Opinión

Distintos lenguajes

 
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Javier Duarte

En días recientes escuché a un alto funcionario afirmar que “los Moreira habían gobernado bien” en Coahuila. Quedé atónito ante la afirmación y me fui cavilando en los indicadores mediante los cuales, un político de alto nivel, gobernador, ministro, legislador aún en activo, podía afirmar algo así.

Los hechos demuestran que Humberto Moreira defraudó al estado de Coahuila. No sólo lo endeudó desproporcionadamente –punto a considerar por separado– en relación a obra, infraestructura, inversión, etcétera, sino que mintió y cometió delitos que nadie ha querido perseguir ni comprobar con seriedad. Recordemos que ya encumbrado en la presidencia del PRI, desde donde dirigiría la campaña y la victoria del aspirante Peña Nieto a la candidatura, se descubrió que había presentado documentación falsa ante el Congreso estatal y posteriormente ante la Secretaría de Hacienda para lograr la aprobación del crédito. Hubo señalamientos de firmas falseadas, documentos apócrifos y otros delitos. Un acto criminal.

El escándalo fue de tal tamaño que el prudente y pragmático candidato consideró que la presencia del señor Moreira al frente del PRI, justo en los tiempos de una campaña por la recuperación de la presidencia de México, resultaba anticlimático. ¿Cómo conquistar los votos con un líder señalado por corrupción en su estado? Fue retirado.

Asumió la gubernatura su hermano, otro caso único en México de auténtica oligarquía, donde un gobernante le hereda a su hermano el poder de un cargo de elección popular.

Los Moreira aparecen con hipotéticas buenas calificaciones, porque repartieron toneladas de dinero. Porque distribuyeron privilegios y regalos a sindicatos y agrupaciones, a organizaciones tricolores y de otros tintes, al extremo casi de eliminar la oposición. En suma, compraron la simpatía y adhesión de los coahuilenses, quienes en corto y privado, se quejan agriamente de los negocios y controles de los hermanos.

El lenguaje de estos priistas 'clásicos', de quienes gobiernan con el presupuesto y la cartera como instrumento de coacción, puede obtener buenos números en las encuestas, pero la valoración del ejercicio de gobierno supera con mucho las mediciones de preferencia ciudadana.

Los funcionarios del gobierno federal –me dicen muchos– se sienten en general incomprendidos. No alcanzan a entender por qué la valoración de la ciudadanía es tan baja, de tan elocuente rechazo, cuando han hecho, a su juicio, un trabajo muy competente y que apunta al futuro de México.

La ciudadanía en extensos segmentos de la población –lo demuestran las encuestas– se siente insatisfecha, engañada, robada en más de un caso federal y estatal, defraudada por candidatos que prometieron corregir y terminar problemas, que ya como servidores agrandaron y profundizaron.

Me parece que de fondo subyace una diferencia de lenguajes. Si para un priista 'gobernar bien' significa repartir mucho dinero, cometer algunos delitos menores, pero mantener muy contenta a la gente, creo que hablamos lenguajes distintos.

La ciudadanía espera funcionarios ejemplares. Espera por cansancio y hartazgo, el milagro de un gobernador honesto que no se lleve la Hacienda estatal, los contratos, negocios, concesiones, la tierra y cuanto pueda a su paso, para su beneficio, el de su familia y amigos. Los electores anhelan la posibilidad, remota, de un servidor público que trabaja tres, cuatro, seis años con auténtica entrega, con probidad y escrupulosa transparencia, con vertical rechazo a los abusos y beneficios. Parece que estamos condenados a ser gobernados por hampones, que asumen el cargo como una oportunidad generacional de enriquecimiento personal.

El país ha padecido –tal vez– la peor generación de gobernadores en nuestra historia, lo hemos señalado ya. Los Duarte, Borge, Padrés, Moreno Valle, Medina, Moreira, de estas y otras épocas superan sobradamente los desvíos de muchos de sus predecesores.

Que un funcionario de alto nivel afirme que los Moreira gobernaron bien, señala una dicotomía esencial en la percepción de la realidad.

Vemos cosas distintas, valoramos hechos de forma diferente. Alguien que mintió, defraudó, delinquió, no puede ser considerado un buen gobernante, aunque existan sindicatos y organizaciones que lo aplaudan en el aeropuerto cuando viaja a su tierra. Las simpatías y movilizaciones salen barato para los presupuestos públicos, que algunos administran como cuentas individuales.

Twitter: @LKourchenko

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