destino escrito (el dedo de Dios lo escribió) o la vieja visión del materialismo histórico, que consideraba que el devenir de la historia obedecía a leyes inmutables.

Pero hay otra óptica que señala que el futuro nunca está predeterminado. En la medida que los seres humanos siempre somos capaces de elegir, podemos darle una dirección que desde luego está condicionada por el pasado.

No podemos decidir que en 2015 México tenga los niveles educativos de un país desarrollado. Eso sería una fantasía.

Pero tampoco hay nada que determine que con las reformas hechas México se va a convertir en un país exitoso ni tampoco algo que nos diga que va a mantenerse muchos años en el subdesarrollo.

El curso de la historia nos señala que los grandes giros se producen por el concurso de una serie de factores en los que entra en ocasiones la voluntad de las personas y en otros casos también las circunstancias, esas que el azar trae consigo.

Lo que pasa a escala de un país también se presenta en las organizaciones y, desde luego, en la vida de los individuos.

¿Considera usted que el momento que vive es producto de una causalidad determinada desde siempre que venía acaso en sus genes?, ¿o piensa que es un producto directo de las circunstancias?

Siempre hay la confluencia de las dos fuerzas. Las circunstancias nos rodean, no somos capaces de determinarlas. Sin embargo, la acción que desarrollamos frente a ellas sí es producto de nosotros mismos.

Regresemos a la escala nacional.

Pocas personas piensan que nada ha pasado en el país en los últimos 18 meses (por poner un horizonte). Algunos pensamos que se han creado oportunidades inéditas, que no habíamos visto en una o quizás dos generaciones. Otros piensan que es una amenaza sin precedentes, pero se comparte la visión de que vivimos un momento que hacía mucho no se presentaba.

Las naciones atraviesan por estas circunstancias, quizás cada 50 o más años. Difícilmente se conjugan las cosas con más prontitud.

Pero somos las personas que nos toca vivir el momento quienes decidimos el curso que tengan las cosas, es decir, los que determinamos que las oportunidades se conviertan en realidades.

México aprovechó desde la década de los 30 y quizá por 30 a 40 años más, las fuerzas que impulsaron la industrialización y la urbanización.

Tal vez nos pareceríamos a Bolivia o Ecuador y seríamos un país agropecuario y minero, si eso no hubiera sucedido.

Pero mantuvimos un sistema político lleno de atavismos y una cultura arcaica.

Ese anclaje hizo crisis desde la década de los 60 y perturbó la estabilidad, la “pax” del sistema desarrollista de entonces.

Hoy tenemos una oportunidad más de modernizar la economía. Pero si el sistema político y la cultura persisten en los arcaísmos, entonces de nueva cuenta estaremos sembrando las semillas de la disolución de la estabilidad y el crecimiento, y quizás ahora en un plazo más breve del que nos imaginamos.

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