Opinión

Diez medidas aterradoras
y una nación desesperada

Enrique Peña Nieto confirmó la experiencia sobre la esperanza. Durante tres años (como candidato, presidente electo y titular del Ejecutivo) su persona y su equipo no pudieron desarrollar una estrategia que redujera sustancialmente la violencia que azota al país. Se optó por el cambio cosmético de la “narrativa” hasta que Ayotzinapa abrió una herida gigantesca que no se pudo maquillar.

El mensaje a la nación de ayer era esperado con ansiedad después de semanas de protestas, bombas molotov, manifestaciones, toma de carreteras y quemas de edificios públicos. La respuesta en ese Palacio Nacional al que le chamuscaron la puerta fue un discurso ampuloso en el que el presidente anunció contundentemente que asumía la responsabilidad de encabezar los esfuerzos de combate a la impunidad y la corrupción. Esto es, una responsabilidad que ya tenía.

Las medidas pregonadas siguieron ese tenor: la reiteración de la obviedad, el adorno sobre aquello que ya existe o, peor, la evidencia de la podredumbre e incapacidad del Estado. Habrá -primera medida- una ley contra la infiltración del crimen organizado en las autoridades municipales. Ojalá sea la reiteración de lo evidente, porque de lo contrario parece que es algo, hasta hoy, legal. El presidente presentó esto como un signo de audacia y firmeza. Igualmente impactante fue el anuncio -octava medida- de que habrá leyes generales en materia de tortura y desaparición forzada. Entonces, ¿cuál es el marco legal que existe al respecto?

Clarificar las responsabilidades penales entre los diferentes órdenes de gobierno -segunda medida- es algo positivo, sin duda, pero patentiza de nuevo una deficiencia pavorosa hasta hoy aceptada. Eliminar las policías municipales es quizá la medida -tercera- más trascendente, pero reitera la gangrena presente en los aparatos de seguridad. En el mismo sentido está el operativo especial en Tierra Caliente -sexta-. Se resucita, así, una de las más sonadas y fracasadas estrategias del gobierno calderonista.

Parece que hubo una obsesión presidencial por alcanzar un decálogo. De lo contrario es difícil de concebir que se haya anunciado en este mismo contexto que, un día, los mexicanos podrán sentirse en una serie de televisión estadounidense y marcar 911 “como un medio eficaz para pedir auxilio en casos de urgencia” -cuarta-, como si la eficacia residiera en el número a marcar, no en todo el aparato que responde mal (o simplemente no responde, o el número está ocupado) a las llamadas desesperadas que hoy se hacen. En esa tesitura está el anuncio de que habrá una clave única de identidad -quinta- o que información sobre los proveedores y contratistas del gobierno estará disponible en una página de internet -décima.

Ayer se disiparon las dudas. La administración peñista sigue empeñada en la cosmética: en presumir que asume la responsabilidad que ya tiene, en legislar sobre lo que ya existe, en repartir responsabilidades y en ofrecer a los mexicanos la posibilidad, eventualmente, de llamar en medio de la desesperación a un nuevo número de teléfono.

Twitter: @econokafka