Opinión

Dictador bendecido

   
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Maduro

Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, visitó El Vaticano en un acto desesperado de manipulación política. Se hincó ante el papa Francisco y recibió –con devoción sorprendente para un socialista caribeño– la bendición papal y la señal de la cruz sobre su frente. La imagen ha recorrido el mundo en redes y sitios, pero sobretodo, ha sido ampliamente difundida en Venezuela, donde aspira a que los creyentes y católicos del país reconsideren su rechazo y desprecio absoluto por Maduro.

Esta expresión de fe y religiosidad del presidente se da en el contexto de la más grave crisis de Estado en Venezuela. El golpe final a la simulación democrática que vive ese país hace más de 16 años se dio la semana pasada cuando el Consejo Nacional Electoral –bajo el control de Maduro– anunció la decisión de suspender el proceso de recolección de firmas para ejercer el precepto de revocación de mandato establecido en la Constitución. Los jueces electorales, las rectoras encargadas de supervisar la transparencia y el derecho a votar, coartaron brutalmente el ejercicio democrático que, presumiblemente, hubiera mandado a Maduro a su casa.

Según la Asamblea Nacional (Congreso venezolano) se trata de un golpe de Estado de facto, donde se rompe por completo la delgada línea de la institucionalidad democrática. Es el propio Estado, en este caso el gobierno embozado y disfrazado de fuerza representativa, quien comete un autoatentado y arrebata la posibilidad de un voto institucional y democrático.

Nicolás Maduro, el sindicalista ocurrente que carece de la chispa o la inteligencia política de su mentor, el presidente Chávez, se encuentra parado en el acantilado. Al final de un ciclo político que no se sostiene más por la vía pacífica. Más de un diputado venezolano ha llamado a la ciudadanía a manifestarse públicamente contra esta imposición dictatorial, que convierte a Maduro en el dictador llano, primario y bárbaro que fue de origen, pero que el régimen chavista le permitió disimular. No hay más margen de maniobra política; las negociaciones entre las fuerzas de oposición y el régimen se han agotado. Desde la convocatoria hace siete meses del referéndum por la revocación de mandato se sabía, se respiraba en el ambiente, la inaplazable urgencia de que Maduro abandone el Palacio de Miraflores. Urgencia de relanzar a Venezuela a una nueva etapa de su historia, concluir el chavismo que ha destruido al país a todos niveles, para iniciar una etapa de reconstrucción y de reconciliación. Lamentablemente eso no será fácil y tal vez ni siquiera de forma pacífica.

Miles de venezolanos, alienados por el régimen, mantenidos y sostenidos por 'la revolución', se han convertido en agentes del gobierno. Son profesionales en boicotear protestas contra el gobierno, en insultar a líderes de la oposición, de agraviar e incluso amedrentar diputados y congresistas que exigen la realización del mandato revocatorio.

Son los comités de base construidos por el propio Chávez en cada manzana de cada colonia en las principales ciudades, muchos de ellos armados y listos para salir a defender cualquier ataque contra la revolución. Es un modelo cubano que funcionó allá en los 70 y 80, antes de que Cuba comprendiera que los Castro serían cuasi eternos.

Pero Maduro no es ni la sombra de ninguno de esos hombres de Estado revolucionarios. Maduro es el remedo del pajarito platicador al que el chubasco se le ha venido encima y no encuentra caminos para conservar el gobierno, revivir el chavismo y mantener el régimen. Según analistas locales, la meta es extender el plazo hasta enero de 2017, cuando Maduro se retire del poder, pero por los tiempos electorales asumiría un vicepresidente y sucesor para evitar desmontar el aparato chavista. De otra forma, lo sacan ya en noviembre y convocan a un gobierno de transición y a nuevas elecciones.

Venezuela ha sido destruida. El tejido social totalmente fragmentado entre una enorme mayoría muy extendida que ya no sólo incluye a las clases altas, medias o acomodadas, sino a todos, desesperados por un país que se desmorona. La calidad de vida derruida, los alimentos, medicinas, suministros básicos en todos los ámbitos prácticamente inexistentes. El salario ha sufrido una pérdida de poder adquisitivo que se calcula pueda llegar al menos a 500 por ciento. El desabasto, la carestía, la desesperación social de comprobar cada día que la situación lejos de mejorar, se deteriora.

Los últimos meses la esperanza consistía en el referéndum para retirar a Maduro del poder y establecer un gobierno de transición. Pero el dictador se revela, se muestra en toda su capacidad, rechaza la recolección de firmas y la consulta sobre la revocación de mandato. Sabe bien que nadie lo mantendría en el poder en estos tiempos.

Ahora tocará al Congreso librar la batalla por la democracia, defender los derechos, los valores, los principios ciudadanos. Han anunciado ya el nombramiento de nuevos magistrados al Tribunal Superior de Justicia; incluso nuevos funcionarios del Consejo Nacional Electoral. El gobierno se los impedirá, no reconocerá ningún nombramiento y viviremos un mundo de dos realidades jurídicas y constitucionales. Desde el Congreso, los diputados hacen llamados al Ejército a que no acepte ni reciba ninguna orden de represión o control a la ciudadanía. Lo único que sostiene ya al señor Maduro a partir de la reunión de hoy en el Congreso son los militares. Si ellos le retiran el apoyo, el régimen caerá con relativa poca sangre. De lo contrario, viviremos una represión generalizada a una efervescencia social que se percibe a punto de estallar.

Twitter: @LKourchenko

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