Opinión

Diez partidos

Con el registro de Morena, Encuentro Social y Partido Humanista, ya son diez los partidos políticos en México. ¿Son muchos o pocos? ¿Las nuevas organizaciones fortalecen la democracia o la debilitan? ¿Es bueno o malo que haya más partidos?

El rechazo a los partidos es de tal magnitud, que la noticia causó malestar en la opinión pública. Como la percepción generalizada es que los partidos abusan del dinero público que reciben y que no representan a la sociedad, la vox pópuli considera que entre menos haya es mejor.

Aun con los tres nuevos, México tiene un número menor de partidos en comparación a otras naciones. Por ejemplo, Argentina tiene 34 partidos, Brasil 32, Venezuela 17, Guatemala y Francia 15 cada uno. Entre los que tienen menos que México destaca Chile con nueve, Reino Unido con siete, Uruguay sólo tres, mientras que Estados Unidos tiene dos partidos con representación nacional.

El verdadero criterio para la existencia de partidos nuevos es que representen demandas reales de la sociedad. Salvo el caso de Morena que sí parece representar segmentos específicos de la población que ven en esa organización la verdadera lucha de la izquierda para salvar a México de la corrupción y de la mafia del poder, los otros dos nuevos partidos –Encuentro Social y Partido Humanista– no parecen representar segmentos huérfanos de la población.

Por ejemplo, sus objetivos son tan genéricos y comunes que cualquier partido los puede enarbolar y, de hecho, son enunciados con diferente redacción por casi todos. Encuentro Social propone –entre otras cosas– alcanzar el imperio de la ley y mejorar las condiciones sociales, económicas y políticas de los mexicanos; defender la libertad de expresión; reforzar el régimen democrático del país; y diseñar y promover un proyecto educativo y cultural que contribuya al desarrollo integral de los individuos y de la sociedad. ¿Quién puede estar en contra de tan nobles objetivos?

Por su parte, el Partido Humanista dice que sus objetivos son, entre otros, la construcción de una sociedad con justicia social; la aplicación homogénea de los derechos humanos; la igualdad y equidad económica, así como el fortalecimiento democrático. Estos objetivos son tan aceptados que incluso se encuentran plasmados en la Constitución misma.

La multiplicación de nuevos partidos sin base real ni representatividad
–con frecuencia recurren a prácticas de clientelismo para cumplir los requisitos de afiliación– no contribuye a fortalecer la calidad de la democracia. El problema de las reglas para formar partidos en México es que parten del supuesto falso de que entre más alta sea la barrera de entrada en términos numéricos, más representativos serán los partidos que surjan de dichas reglas.

En 2003 se duplicaron los requisitos a propuesta del Partido Verde: de 0.13 por ciento de afiliados respecto al padrón electoral se elevó a 0.26. Asimismo, se duplicaron el número de asambleas necesarias: pasaron de 100 a 200 distritales con 300 asistentes y de diez a 20 estatales con tres mil asistentes.

Ese mayor umbral no estimuló partidos de amplia base ciudadana; por el contrario, favoreció que las organizaciones recurrieran al apoyo corporativo de sindicatos, grupos clientelares o gobernadores. Por ejemplo, Alternativa Socialdemócrata, un partido realmente ciudadano que dirigió Patricia Mercado, tuvo que aliarse con organizaciones campesinas en 2005 para cumplir con las asambleas. En cambio, el Partido Nueva Alianza ha sido exitoso desde su nacimiento en 2004, en buena medida gracias al apoyo del sindicato de maestros.

Hace una semana había siete partidos políticos. Hoy son diez. Pero es probable que pasada la elección de 2015 tengamos seis o siete. Según datos de Central Política, en los últimos 15 años la vida promedio de los nuevos partidos ha sido de sólo 14 meses. Si la experiencia da luz sobre el futuro, es probable que de los tres nuevos, sólo Morena sobreviva. Y como el umbral para mantener el registro aumentó de 2.0 a 3.0 por ciento, el Partido del Trabajo y Movimiento Ciudadano enfrentan el riesgo de perderlo (no pueden ir en alianza con Morena, que por ser de nueva creación debe competir solo en su primera elección).

El número de partidos no es el indicador relevante para evaluar la calidad de nuestro sistema de partidos, sino la calidad de cada uno: su representatividad, su solidez ideológica, la calidad intelectual de sus cuadros dirigentes. Que haya menos partidos no significa que los sobrevivientes sean mejores. Lo importante no es el número sino la calidad de cada cual.

Desafortunadamente, los requisitos para formar nuevos partidos, así como el sistema de financiamiento público, ha estimulado en ocasiones la formación de partidos-negocio y burocratizado el funcionamiento interno de casi todos.