Opinión

Disculpen que no me entusiasme

   
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José Antonio Meade

El 5 de octubre, en la Cámara de Diputados José Antonio Meade se congratuló de la generosidad de la clase política mexicana.

Nuestra economía, dijo en esa ocasión el secretario de Hacienda, es única en el planeta. Nuestra política, ejemplar para el mundo. Van algunas de las frases con las que cerró esa comparecencia:

“(No hay ninguna economía) que haya permitido a tantos adultos terminar su ciclo escolar. Ninguna que se haya ocupado de abrirles espacios educativos a tantas niñas y niños. Lo que hemos hecho en vivienda y sus servicios llama la atención hoy del mundo.

“Sí tenemos pendientes. Sí, los pendientes nos duelen, pero nos dolería más que en medio del debate se pierda que hay muchas cosas que en México se están haciendo bien.

“Hoy que está de moda hablar mal de los políticos en el mundo, vale la pena decirle al mundo que en México se hace política, que se hace política con generosidad, que se construyen consensos, que la pluralidad no implica ineficiencias, que la pluralidad no obstaculiza a que cuando enfrentemos un reto salgamos a la calle todos, todos juntos sin importar el color para darle la mano al mexicano que está enfrentando un reto.

“Es mucho lo que la clase política mexicana ha hecho, es mucho lo que se ha logrado con los consensos que aquí se han construido. (…) En México sabemos hacer política de altura, en México sabemos dialogar, en México podemos entregar buenas cuentas”.

Malagradecidos legisladores que ese día sólo aplaudieron el brindis del secretario. Merecía que le pusieran en el sonido de San Lázaro unas fanfarrias. Mínimo. O de perdida el aria “Toreador” de la ópera “Carmen”. No sé, sacarlo a hombros no nada más pedirle selfies.

El discurso de Meade es mucho más que una defensa de la continuidad. Es un llamado de atención al sistema político. No se equivoquen: yo garantizo el statu quo no sólo para el Presidente, sino para todos ustedes también. Les daré lo que me pidan, si me dan lo que les pido.

Por eso, permítanme que no me entusiasme ante la posibilidad de tan radical oferta de no cambio.

Por eso y porque a Meade se le quiere dotar, un día sí y otro también, de un aura inmaculada. Y las auras son, por definición, paranormales.

La continuidad incluye lo que Meade hizo durante su paso por este gobierno de escándalos sin fin.

Meade fue desde la Cancillería uno de los artífices de cerrarse ante el mundo, de esa filosofía chovinista de que a los observadores internacionales se les habían abierto demasiadas puertas durante el panismo, que por ello había que impedir visitas de relatores de las desapariciones forzadas, y sacar pronto a los expertos que vinieron a ayudar en Ayotzinapa, a quienes incluso se espió mediante Pegasus.

Meade el canciller dio cientos de millones de pesos para la extravagante aventura de Vázquez Mota en Juntos Podemos. Y fue el defensor de la doble agenda, privada y pública, del emprendedor Andrés Roemer, nombrado cónsul por él.

Meade en Sedesol promovió una metodología que a los pobres los invitaba a pensar que su dieta era rica, variada y suficiente.

Meade el secretario de Hacienda forzó la entrada al INEGI de una candidata con CV maquillado y ha lanzado auditorías a ONG.

Más de lo mismo seis años más. Hurras a la clase política que nos tiene sin fiscales, magistrados, con órganos autónomos (es un decir) capturados, impunidad, corrupción…

Híjole, no sé, pero como que no me entusiasma mucho que digamos la oferta. Quién sabe por qué.

Twitter: @SalCamarena

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