Opinión
MACARIO SCHETTINO, ECONOMISTA

'Dinámicas de los gobiernos sólo se aprenden viéndolas' 

   
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El padre de Macario Schettino, ingeniero químico, nunca forzó a su hijo a serlo también. De hecho, él apenas ejerció su carrera original, en la extinta Bufete Industrial.

En el Tecnológico de Monterrey, institución a la que ha consagrado la mitad de su vida profesional, estudió la maestría en Economía. “Me habían ofrecido ir a Nueva York a estudiar la maestría en diseño de equipo, pero estuve averiguando entre las personas que habían estudiado eso, y me decían que realmente aprende uno más trabajando”.

En principio, Schettino quiso cursar el posgrado en el Colegio de México, donde más adelante y por un breve periodo, fue profesor-investigador, pero la matrícula se abría cada dos años. Pero no quería perder el tiempo, se negó a esperar y entró al CIDE, consciente de que atravesaba el peor momento de su historia. No había mucho qué hacer; no abundaban las opciones.

Recién graduado, trabajó en el recién creado Centro de Investigaciones de Economía y Matemáticas, en Guanajuato. Sin embargo, Schettino no se entendió con Pedro Uribe, su fundador. Venturosamente los Schettino, padre e hijo, habían establecido una tienda de computadoras en 1986, después de que el primero fue liquidado de la Cervecería Moctezuma, después de 26 años de trabajo, cuando ésta se fusionó con la Cuauhtémoc.

Macario había vendido su parte de la empresa al irse a Guanajuato, así que volvió dueño de una proporción menor, y se vio forzado a emplearse. Entonces entró al Campus de Fortín de su alma máter, al tiempo que buscó otro horizonte de estudios. El Tec necesitaba doctores en negocios, y para ello había abierto un programa especial con la Universidad de Texas, en Austin. Dice Schettino que los químicos suelen ser buenos en finanzas, y en su caso, también para los negocios.

Me concede que no hay una línea clara en su formación. Químico, economista y doctor en administración. “Sí, es un abanico muy grande de cosas”. A mediados de los noventa, dejó inconcluso un doctorado en historia. En lugar de la tesis, publicó su famoso libro 100 años de confusión.

También dejó la enseñanza en el Tec –donde fue, además de profesor, director de Investigación y Doctorados– para terminar de escribir el libro. Le dedicó cuatro meses de tiempo completo y valió la pena, porque a pesar del desaire de los historiadores, le fue bien. “Escribirlo no fue tan difícil, lo difícil fue pensarlo”.

Todavía le faltaba cursar un par de materias para terminar el doctorado cuando Cuauhtémoc Cárdenas, recién electo jefe de Gobierno del D.F., lo invitó como Coordinador General de Planeación y Desarrollo, que en lo práctico era el coordinador de asesores. Lucas de la Garza tenía este cargo, pero era en realidad el enlace político. Antes, el mismo Cárdenas le había pedido que ayudara al presidente del PRD en materia económica. “Y me convertí en el asesor económico del líder del partido, que en ese entonces era un señor López Obrador; estuve con él un año y medio”.

Schettino describe de esta manera su paso por la administración pública: “El trabajo en el gobierno es muy absorbente. Yo estaba tratando de ir convirtiendo ideas de gobierno en políticas públicas. Aprendí muchísimo sobre cómo funcionan los gobiernos; es algo que la inmensa mayoría de las personas no se imaginan, incluyendo muchos de los que escriben, hasta que no se meten por lo menos un rato. Las dinámicas internas en los gobiernos sólo se aprenden viviéndolas. Me sirvió mucho, pero nunca he vuelto a trabajar en el gobierno, ni lo haré si me es posible”, aunque sí ha estado cerca de la administración pública como asesor y consultor para partidos políticos, gobiernos y también asociaciones empresariales.

Al mismo tiempo que Cárdenas, a finales de 1999, salió Schettino del gobierno. Cuauhtémoc se separó del cargo para hacer su campaña por la Presidencia de la República. Rosario Robles, quien le sucedió, invitó a Macario –sin ganas– a permanecer en el gobierno. “En realidad no me querían ahí, así que preferí renunciar”. Y justo en esos días lo invitaron a regresar al Tec de Monterrey.

Además de escribir y leer (novela histórica últimamente), en su tiempo libre Macario Schettino se vuelca en los deportes, para disgusto de su esposa. Le gustan todos, pero más el beisbol. Lamentablemente, le va a los Medias Rojas, y en la liga nacional a los Dodgers. También es fanático de los Broncos, “lo cual, este año, representa casi una tragedia”.

Entre 2008 y 2015, Schettino entró y salió intermitentemente del Tecnológico. Después de una nueva pausa, ha vuelto como profesor de planta a la Escuela de Gobierno. “Sí, es una cosa muy rara, no se halla otra persona que haya hecho lo mismo”.

Y con frecuencia desde hace casi veinte años, Schettino empezó a dar conferencias, lo mismo que cursos de capacitación y diplomados. Las conferencias se han convertido, como dice él, en su negocio principal, en su trabajo más importante.

Schettino tiene una gran habilidad para entender las cosas, reducirlas a un lenguaje accesible para un público muy amplio y para transmitirlas por diversos medios. Tiene fama de ser un conferencista ingenioso y suelto. “Transmito bien las ideas; creo que por eso me contratan”.

Y lo hace en sus conferencias y también a través de libros y artículos.

___Eres candidato a doctor. Historia o algo más, ¿pero quieres seguir estudiando?

___Sí, me gustaría seguir estudiando, pero no da tiempo de mucho. Más bien, digamos que trato de estar aprendiendo todo el tiempo, pero en un plan más bien autodidacta, que es lo que soy.

Twitter: @scherermar

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