Opinión

Desazón y decisión

Alrededor del Informe de Gobierno se publican encuestas que miden la aprobación presidencial, los principales problemas (percibidos), e incluso las primeras tendencias rumbo a la elección del próximo año. En general, la calificación del presidente sigue baja, la confianza de la población en el rumbo económico no mejora, y las reformas legislativas acumulan rechazo.

Yo diría que no es para menos. Si, como creo, se modificó de fondo el rumbo del país con esas reformas, cerrando un ciclo de 75 años, lo mínimo que podía esperarse es lo que reflejan esas mediciones de opinión. Cada una de las reformas afectó a grupos que ven amenazados sus privilegios o sus creencias. La reforma de telecomunicaciones golpeó a grupos económicos muy poderosos, y la fiscal le sumó el resto del empresariado y buena parte de los profesionistas con salarios elevados. El reflejo de estos cambios en la opinión pública convirtió a la reforma fiscal en la suma de todos los males. Creo que no hay razón para ello, salvo política, pero con eso basta y sobra.

Las demás reformas también abonan: la educativa afecta, poco o mucho, a más de un millón de maestros; la energética, a más de 200 mil trabajadores del sector. Y, como con las otras, el discurso público aumenta el desconcierto, porque se afirma con mucha frecuencia que la reforma educativa no sirvió para nada, y que la energética implicó la entrega de las riquezas nacionales. Ambas afirmaciones son erróneas, pero repetidas.

Para sacar adelante estas reformas, el presidente estuvo alejado de los reflectores, y el gobierno entero cuidó mucho su discurso. Acaso en la reforma fiscal sí se involucraron, pero incluso en la energética aparecieron muy poco, dejando a los legisladores la mayor parte del debate público. Tal vez era indispensable para evitar una ruptura prematura del Pacto por México, pero van perdiendo la guerra mediática.

Imagino que alrededor del segundo informe el presidente intentará revertir este proceso. A su favor, tiene que la economía va mejorando, como lo muestran los indicadores más recientes. En su contra, además del punto de arranque ya en desventaja, tiene su propia dificultad como comunicador, y un gobierno que no parece ayudarle mucho en ello.

Para darle la vuelta a las encuestas, lo que necesita el presidente es asumir el costo completo, y construir una nueva narrativa. Lo que se acaba de cambiar es el proyecto nacional del siglo XX, consustancial al PRI. Tratar de defender estas reformas sin reconocerlo será muy difícil. El siglo pasado apostamos por un proyecto autoritario, corporativo, dirigido por el Estado y aceitado por la corrupción. O terminamos con todo, o no terminamos nada.

El cambio de ruta en la economía inició en 1986, en materia jurídica en 1994, y en cuestión electoral en 1997. Todo se junta para terminar en este año, si a las reformas que ya se lograron se suman tres pasos adicionales. Primero, culminar la reforma contra la corrupción. Segundo, terminar el proceso de separación con las corporaciones, especialmente centrales campesinas y sindicatos. Tercero, comprometerse a fondo con la transparencia y los derechos civiles: opinión, difusión, organización.

Tres pasos relativamente sencillos, frente a la magnitud de lo ya hecho, pero indispensables para liberar a Peña Nieto de la losa del pasado que le está impidiendo culminar el proceso definitorio del México del siglo XXI. O termina todo, o no termina nada.