Opinión

Dexiocracia, magnífico diagnóstico de Silva Herzog

Con el título de Dexiocracia, el lunes pasado Jesús Silva Herzog Márquez publicó un lúcido artículo periodístico. No tiene desperdicio. Para exponer el concepto, que él inventa, se plantea la pregunta: "¿Qué nombre define al régimen que padecemos?". Y de manera titubeante se responde: "Dexiocracia, tal vez". Su etimología viene de "dexis: mordida; cratos: gobierno". Se explica: "El gobierno de la corrupción, del soborno, de la ilegalidad, de la confusión de intereses. Y la corrupción, naturalmente, como el nido donde se aparean crimen y gobierno". A la luz de lo que la nación tan dolorosamente ha vivido en las últimas semanas, el concepto y su definición parecen inobjetables.

Sobre el origen de la dexiocraxia mexicana, Silva Herzog Márquez escribe: “Después de siete décadas de ejercer un poder sin restricciones institucionales, el PRI heredó una estructura carcomida por la ilegalidad. Lejos de ser –agrega- un monopolio empleado para fincar Estado, el autoritarismo mexicano sirvió para propagar complicidades. Una política dedicada a alimentar la ilegalidad, la perversa herramienta de gobierno se volvió régimen, regla y hábito”.

Como muchos otros mexicanos, el autor confiesa que él también creyó que bastaba con la simple alternancia política, ocurrida en 2000, para que las cosas en el país cambiaran radicalmente. Considera sin embargo que no fue así. Dice que “el arreglo político que emergió de una larga secuencia de reformas electorales, eso que llamamos ‘la transición’ parió una criatura grotesca que hoy resulta inaguantable”. Se lamenta de que “el encendedor de las elecciones (limpias, con resultados respetados, se supone que es lo quiere decir Silva Herzog) no fue suficiente para implantar un régimen que merezca el calificativo de democrático. Tal vez ahí estuvo –se vuelve a lamentar– nuestra ingenuidad”.

A estas alturas del razonamiento, el lector se preguntará por qué falló la alternancia (y obviamente la transición) si quienes la impulsaron lo hicieron no sólo con la mejor intención sino con denodado esfuerzo a lo largo de varias décadas. Entonces, ¿por qué el aparente fracaso? El autor da la explicación siguiente:

“Al dejar el poder, los priistas entregaron al PAN un calendario de extorsiones por vencer. Los panistas pagaron puntualmente la cuota, dando segunda vida al régimen de corrupción. Lo llamo régimen
–agrega Silva Herzog– para subrayar que envuelve a la sociedad y al gobierno, a la izquierda y a la derecha, a la federación y al municipio. La ruptura que no hubo fue esa: la corrupción ha sido la cuerda intocada de la política mexicana”.

Se entiende que el articulista plantea que cuando Acción Nacional llegó a Los Pinos las cosas estaban ya tan enredadas y con candados legales por todos lados para proteger a la corrupción, como parte del engranaje institucional mismo, que el margen de maniobra realmente era mínimo. Se pagaron puntualmente las cuotas de extorsión por vencer de acuerdo a un calendario.

En términos generales el articulista acierta en el diagnóstico, pero falla en la receta de solución. Porque dice que "la salida de la crisis... no está en la aceleración de las reformas. Está en la instauración de lo elemental que es, entre nosotros, inédito: la ley." Y como medida importante que: "El Congreso mexicano debe refundar su legitimidad asumiendo su función democrática". Es decir, propone como ejes fundamentales de la solución lo que antes plantea, al menos implícitamente, como partes relevantes del problema mismo de fondo: la permanente inobservancia de la ley y la deserción del Legislativo.

¿Dónde está pues la salida?: Aunque tarde tiempo, en el esquema de quince por tres que ya he expuesto en estas páginas y que en una próxima entrega se volverá a exponer. Básicamente consiste en crear ciudadanía. Informada, actuante, vigorosa, independiente, no susceptible de ser comprada. Por eso la solución puede tardar tiempo. Pero no veo otra salida para esta dexiocracia.