Opinión

Desintegración

La izquierda reformista que apostó con el presidente Enrique Peña Nieto por el Pacto por México se está cayendo a pedazos. Es la corriente donde su jefe histórico, Jesús Ortega, disfruta el acceso al poder que nunca tuvo y opera con el jefe formal, Jesús Zambrano, presidente del PRD, para seguir controlando el aparato del partido y la nomenclatura.

Los Chuchos siempre se han distinguido por pertenecer al apparatchik que se ocupa de la construcción de la colmena burocrática, con el control de los comités seccionales, de los delegados, de los cargos en el politburó perredista, y también por olvidar que los que ganan elecciones son los votos no los rotulados en las oficinas.

Los Chuchos son la corriente más fuerte del PRD que, sin embargo, sin el acompañamiento de una figura que nunca sale de esa tribu, no serían nada en los procesos electorales. Son pragmáticos y se comen sus escrúpulos. Ortega siempre decía que Cuauhtémoc Cárdenas era un cacique, pero no dejó de respaldar sus candidaturas presidenciales. Con Andrés Manuel López Obrador, a quien además de cacique le endilgaba el calificativo superficial de “mesías”, caminó al lado en dos campañas presidenciales y habría seguido como lapa de quienes generan votos y les inyectan vida, pero la seducción del poder y el acceso a Peña Nieto los llevó a sobrevalorarse en el mercado político.

Los Chuchos, con la transfusión de ambición que recibieron de Los Pinos –para quien fueron largamente funcionales–, decidieron que el tiempo donde ellos marcaran las horas en el reloj político, ya les pertenecía. Han puesto su futuro en el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Miguel Ángel Mancera, pero no muestra alas para volar, y sigue dilapidando su capital político en la ciudad de México. La robusta figura tras quien querían caminar para mantener el poder en el partido, parece no tener mucha fortaleza.

En paralelo, la forma de interactuar con el gobierno mostró a Los Chuchos más edulcorados que de costumbre, y sufrieron en desgastes y enfrentaron contradicciones. El pasado fin de semana llegó a su fin una de ellas. Miguel Barbosa, que sorprendió a muchos y ganó respeto como coordinador del PRD en el Senado, rompió con sus viejos camaradas para caminar con una nueva tribu, el Frente de Izquierda Progresista, luego de semanas de enfrentamiento público con Zambrano por la Ley de Telecomunicaciones y su forma autócrata de querer tratar a los senadores. Coincidentemente, sus enemigos comenzaron a salir de las piedras.

Marcelo Ebrard, el exjefe de Gobierno del Distrito Federal, desangrado por Mancera pero no liquidado, tiene una voz política más sonora que su sucesor. No tiene los apoyos, ni los votos, pero le ayuda que sus rivales pierden crecientemente el respaldo popular. Ebrard quiere ser presidente del PRD, pero no tiene apoyos en el Consejo Político que dominan Los Chuchos, donde su siguiente dirigente en línea, Carlos Navarrete, quiere esa posición. Si la desea la tendrá. Pero eso no significa que el Chucho menor, Navarrete, será capaz de despertar la emoción de un electorado que no quiere mediocres y que, en opinión de amplios sectores de la izquierda, están entregados al presidente.

Mancera ha dejado a la ciudad de México sin una voz crítica de la izquierda, como existió desde que Cuauhtémoc Cárdenas se la arrebató al PRI en 1997. Navarrete tiene como activo pertenecer a la burocracia de Los Chuchos. Entre los dos, hoy no se hace uno, ni para 2015 ni para 2018. Están enfrentados con una de las corrientes poderosas del PRD, Izquierda Democrática, que encabeza René Bejarano, que cuenta con más de 32 diputados federales, el control de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, la secretaría general del partido y las vicecoordinaciones en el Senado y San Lázaro. Bejarano mantiene una relación cálida y fría con Ebrard, pero que, pragmáticos finalmente los dos, los puede llevar a formar una vez más una alianza táctica.

Pero sobre todo, tienen encima el fantasma de López Obrador y su partido Morena. Zambrano dice que no le preocupa el excandidato presidencial. No puede hablar en serio. López Obrador, sin partido, sin campaña y sin presencia en medios, sólo es superado en preferencia del electorado por Peña Nieto, pero a diferencia del presidente, él sí podrá estar en la boleta electoral de 2018. Como individuo, López Obrador vale alrededor de 8.0 por ciento del electorado, mientras Morena, que aún no tiene su primera prueba electoral, cuenta con 30 por ciento del respaldo en la ciudad de México, bastión de la izquierda mexicana.

La dialéctica entre la consistencia y la incongruencia es lo que define a los bandos de Los Chuchos y de López Obrador, que no se ha movido mientras se desintegra el poder central del PRD y, en la lucha facciosa interna, comienza la diáspora. No debe tener prisa. Su meta no es 2015 sino 2018, cuando decidirá si va por tercera ocasión en busca de la presidencia, o si apoya a un candidato que tome su programa. Los Chuchos no tienen tanto tiempo. Pueden minimizar sus problemas, soslayarlos en los medios, pero cuando su corazón se empieza a pudrir, es que están muy enfermos. La salida de Barbosa de esa corriente es el primer síntoma claro que ese proceso ya comenzó.

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