Opinión

Desigualdad y pobreza: una bomba de tiempo

Bernardo Kliskberg hace unas interesantes reflexiones en un artículo publicado en el último número de la revista Ganar-Ganar, especializada en responsabilidad social corporativa. El papa Francisco, nos dice, ha planteado “Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz”. Señala el mismo autor: “Según los datos de bancos suizos, el 1.0 por ciento más rico estaría concentrando cerca de 46 por ciento del Producto Bruto Mundial, con un aumento creciente de la proporción de 0.1 por ciento dentro de ese 1.0 por ciento. Del otro lado, 50 por ciento de la población mundial de menos ingresos tendría menos de 1.0 por ciento de dicho producto”.

Nuestro querido México tiene una peligrosa combinación de pobreza y desigualdad. Efectivamente, según datos del Coneval, la pobreza en 2012 alcanzó a 53.3 millones de mexicanos (en 2010 eran 52.8) siendo la población indígena -cerca de 10 millones de seres humanos- la más vulnerable, al alcanzar 41.7 por ciento la pobreza moderada y en adición, 30.6 por ciento la pobreza extrema. La sola lectura de estas cifras provoca una rabia contenida que quisiera encontrar alguna salida.

En lo que toca a desigualdad, según reporta la OCDE en junio de 2014, los trabajadores peor remunerados cobran 30.5 veces menos que los mejor remunerados, siendo ésta la mayor registrada entre el total de los miembros de esa Organización. México se sitúa en primer lugar desde 2007 en materia de iniquidad. El tercer lugar lo ocupa Estados Unidos con una diferencia de 16.5. La brecha salarial en el conjunto de los países de la OCDE es de 9.6 veces en promedio.

En materia de desigualdad, un libro de reciente aparición ha causado un inesperado impacto: Capital in the Twenty First Century escrito por Thomas Picketty y publicado este mismo año. En este libro, de lectura obligada para los interesados en la materia, se abordan dos preguntas que vienen de tiempo atrás: ¿La dinámica de acumulación de capital privado lleva a la concentración de la riqueza en cada vez menos manos, como lo aseguró en el siglo diecinueve Karl Marx,? ¿O el empuje balanceado de las fuerzas del crecimiento económico, competencia y progreso tecnológico conllevan a etapas de desarrollo que reducen la iniquidad y ofrecen una mejor armonía entre las clases sociales, como lo expuso Simon Kuznets en el siglo veinte? Las conclusiones de este libro mueven al lector a una profunda reflexión, entre las que se encuentran las siguientes: “…la economía de mercado basada en la propiedad privada, si se deja a ella misma, contiene poderosas fuerzas de convergencia, asociadas en particular con la difusión del conocimiento y las habilidades; pero también contiene fuerzas poderosas de divergencia que son potencialmente amenazadoras a las sociedades democráticas y a los valores de justicia social en las que están basadas… las consecuencias en el largo plazo de las dinámicas de la distribución de la riqueza son potencialmente terríficas… el problema es enorme y no hay una solución simple”. Libro, como decíamos, de lectura obligada y del cual extraje, con cuidado, esas aseveraciones que me llamaron profundamente la atención.

Termino manifestando mi preocupación en esta materia en relación con mi país: pobreza, desigualdad, corrupción rampante, impunidad manifiesta, desprestigio de las instituciones, combinado con una sociedad que no cree en sí misma, con poco interés y capacidad para vertebrarse, son ingredientes que atacan en los cimientos mismos a nuestra aún incipiente democracia, democracia que por no haber dado lo resultados previstos, está siendo cuestionada por una parte importante de la ciudadanía.

Estamos obligados a pasar de la preocupación a la ocupación y en esta materia repito lo que he dicho en varias ocasiones: es la sociedad civil, el ciudadano de a pie, el que debe (debemos) organizarse, estar consciente del duro diagnóstico al que nos enfrentamos, y trazar caminos de solución de abajo hacia arriba, de los municipios a los estados y de éstos al país, teniendo claras la metas a alcanzar en el corto, mediano y largo plazos, observando su evolución y corrigiendo, en su caso, la acción trazada, hasta alcanzar los objetivos previstos. Las autoridades deben responder a las demandas de la sociedad y no al revés. Una autoridad que tenga como propósito el satisfacer las demandas legítimas de sus gobernados, es la mejor fórmula del éxito. Sin duda, es indispensable adoptar estrategias de política pública con la participación corresponsable de la sociedad para impulsar el predominio de la fuerza convergente a que nos hemos referido anteriormente.

¿Qué se requiere para llevar esto a la práctica? Tres cosas: líderes, líderes y líderes. Líderes íntegros en cada municipio y en cada región. Líderes incorruptibles que contagien de entusiasmo a la sociedad que los rodea. Líderes con visión y con una gran capacidad de acción.

¿Dónde encontrar a esos líderes? Tengo una propuesta: busquemos en nuestro interior cada uno de nosotros tratando de encontrar al líder que llevamos dentro; y si lo logramos y lo dimensionamos, pongámoslo a la orden del bien común a través del servicio a los demás. Tan fácil como esto.

El autor es presidente de Sociedad en Movimiento.

Correo: alberto.nunez33@gmail.com