Opinión

Distribuir la riqueza para crecer

 
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Billetes

Hacer crecer la economía es la obsesión de todos los gobiernos, aunque los ecologistas no dejan de insistir, y el Papa Francisco con muchos de ellos, en que en vez de crecer hay que cambiar el sistema industrial capitalista que consume y deshecha más de lo que el planeta puede sostener sin perder el equilibrio.

Pero ni el Papa ni los ecologistas que ven en el cambio climático condiciones cada vez más adversas para la vida humana y para la de miles de especies más, han logrado imponerse a los intereses que están detrás del empeño de los gobiernos en animar la producción de mercancías.

El discurso político asegura en todas partes que del crecimiento de la economía depende el empleo y la prosperidad social, pero no dice que del crecimiento dependen, antes que nada, las ganancias del capital y que al bajar éstas, bajan las inversiones empresariales y por consecuencia, el crecimiento económico se hace lento y hasta negativo.

El mundo industrial, empezando por los países de altos ingresos, está atrapado en esta lógica bajista contra la cual, la única política de fondo que se ha ensayado en todas partes, en México desde luego, es la de ofrecer estímulos a las inversiones privadas (como la reforma laboral para el abaratamiento de la fuerza de trabajo, método para elevar su productividad).

Sin embargo, no hay respuesta a los estímulos; las inversiones siguen su tendencia a la baja en Estados Unidos, Europa, en México y en prácticamente todo el mundo desde 1997, cuando alcanzaron el índice pico más reciente; Ángel Gurría, secretario general de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), dijo en su presentación de las Perspectivas 2016 que “la desaceleración del comercio mundial y la continua debilidad de la inversión son muy preocupantes”. Catherine Mann, jefe de economistas de la OCDE repitió lo mismo y agregó que “las tasas de crecimiento del comercio mundial observadas hasta ahora en 2015, han estado asociadas en el pasado con una recesión global”. Es decir, el pulso actual de la economía es el de una recesión.

Las políticas públicas no van al meollo del problema, consistente en que la capacidad de producción del capital acumulado supera a la capacidad de compra del mercado global, lo que abarata las ventas y reduce la tasa de ganancias. La deflación, una enfermedad peor que la inflación, ya afecta a varias economías.

Del binomio capacidad productiva instalada/solvencia del mercado, economistas keynesianos como el premio Nobel Paul Krugman, ponen el énfasis en fortalecer la demanda mediante inversiones públicas y tasas de interés bajas. Son contrarios a las políticas de austeridad fiscal en tiempos de lento crecimiento.

El punto de vista marxista al respecto es que para fortalecer la demanda no bastan las medidas fiscales y monetarias, sino que harían falta acciones políticas para revertir la concentración de la riqueza y del ingreso.

(Michael Roberts, economista británico, publica el blog The Next Recession en el que ofrece análisis sobre la estrecha relación entre la baja de la tasa de ganancia y el lento crecimiento económico: https://thenextrecession.wordpress.com/2015/11/18/savings-glut-or-investment-dearth/)

http://estadoysociedad.com

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