Opinión

Dilemas y trilemas, en medio del ocio

 
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En las últimas semanas he tenido la oportunidad de asistir a seminarios de alto valor sobre la problemática abierta por la renegociación del TLCAN, organizados por colegas de la Universidad Panamericana y del Colegio de la Frontera Norte. (Re)visitamos dilemas indeseables, como aceptar un mal acuerdo en espera de cambios de humor en la actitud estadounidense o dar por terminado el Tratado y esperar, digamos cuatro años, pero para iniciar de cero.

También, se abordaron los temas y problemas cercanos a la cuestión de las ventajas competitivas, que no comparativas, o los que acompañan o acompañarían decisiones estratégicas en torno a la política industrial, la laboral o la que tendría que ver con los grandes desafíos del cambio climático.

Como se ve, el reto lanzado por Trump y su banda pronto lleva más allá del intercambio comercial y sus veleidades y, con algo de esfuerzo, lejos de las supercherías trumpianas sobre la abusiva práctica comercial mexicana que, insiste, ha resultado en pérdidas sostenidas para Estados Unidos, como lo mostraría el enorme déficit comercial americano. La cuestión y sus complejidades está en otra parte.

No es un gran misterio el que encaramos, salvo el que ha planteado a sus compatriotas, a nosotros y al resto del mundo el desenfreno del presidente estadounidense. Incluso, lo podríamos encapsular en unos cuantos rubros cuya significación radica, sobre todo, en el hecho de que no surgieron de repente sino que más bien fueron soslayados desde el arranque del Tratado en el siglo pasado y, sin advertir su impronta negativa, se conjuraron para arrojar los saldos del desempeño mediocre del conjunto de la economía nacional y los preocupantes inventarios de carencias, pobreza y desigualdad que los acompañan.

Uno de ellos se registra, una y otra vez, a medida que la discusión deja de ser técnica o meramente especulativa y se instala en la matriz estructural donde se decide lo principal de la producción mercantil, la inversión y la distribución del esfuerzo social invertido. Tiene que ver con la pauta de división del trabajo adoptada o aceptada pasiva y resignadamente a todo lo largo del periodo inicial del Tratado y que llevó a los gobernantes, pero también a grandes franjas de la sociedad civil, los negocios y la política a negar la pertinencia y eficacia de la política industrial. Hasta calificarla de inútil y nociva para la modernización globalista que ha inspirado las decisiones sobre la apertura externa, la privatización y la desregulación que a su vez han definido a la política económica y social por más de treinta años.

Aunque a tropezones, empieza a reconocerse que por esa vía no podía sino obtenerse resultados como los que tenemos y que es necesario diseñar y configurar un giro. No se trata sólo de reconocer obsesiones estériles u omisiones dañinas, sino de asumir que lo que se requiere es preparar fuerzas productivas y arreglos institucionales para un nuevo curso de desarrollo, cuyas baterías políticas e intelectuales le permitan al país no echar al niño junto con el agua sucia de la bañera. Es decir, identificar con claridad y precisión qué vale la pena conservar; qué remendar cuanto antes y qué hay que desechar de la manera menos drástica posible.

Tenemos que darle otro valor a la democracia y entenderla como forma de gobierno y no sólo como proceso mecánico para dirimir la lucha por el poder. Y también hemos de asumir que más allá de la renegociación y de las intemperancias de Mr. Trump, tenemos dos de los mayores desafíos que la humanidad y el planeta encaran, dicho esto no como hipótesis ni especulación de gabinete.

La gran migración de la que formamos parte no ha terminado y el enojo del entorno con la especie configura un panorama que sin previo aviso puede tornarse apocalíptico. De eso también se reflexionó y habló en sendos seminarios sobre la democracia, el poder, la desigualdad y el desarrollo sostenible y sobre la migración y nuestras obligaciones humanas con los migrantes.

Ambos convivios en la UNAM, organizado el primero por el PUED y el segundo al alimón con el Colegio de México, el CIDE y la Fundación Vidanta. Se trata de experiencias ricas y estimulantes que ilustran las potencialidades de una academia impuesta de los peligros y los cambios del mundo.

Nos urge imaginar una política planetaria que pueda ser global, nacional y democrática. Una vez que las ganas de justicia montonera se aplaquen, y los fiscales dejen su circo mediático y los legisladores liberen las tribunas.

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