Opinión

Dolan y Maïwenn: granjeando

I. EL SOMETIMIENTO MALSANO. En Tom en el granero (Tom à la ferme, Canadá-Francia, 2013), exasperado primer filme sobre materiales ajenos del genial director gay quebequense de culto a los 24 años Xavier Dolan tras su insuperable trilogía autoral sobre amores contemporáneos homo/bi/transexuales no correspondidos (Yo maté a mi madre 09, Los amantes imaginarios 10, Lawrence de todas maneras 12), con guión suyo basado en la pieza homónima de Michel-Marc Bouchard, el bello hirsuto publicista pelirrojo montrealense y veinteañero gay asumido Tom (el director-editor Dolan posando admirativamente para sí mismo) viaja consternado en su regia camioneta negra hasta la lejana y semiabandonada granja idílica a cuya vera se realizará el funeral de su antigua pareja amorosa masculina, pero queda volitivamente paralizado al comprobar que la tosca vieja madre silenciosa Agathe (Lise Roy) nada sabía de la verdadera orientación sexual del difunto, y a consecuencia de ello y a fuerza de intimidaciones por parte del feroz hermano mayor de aquél, Francis (Pierre-Yves Cardinal), el joven se verá obligado a sostener la mentira piadosa de que el desaparecido hijo menor sostenía una caldosa relación con una compañera de trabajo llamada Sarah, de cara a la anciana inconsolable ya candidata al asilo, aunque desde entonces quedando él mismo atrapado, prácticamente secuestrado o psicológicamente autosecuestrado, sin posibilidad de huir del lugar y desmantelado su vehículo, a merced del desquiciado macho atrabiliario Francis, apestado en el pueblo y encargado a solas del funcionamiento de esa granja con 48 vacas cuyo duro trabajo pronto encandilará al vejado muchacho citadino, quien así aceptará el sometimiento malsano, hasta que haga acto de presencia allí una verdadera/falsa vulgarzona Sarah (Evelyne Brochu) para poner a todos en crisis, sacudiendo incluso la conciencia dormida del apabullado Tom.

El sometimiento malsano funciona como una seducción al revés, malvada, enferma a rabiar, atrapante, arrasadora, sañosa, masoquista, deteriorante y degenerativa, no demasiado lejos del apasionamiento físico y la poderosa e invencible fascinación que a sabiendas de su carácter destructivo/autodestructivo unían al joven héroe a su ocasional sexosatisfactor macho psicótico asesino en El extraño del lago (Guiraudie 13), su análoga o alternativa obra maestra si bien ahora meramente mental y territorial, pero como una seducción al fin y al cabo, y como tal poderosa e imposible de romper, ejercida en la total inermidad, contradictoria, operando un perturbador descentramiento axiológico y haciendo presa fácil de las carismáticas criaturas más elementales a los seres sofisticados. El sometimiento malsano mezcla de modo inextricable en su perverso delirio narrativo al thriller conductual más extraño y misterioso, al melodrama retorcido lindante con la farsa agridulce a lo Billy Wilder, al gélido humor negro a imagen y semejanza de sus desolados paisajes campestres invernaleternos (deletérea fotografía de André Turpin) y un calculada regusto por una sordidez retorcida paradójicamente sublime, con apoyo en canciones s cuyas letras sintetizan antecedentes lamentosos (esa tristeza en busca de reemplazo) o comentan el sentido de hechos cumplidos, los sarcásticos sobrevuelos líricos con cámara aérea, las presentaciones de personajes en off o en dominador cuerpo fragmentado, la trabada imposibilidad de leer una conmovedora oración fúnebre ya redactada y aprobada, la persecución frenética por una milpa cortante como navaja, los inesperados arrebatos de furia cruel o de carcajada salaz que arrastran consigo a una desatada cámara en mano siempre dispuesta, o el nervio revelador de impunes crímenes atroces. Y el sometimiento malsano remoza un posfassbinderismo de ineluctables relaciones de fuerza por encima y más allá de cualquier forma de erotismo políticamente correcto o socialmente aceptado (aunque ahora los villanos suelen ser los y las bisexuales), como esa liberadora fuga pánica final que identifica con un infeliz pueblerino de boca desfigurada en mueca perpetua sólo atisbado de espaldas.

II. LA PROTECCIÓN INFANTIL. En Polissía (Polisse, Francia, 2011), feraz feroz opus 3 de la veterana actriz francesa de 35 años que omite cualquier apellido en memoria de los maltratos recibidos por sus padres en la infancia Maïwenn (Perdóname 06, Todo sobre las actrices 08), con guión suyo y de la también actriz presente Emmanuelle Bercot, una brigada policiaca destacada para la protección de menores al norte de París realiza en forma trepidante su ingrato trabajo diario de capturar posibles pedófilos o promiscuos adolescentes carteristas, e interrogar niñitos a veces victimados por sus propios padres toqueteantes, pero su rutina se ve interrumpida por la obligada intromisión de la fotógrafa flaquita con gofotas más chongo de abuelita para verse inofensiva Mélissa (la propia directora Maïwenn considerada en su país la actriz más sensual del cine francés del momento) cuyas labores, sospechosas de voyeurismo sensacionalista, irritan al duro aunque en el fondo compasivo afromestizo del grupo Fred (Joeystarr), quien no sólo acabará ligándose tiernamente a la chava molesta en una noche de juerga, sino que ambos desarrollarán una poderosa relación clandestina que les hará deshacer sus previos lazos amoroso-paternales, hasta irse a vivir juntos a un ruidoso pero fotogénico barrio multirracial, mientras la dinámica de esa brigada rescatista de la protección infantil se degrada, transforma e intenta trágicamente cambiar de mandos internos.

La protección infantil arroja de lleno al meollo de cada secuencia, trátese de la ingenuidad de una nenita abusada por el padre, o sea la ignorancia absoluta de una madre que al ser sorprendida in fraganti con su carriola a media calle reconoce masturbar a su hijo mayorcito para que duerma tranquilo, y prescinde como la peste de cualquier presentación de personajes (más de 50, con alguna estrella neonuevaolera como Karin Viard de rubia explosiva) y concluyendo todas sus escenas (más de 200) de manera tan tajante y elíptica como las había planteando, saltando sin reposo ni término de golpe emotivo en emoción golpeante, añorando las viñetas con entradas a saco del neodocumentalismo hollywoodense de aquella La ciudad desnuda clásica del francés Dassin (48), ahora al modo de una falsa docuficción, en el mejor estilo acezante del Philibert de Ser y tener (02) o del Cantet de La clase (08), e incluso fingiendo fusionarse observacionalmente con las Urgencias (87) y los Delitos flagrantes (94) del maestro documentalista al escalpelo Depardon, eficazmente severa.

La protección infantil siempre está presente como un sedimento trastornante, pues nada supera al escándalo dostoievskiano ante el sufrimiento de un niño, hundiéndose en lo cotidiano reconstruido y ahondado mediante planos muy cercanos, entrándole sin más a sus cambios de tono, virtuosísticos, esquizoides, psicotizados, en secuencias tan diversas y frenéticas como el desgarrador despojo a un niño de su mamá africana por falta de albergues conjuntos, la rescatista razzia antinmigrantes a medianoche atrabiliaria, el fatal operativo que se creía de simple apoyo en un centro comercial, la imparable risa loca ante la chava que debió chupársela a varios cuates para recuperar su celular tan valioso (“¿Qué hubiera hecho por una computadora?”), la denodada persecución de la secuestradora de su propio bebé que acabará tirándolo al suelo, el trauma para saltar del chiquitirrín todavía compasivo ante el profe de gimnasia que lo violaba en los mingitorios, la intimidante sesión de tiro a ráfagas de silbato, la exasperación femenina en árabe contra el prepotente macho islámico escudado en el Corán, o el histérico enfrentamiento de la tronada conyugal Chrys (Karole Rocher) contra su solidaria compañera medio mandona Iris (Marina Foïs).

Y la protección infantil dicta un elogio temerario, no a la policía benefactora, sino a los humildes policías vulnerables de ambos sexos, certificando su postura meramente preventiva y autosocavadora mediante un montaje paralelo final entre el chavito violado que recupera su ánimo en la clase de educación física y la abstinente Iris que prefiere tirarse por la ventana a dirigir una pertinaz brigada policial tan conflictiva y conciente de su irrelevancia social.