Opinión

Dolan y Kim: avasallado

I. LA EXPLOSIÓN INGOBERNABLE. En Mommy (Canadá, 2014), atronador y vagamente futurista filme 5 del niño prodigio montrealense a la vez director-guionista-editor de 25 años Xavier Dolan (Yo maté a mi madre 09, Los amores imaginarios 10, Tom en el granero 13), premio-gag del jurado de Cannes 2014 ex aequo con el Adiós al lenguaje (¿y a la vida?) del mítico octogenario Jean-Luc Godard (homologando el innovador ímpetu narrativo-ideológico del cineasta más vetusto con el del más joven en competencia), la explosiva traductora viuda quebequense medio traductora desempleada de 46 años Die (Anne Dorval inasible) destroza su auto al ir a recoger en una escuela especial para adolescentes con problemas a su relegado hijo de 16 años con TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad) tan inaguantablemente explosivo e ingobernable como ella Steve (Antoine Olivier Pilon) que le ha quemado la cabeza a un compañero dentro de un horno de microondas (en forma inmostrable pero cuyos efectos planearán sobre todo el relato), se enfrenta a los designios de la directora de la institución (Michèle Lituac) que aconseja aprovechar una nueva ley canadiense de 2015 autorizando ya la reclusión de los hijos a simple voluntad de sus padres, y se lleva a vivir al muchacho de errancia maniaca y escolaridad desertora a un nuevo depto donde va a entrar en conflicto perpetuo con sus extravagancias y sobrerreacciones de la mañana a la noche, llegando incluso a provocarle verdaderas crisis nerviosas que parecen incontrolables y en aumento, pero de pronto, como por arte de magia, interviene en esa lucha constante la equilibrada profesora vecina semitartamuda en receso con marido e hija replegables Kyla (Suzanne Clément inusitadamente ecuánime), quien por simple amistad y simpatía llegará a ser tan benéfica y balsámica para Steve, con quien establecerá una relación sorpresivamente calmante (al grado de prepararlo para presentar exámenes de bachillerato cual si fuera un ser normal), como para Die, con quien establecerá una relación afectuosa muy estrecha, formando una suerte de divertido terceto libertario, hasta que las consecuencias legales del viejo acto delictuoso del chavo acaben con ese idilio improlongable, pues madre e hijo deberán recurrir al ruco vecino abogado y pretendiente materno Paul (Patrick Huard), quien saldrá huyendo tras una crisis de Steve intentando cantar en un karaoke entre burlas, y Die decidirá por fin encerrarlo, tan doliente cuan engañosamente, en un sanatorio psiquiátrico, con nefastos resultados para todos los miembros del original trío.

La explosión ingobernable da la impresión de recluir a sus personajes al interior de los agobiantes límites de un formato cuadrado 1:1 que ha sido artificialmente establecido, por así decirlo reencuadrado, al estilo de la vanguardista cinta brasileña El hombre de las multitudes de Cao Guimaraes y Marcelo Gomes (13), como si tratara de constreñirlos por la fuerza, también él, al igual que las normas de la civilizadísima y próspera sociedad canadiense donde falta poco para que todo contacto corporal se considere invasor y sea prohibido, creando un espacio carcelario innombrable, un espacio que sólo existe para que se expresen a sus anchas el eufórico chavo de la patineta gloriosa en expansión callejera y su trío en revuelta transgresora de nada tangible, un espacio que fundamenta y justifica todas las explosiones anímicas cual objetivos sagrados, un espacio siempre a punto de estallar o estallando en la concreción de los inexpresables deseos subjetivos más recónditos como los de la madre en espera de que acometan contra su nuevo auto los feroces enfermeros de todos tan temidos, un espacio de inquietante clausura mental, un confinado espacio fílmico que de súbito a media película será ampliado por el chavo hasta volverse pantalla ancha habitual como una abertura de puertas corredizas, aunque sólo sea para padecer poco después, con multiplicador agobio, una renovada cerrazón de las represoras contingencias sociales y del campo visual de la pantalla.

La explosión ingobernable prosigue con el discurso de Dolan sobre el estado actual de las relaciones heterodoxas, con naturalezas y nexos más afectivos que eróticos, por supuesto las homosexuales, aunque sobre todo las bisexuales o pansexuales aún hoy satanizadas (desde la formulación de su deseo mismo en Los amores imaginarios o en Tom en el granero) e incestuosas (a partir de la subyugante Yo maté a mi madre), al plantear, introducido por el personaje de la maravillosa vecina providente (asimismo curándose ella misma a ráfagas de su tartamudez psicológica), una versión extendida del concepto del lesbianismo formulado revolucionariamente hace más de tres décadas por Adrienne Rich, por encima de sus limitadas definiciones clínicas y sus experiencias meramente genitales, sino como una forma de intensidad primaria pero compleja entre dos mujeres, con potencial enorme al compartir una vida interior rica y expansiva (a semejanza de la mujer Bajo la Influencia Gena Rowlands de la aquí pésimamente traducida Neurosis de mujer de Cassavetes 74), al fortalecer los lazos contra el poder masculino (incluyendo el del chavo violento y sus arrebatos virulentamente incestuosos), dándose y recibiendo un apoyo práctico que diríase político, comenzando a captar la Historia y la conducta femeninas en toda su magnitud subversiva.

Y la explosión ingobernable se dinamiza al infinito, merced a sus contradicciones internas y en su imposible capacidad para mitigar las antisociales conquistas alcanzadas, con esa sublime madre Die devorada por la culpa y atendiendo a una Kyle dando noticia de su inminente mudanza por final sometimiento conyugal, ahora y siempre desbordadas por la potencia liberadora de un indomesticable Steve en apariencia avasallado y amansado en el sanatorio, pero otra vez corriendo explosivamente desaforado, apenas haberle sido retirada la camisa de fuerza que vuelve a potenciar a contrapelo su reactiva fuerza insidiosa.

II. LA EDIPIZACIÓN REDENTORA. En Piedad (Pietà, Corea del Sur, 2012), provocador opus 17 del prolífico autor total surcoreano de 52 años Kim Ki-duk (Las estaciones de la vida 03, El arco 05), con guión y edición suyas, el brutal aunque onanista cobrador de imposibles préstamos archiusureros Kano-do (Lee Jung-jin temible) que se singulariza por su infalible método para recibir los pagos de seguros personales tras humillar, mutilar, lanzar al vacío, orillar al suicidio desesperado o dejar lisiados a sus inermes deudores insolventes delante de sus familiares en los bajos fondos de un Seúl de fin del mundo, cierto inopinado día sufre el acoso, dentro de su guarida y en todas partes, de la desconocida pero tenaz anciana miserable Mi-sun (Cho Ming-soo), quien afirma ser la mismísima madre odiada que lo abandonó al nacer, ahora contrita, y de nada ha de servir que el hombre rechace la actual disposición de ella a la esclavitud doméstica, la insulte, la golpee o la posea salvajemente, pues ella persiste, hasta convencerlo, ablandarlo, edipizarlo y volvérsele indispensable, pero en realidad la vieja es una simuladora vengativa, y aún más feroz, que guarda el victimado cadáver de su genuino vástago suicida en el refri, acomete el tejido de un fúnebre suéter ritual para enterrarlo y de súbito finge a gritos su propio secuestro por algún supuesto deudor oculto, para obligar al engañado hijo postizo milagrosamente redimido Kano-do a buscarla en vano, dejando a su paso un reguero de nuevas víctimas deshechas y viviendo en carne propia la angustia de perder a su ser más querido en la supuesta muerte voluntaria de esa presunta progenitora aviesa.

La edipización redentora se afirma como una ficción tan lacónica e impávida como su héroe y tan estoicamente sensible como su cerebral heroína madura, una obra maestra del cuento cruel asiático cual soterrada farsa tragicómica, un antithriller que es el exacto reverso de cualquier thriller tradicional y la sistemática negación de su naturaleza, un acto de maldición al escandaloso sentimiento removido que conduce a pasear de la manita con mamá recobrada por un centro comercial y a la deserción del oficio de sicario que se había llevado a un virtuosístico nivel inalcanzable, una semifantasía neonaturalista poblada incluso por criaturas con taras psicológicas o físicas recién fabricadas, un cine de horror purgatorial en un inframundo-pecera articulado por el terror de las víctimas y su exasperación impotente, una ronda macabra con gusanescos seres degradados o desahuciados en busca de abyecto desquite cual humanísimas anguilas destazables, un malvado objeto imaginario que autoralmente se mueve enfermo tremebundo entre la autoficción shocking de un precedente semidocumental Arirang (Kim 11) y la incestuosa tragedia neohelénica que se desatará en Moebius (Kim 13), una expiación/autoexpiación lisiada cual Pietà de Miguel Angel.

La edipización redentora y consentida se considera a sí misma y a su estética como visualidad atmosférica pura y la máxima trascendencia espiritual (de hecho una transdescendencia), ambas casi sagradas, cual recóndita escenografía del odiado Inconsciente por fin hecho visible a través de covachas inmundas, estrechas callejuelas laberínticas de barriada en escombros, grisáceos paisajes en la niebla cerrada y la maldita fotogenia poética siempre amenazante de un sinfín de máquinas de taller mecánico con aparente vida autónoma y paralela, taladros, tornos, guillotinas donde meter las cercenables manos hasta por erotanático impulso propio, elevadores con gruesas cadenas y un gancho de tamaño humano para colgarse desde el prólogo-clave hasta los paroxísticos epílogos desposeídos.

Y la edipización redentora sólo puede culminar su discurso sobre la sublime maternidad/filialidad devastadora en el deliberado salto al vacío de la figura materna irónicamente a punto de ser empujada por una anciana víctima y en ese retorcido remordimiento del posdostoiesvkiano verdugo ahora presa del autocastigo que primero yace al sol con dos cadáveres insepultos (el de su presunta madre, el del verdadero hijo recién desenterrado) y luego se encadena masturbatoriamente a los ejes del camión de otra víctima, para ir dejando su estela de sangre sobre el pavimento en un ávido descenso postrero a los infiernos tras la venganza perfecta.